El Zángano XX. Beatriz

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El zángano es una serie de relatos basados en la mítica leyenda urbana del Estado de Mérida, Venezuela, sobre un brujo que absorbe la vitalidad de sus víctimas hasta arrastrarlas al umbral de la muerte.

Relatos anteriores:

I. Judith
II. Judith (continuación)
III. María
IV. Alicia
V. Alicia (continuación)
VI. Matilda
VII. Matilda (continuación)
VIII. Raquel
IX. Betsabé
X. Betsabé (continuación)
XI. Amanda
XII. Amanda (continuación)
XIII. Bianca
XIV. Epítome I
XV. Eva
XVI. Eva (continuación)
XVII. Sabrina I
XVIII. Sabrina II
XIX. Sabrina III

Obras originales realizadas por mí

Beatriz

 
Unos ojos hermosos, claros de color ámbar como el del alba. Un rostro ovalado de simetría perfecta. Una piel blanca de fluorescencia plateada bajo la luz de la luna. Un cabello rizado, castaño claro y brillante. Unos labios hermosos y finos pero a veces ofuscados por una risa retorcida. Un cuerpo regordete pero con signos de sensualidad, y más aún, con su andanza particular. Una manía te estrujarse las manos cuando le ataca la ansiedad, por sueño o por hambre.

Estas características, a nuestra singular apreciación, pueden ser las de un ángel o una musa que vaga por la tierra, o de una criatura olvidada, lanzada con desprecio hacia la realidad de los mundanos. Abstraída a un trance en donde el tiempo no rige con sus leyes. Vigilada por un agente oscuro que transita por nuestros reinos.

En toda mi carrera de médico jamás vi algo que me dejara con la sangre helada, era como haber entrado sin darme cuenta a la más espantosa dimensión. Les contaré mi experiencia desde un principio para no tener que hacer tan larga mi introducción.

Mi vecina era una mujer muy mayor, una viuda que disfrutaba de ratos perpetuos de soledad, sin embargo, era muy visitada por una mujer más joven que ella, con las características físicas que mencioné al principio.

Su nombre era Beatriz, hija menor de la mejor amiga de mi vecina, siempre las ha unido un particular lazo de amistad. Para Beatriz, mi vecina era como su segunda madre, la quería tanto, que sentía lástima que ella estuviese tan sola.

Yo la conocí en uno de mis ratos libres, saliendo de guardia del hospital, me las encontré a ambas muy amenas sonriendo en el frente de la casa de mi vecina. Me saludaron, cruzamos varias palabras después de un rato y fue así como conocía a Beatriz.

Ella se encantó por mi estatus de soltero, al parecer, yo le interesé mucho, pero lastimosamente el interés no fue recíproco, por lo que solo pude ofrecerle cierta sensación de agrado.

Mi vida se centraba en el trabajo más que todo, no me permitía a mí mismo dedicarle tiempo a otra cosa. Puede que por esa y otras razones algunos de los vecinos me ven con ojos de prejuicio y extrañeza. No tengo porque soportar ese tipo de cosas sin importancia.

No obstante, a veces, la soledad se vuelve cada vez más pesada. No me permite conciliar el sueño con abrumantes pensamientos. Los ojos del aislamiento, me han condenado hasta desfallecer lentamente a estos mundos foráneos, sin una mano con que apoyarme.

Muchas veces he pensado en la necesidad de tener una compañera a mi lado, pero no me sentía o no me daba la idea de que esa mujer debía ser Beatriz. Había algo que me rechazaba o me advertía que aquello estaba fuera de las jurisdicciones del control, tal sensación, era parecida al miedo, que se activa cuando presiente el peligro.

Tal estremecimiento, tal pensamiento, no pasó desapercibido al encontrarme a Beatriz de nuevo en las afuera del hospital, su interés hacia mí la había llevado a mi encuentro ese día. Desayunamos juntos en la cafetería, hablamos de varios temas en un periodo de tiempo de treinta y cinco minutos. Durante todo ese espacio, yo no dejaba de sentirme pusilánime.

Miraba a Beatriz con cierto cuidado, con mis ojos casi queriendo salirse de sus orbitas, al igual que mi cuerpo que quería salir huyendo de allí. Me di cuenta que ella desconocía completamente mi estado y las sensaciones que dañinamente me atiborraban, ya que se encontraba ignorante contándome sobre distintos temas de la cotidianidad.

Ante ella podía percibir como el espacio cambiaba, y no a modo de buen gusto, sino de una forma bastante atroz. El viento comenzaba a agitarse a mis espaldas como si estuviese comprimido. Los aromas a mi alrededor se volvieron fétidos, como si una pila de cadáveres se encontrara a nuestro alrededor.

El entorno era como si el día se encontrara nublado o arropado por la noche temprana. Puedo jurar en ese momento, y es lo que más me impresionó, que detrás de Beatriz pude vislumbrar a una criatura alada con características humanas, como brazos y piernas emplumadas.

Su rostro parecía una máscara o un cráneo de ave carroñera, el tipo de ave no me importaba, lo que me tenía sin cuidado era ¡Que no tenía ojos! Sentí un pasmo en mi pecho pero en ese momento ¡Mis músculos estaban completamente paralizados!

No respondían a mis inquietudes, por lo que dejaron que mis ojos se quedaran contemplando con horror a aquella criatura aberrante y oscura de dos metros de altura. ¡Dios mío! ¡Fue tan horrible! Intenté gritarle a Beatriz pero esta no reaccionaba ante mis alaridos.

Ella seguía conversando, como si nada pasara, era como estar atrapado en una dimensión en la que sólo yo era participe. En un instante, cuando vi que aquella criatura se me acercaba para tomarme con sus horribles y nudosos dedos decrépitos, todo desapareció, y la normalidad volvió a imperar a mi alrededor, pero no el miedo que sentía.

Me encontraba parado frente a Beatriz, en ese momento tan singular. Se despedía de mí y yo respondí intentando guardar la calma, y nos prometimos un nuevo encuentro póstumo.

Regresé hacia los interiores del hospital, un poco más tranquilo pero pensativo por mi imaginación tan volátil. Creía en ese momento que tenía que hacerme una revisión neurológica o encefalográfica, ya que aquello no fue normal.

Al andar por el pasillo frente al departamento de radiología algo tomó mi atención fuertemente. Miré al suelo e impresionado encontré, una pluma muy grande de cuervo o de cóndor. Era parecida a aquellas que adornaban a la criatura; enorme y manchada de suciedad.

No soy creyente en misticismos, brujerías o en cosas cabalísticas, pero estos estados lóbregos empañados de terror al que soy empujado no vienen de una naturaleza normal. Cada vez que pienso en Beatriz, mi mente se llena de pánico ¿Qué clase de espantosa entidad lleva consigo en su esencia a todas partes? Por todo lo que es sagrado en el mundo, he de evitar descubrirlo.

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¿Confiarías en alguien ajeno a ti en una sociedad sin leyes y regímenes?

Los regímenes espaciales están conformados por ciertos factores fundamentales que componen la sociedad, si hablamos de alguna zona o aglomeraciones de entes en particular, encontraremos una serie de mundos y vidas que guiadas por la entelequia, soportan la cosmogonía imbuidas por la máxima autoridad. Si el hombre se dejara llevar por sus propios designios, se manifestarían hendiduras dentro los organismos de la vida social. La existencia sin reglamentos quedaría excluida a la barbarie y lo que llamamos “maldad”, sería la verdadera naturaleza del hombre. A tal análisis reflexionamos ante la siguiente premisa:

¿Confiarías en alguien ajeno a ti en una sociedad sin leyes y regímenes?

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En la matrix [Microrrelato]

Existen unos mecanismos individuales que no se pueden encontrar en ninguna parte, vemos como todo aquello que nos resguarda es una mera ilusión de todo lo que quieren compartirnos. Existen partículas y herramientas que van de un lado a otro y nos infunden engañosamente las cosas que percibimos.

Esto ha sido, desde un punto de vista relativo como espectador confundido y anonadado por esta extraña realidad, algo demasiado desgastante. Miro a mi esposa cada mañana al despertar y me pregunto muchas veces si ella es real, o en esencia, es una figura producida por mi manipulada imaginación.

Durante ciertos periodos del día me quedo contemplando horas y horas todo lo que me rodea y me hago diferentes preguntas de esta índole. ¿A qué sabrán los verdaderos sabores? ¿Qué aroma tendrá un verdadero desayuno? ¿Cómo se siente de verdad la piel de una persona? ¿Qué intensidad posee el calor de un cuerpo?

Miro al suelo y siento vértigo, porque veo que este quiere tragarme. Miro al cielo y pasa algo similar, concibo que quiera caerme encima. Solo los ojos de mi esposa me otorgan la calma, aunque dudo de ellos por su inexistencia, son los únicos a los que admiro con mansedumbre.

Por ellos soy capaz de permanecer en este limbo, entre la cordura y la locura, sólo y sin un camino al que poder transitar.

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El escondite [Poema]

Inciensos del verano, corrupto,
huyen del alba desertados.
Temen a los cisnes austeros,
dueños de los cielos azulados.

Espantan las esporas de las flores,
a pequeños heraldos pueriles.
Infames depositan sus retales,
ofuscando sus rostros y beldades.

Bailes de criaturas y alimañas,
escondidas entre rocas aledañas,
cerca de arboledas abandonadas,
entre murmullos y hojas encantadas.

Escuchan el vals de los pétalos,
regocijos y graznidos de los pájaros,
claman por los reinos divinos,
manipulados por insidiosos tiranos.

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Una crónica de la Demencia XXVI

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«…Ojalá estuviéramos en circunstancias iguales…»

Hubo una persona que por mucho tiempo tuve una intensa atracción, me desbordaba de deseos y sentimientos hechizantes cada vez que lo veía pasar. Aunque solo cruzamos pocas palabras esporádicas de cotidianidad, para mí era como largos instantes de satisfacción.

Siempre he sido una persona reprimida, introvertida, algo egocéntrica y llena de fuertes inseguridades, pero el solo hecho de estar junto a él, me desinhibía de todos aquellos demonios que dominaban mi personalidad.

Su sonrisa era una de las cosas que más quería contemplar, era como de un cuadro hermoso hecha por las más angelicales y genuinas manos de un artista. Mi timidez no podía permitirme siquiera apreciar aquel regalo aunque sea más de medio minuto.

Desde mi adolescencia siempre he tenido este problema, desde que descubrí mi verdadero gusto por las personas de mi mismo sexo a los veintitrés años, se me ha hecho muy difícil iniciar una conversación con un hombre.

Sé que este ambiente no es tan difícil como parece, de hecho, he conocido a personas muy amables. Sin embargo, no puedo retener de manera constante el querer entablar una relación con alguno de ellos.

Pero mi personalidad retraída es solo uno de mis problemas, ya que poseo otro aparte. Tengo una serie de trastornos del sueño que se activan y enaltecen cada vez que me ataca la ansiedad.

Muchas veces me la paso solo porque me da vergüenza que las personas me vean en esos episodios donde mi cuerpo tiembla y golpeo mi cabeza pegando gritos. Este problema ha traspasado ya el umbral de mis sopores, para luego gobernar mi mente cuando estoy despierto.

Mis medicamentos se agotaron y aún no llegan nuevos en la farmacia. Según la muchacha que atiende dicho establecimiento, cambiaron los frascos por otros nuevos para hacerlos un poco más costosos ¡Pero que hermosa calamidad!

Los necesito, siento que cada instante que pasa pierdo el control de mi cuerpo. Las noches son peores, porque puedo hasta ver como las sombras se deslizan y se aglomeran en diferentes puntos de mi apartamento.

A veces siento la sensación de que me observan y cuando veo en las esquina de los techos, veo con horror como de los recónditos cúmulos de sombras salen brazos extraños con garras negras.

Cada día que pasa siento que pierdo la batalla. ¡Dios mío! ¿Cuánto más debo soportar? ¿Llegará lo que pido por fin? ¡Debo dar gritos súbitos a ver así me dejan en paz! No existe efecto alguno para esto, mejor lo olvido.

¡Ay, no quisiera que el chico por el que siento cosas me vea de esta manera! Me moriría de vergüenza si alguien como él se enterara de esto que padezco, o cualquier persona. No puedo continuar viviendo en esta realidad.

Bruscamente comienzo a dar giros inesperados mareándome constantemente, hasta que caigo inconsciente en el suelo de mi sala. Desperté con el cuello un poco torcido y con mis ojos casi empañados por la intensa luz del amanecer, miro a mi alrededor y es como si nada hubiera pasado.

Me asomo por la ventana y observo la parada, ¡el chico de mis sueños ya está casi llegando para tomar el bus! Mejor me doy prisa, y espero, que mis acompañantes indemnes no me hagan pasar vergüenza.

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Mitología de las palabras – Grifo

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Actualmente esta palabra representa a una de las criaturas mitológicas más populares de nuestro imaginario, pero la palabra grifo comúnmente se usa para identificar a las llaves de agua de cocinas, baños, regaderas, entre otros. Esto se debe a que antiguamente los grifos tenían formas de cabeza de aves o patas de león.

Etimología

Del latín gryphus, alteración de grypus, y este del clásico gryps, que a su vez proviene del griego antiguo γρύψ (grýps), de etimología dudosa, probablemente derivado de γρυπός, (grypós), «curvo, aquilino«, pero quizás préstamo de alguna lengua semítica de la misma raíz que diera el hebreo כרוב (kruv), «querubín».

Mitología

El grifo era una bestia alada de cabeza de ave y cuerpo de león. Aparece en los pictogramas babilónicos, asirios y persas. A pesar de ello, el grifo también se encuentra en los mitos griegos especialmente relacionado con el dios Apolo. Cuenta el mito de que Apolo viajó hacia Oriente y volvió cabalgando una de estas criaturas. Desde entonces, los grifos se rindieron ante el dios y se convirtieron en los guardianes de sus tesoros más preciados. Un grifo poseía garras enormes que podían cortar hasta el acero, un cuerpo diez veces más grande y fuerte que el de un león. De sus garras se hacían copas para beber y de sus costillas se elaboraban las puntas de las flechas.

En las distintas culturas donde aparecen los grifos, se dice que tienen la habilidad de controlar los cuatro elementos (cinco en la cultura hindú). De un orificio junto a su nariz arrojaban fuego, de sus picos salía un aire helado. Al batir sus alas, causaban maremotos y con sus rugidos hacían temblar la tierra.

Arte sobre el mito

Fresco del palacio de Cnosos

Ilustración de un Grifo del año 1660, por Matthius Merian

Gryphon. Monstrorum historia d’Ulisse Androvandi, p. 342 bas

Exhibición de Monstruos (Palazzo Massimo, Rome, 2014)

Referencias

* https://es.wiktionary.org/wiki/grifo

* http://etimologias.dechile.net/?grifo

* https://es.wikipedia.org/wiki/Grifo

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Elaica XXIII. La caída de Calirio

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Elaica es una serie de relatos que se relacionan entre sí porque se desenvuelven en esta mítica y fantástica tierra. Cada relato es una historia distinta y a veces, una continuación.

Relatos anteriores:

Obras literarias originales realizadas por mí.

La caída de Calirio

 
No hubo días tan lamentables, tan terribles y trágicos, luego de que la majestuosa Elam fuese tomada por la locura de Ururthur, todo comenzó a desfallecer lentamente a la decadencia. Los ejércitos argentinos de Elam habían desaparecido y reemplazados por ejércitos oscuros que traían desidia y muerte.

Elam se volvió oscura y pasó de ser una lumbrera de esperanza para el mundo a convertirse en una cortina, que alberga sorpresas de temeridad y devastación. El odio comenzó a carcomer la vida a su alrededor y sus muros se volvieron tan negros como el humo que emanaba de sus almenas.

Los habitantes de Elam tuvieron que rendirse ante tal demencia y sus protectores fueron imbuidos a aceptar el nuevo régimen que los gobernaba. Una vez que la nueva Elam fue finalmente dominada por el oscuro rey Sadgón, el antes justo y valiente, quien enfrentó temerario a los ejércitos del despiadado Khars y decapitó en batalla, prosiguió con los demás poblados contiguos a Elam.

Las aldeas eran incendiadas y los pequeños poblados y sus castillos caían como consumidas por la sed de destrucción y el fuego. Los batallones de defensa no estaban preparados para tales ataques por lo que eran derrotados con suma rapidez.

Las armas de Ururthur fueron construidas en Elam, sus artillerías gigantescas, catapultas y ballestas colosales asolaban las tierras por donde pasaban incendiando todo sin compasión. Las nubes de la negrura los seguían a todas partes y desde la distancia los centinelas al verlas se estremecían del miedo y los invadía el deseo de huir.

Las legiones infernales de Sadgón cruzaron los ríos de Sadmente, dirigiéndose con pasos impetuosos hacia los alrededores de sus estanques, su objetivo principal era llegar a la ciudad de Calirio, la sabia; por órdenes de su demente rey, su misión era sitiar la ciudad y acabar con todo el conocimiento académico de Elaica.

Las era del oscurantismo se acercaba prontamente sobre el resto de las ciudades, sus gobernantes temían que todo esto repercutiría en su posición. Un nuevo orden en Elaica se acercaba y detenerlo era la cuestión.

Calirio era la ciudad de famosas ciudadelas académicas y templos de preparación para los paladines, guerreros valerosos de la luz. Si Calirio caía el conocimiento se perdería para siempre y ya no habría esperanza puesto que los faros comenzarían a apagarse.

Los fuertes pasos del ejército de Sadgón hacían juncos en la tierra mojada que rodeaba a Calirio. Sus artilleros y caballeros negros sin corazón vislumbraban a la ciudad sin perdón y su sed de sangre y destrucción sulfuraba en sus venas, haciéndolos casi indetenibles en el combate.

Finalmente, sus constantes pasos de poco descanso cesaron frente a los muros de la ciudad y la sitiaron por completo. No había escapatoria de Calirio en ese instante, sus habitantes despavoridos huían a esconderse en las alcantarillas y sótanos secretos en los diferentes puntos de la ciudad.

Los nobles, su estirpe y todo su séquito se escondían en los panteones y criptas familiares, atravesando distintos pasadizos y catacumbas clandestinas que solo eran del conocimiento de los aristócratas, construidas para tal ocasión.

Los magos y académicos se movían con velocidad frenética, resguardando sus miles de libros, escritos y tesis sobre investigaciones y argumentos valiosos de todo lo referente a Elaica. Temían más que nada en el mundo que todo aquello fuese quemado con ellos y fueron junto con los nobles a las catacumbas.

Las personas corrían por las calles buscando resguardo, todos los portales y ventanas se cerraron mientras que las nubes negras de destrucción traídas por aquellas oscuras huestes comenzaban a cubrir el cielo de Calirio.

Mientras tanto, la defensa de la ciudad empezaba a tomar posición con celeridad. Fueron hacia los portales de las murallas y hacia las cimas de estas, preparando sus herramientas de artillería, ballestas y catapultas. Los arqueros se colocaban en las almenas a la espera de las antorchas que usarían para encender sus flechas.

Hubo silencio absoluto por unos instantes, los soldados de ambos bandos ya estaban preparados para comenzar a ser guiados por los bramidos de la batalla. Era una tarde y el sol fue ocultado por completo para evitar que su presencia ofusque a su despiadado enemigo.

Una vez que la tensión se llevara hasta el último aliento de calma, los ejércitos negros de Sadgón comenzaron el ataque, como si supieran que el propio miedo hubo ya devorado a sus contrincantes. Las catapultas lanzaron sus poderosos ataques al son de los gritos de sus dirigentes. Sus proyectiles de hierro encendidos con combustible empezaron a derribar los muros cocidos de Calirio.

Los guerreros de la ciudad respondieron al ataque, contraatacando con sus artillerías de defensa. Sin embargo, el esfuerzo parecía ser en vano, ya que las huestes negras no solo atacaban los muros, sino también a los enormes portales.

Los arietes de hierro negro comenzaron a penetrar poco a poco los muros y las puertas de madera reforzada, consiguiendo un avance corto pero constante. Los arqueros y soldados intentaban detenerlos con flechas y aceite negro hirviente, pero sus esfuerzos provocaban poco efecto y no detenían el progreso de estos, quienes estaban bien cubiertos para tales ataques.

En otros puntos de los muros, comenzaron a llegar torres con ruedas que contenían soldados enemigos esperando ingresar a los muros. Su objetivo fue todo un éxito ya que la escasa defensa de Calirio no podía contrarrestar tal atiborramiento de contiguos ataques.

Los muros caían cada vez más a cada minuto que pasaba, pero las puertas fueron derribadas mucho más rápido, hasta que finalmente, la puerta Este de Calirio fue destruida y lo único que se interponía en el avance del enemigo era un puñado de soldados; los cuales, fueron arrollados con tal bravura.

Posteriormente las demás puertas de la ciudad también cayeron con el mismo resultado al final, y Calirio rápidamente fue invadida y violada por los voraces soldados. Las casas, los comercios, las instituciones, y al final, las ciudadelas académicas fueron saqueadas y e incendiados por estas hordas imperdonables.

Hubo personas que fueron descubiertas en sus escondites y consecutivamente asesinadas, a los guerreros negros no les importaba si eran ancianos, mujeres o niños, todos pasaban por el filo de sus espadas. Las mujeres eran violadas y posteriormente exterminadas por ellos, y las más hermosas y virginales eran secuestradas.

Los supervivientes que lograron escapar de tal catástrofe, se dirigieron a los bosques y colinas cercanas a buscar refugio, otros fueron aún más lejos hacia el Este, buscando resguardo en la ciudad de Cenontes, y derramando lágrimas durante todo el trayecto.

La ciudad cayó bajo el arropo del fuego, y sus edificios rápidamente se consumieron. Desde su trono de mármol y marfil en Elam, el rey Sadgón reía frenético al percibir el aroma de las llamas destructoras que terminaron con Calirio.

Y así fue como la sabiduría en Elaica se desmoronó. Los habitantes de los poblados cercanos al enterarse de tal tragedia, evacuaron rápidamente sus hogares y fueron al Este y mucho más allá. La sed de destrucción de Sadgón apenas fue cubierta en esos terribles momentos.

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El Zángano XIX

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El zángano es una serie de relatos basados en la mítica leyenda urbana del Estado de Mérida, Venezuela, sobre un brujo que absorbe la vitalidad de sus víctimas hasta arrastrarlas al umbral de la muerte.

Relatos anteriores:

I. Judith
II. Judith (continuación)
III. María
IV. Alicia
V. Alicia (continuación)
VI. Matilda
VII. Matilda (continuación)
VIII. Raquel
IX. Betsabé
X. Betsabé (continuación)
XI. Amanda
XII. Amanda (continuación)
XIII. Bianca
XIV. Epítome I
XV. Eva
XVI. Eva (continuación)
XVII. Sabrina I
XVIII. Sabrina II

Obras originales realizadas por mí

Sabrina III (culminación)

 
Las pesadillas no cesan, mi cuerpo no deja de temblar, es como caer en la más pérfida ansiedad, provocada por una enfermedad decadente controladora de la fatalidad. Siento que mis pensamientos ya no coordinan y me enfoco en otras cosas que sin ninguna razón entran en mi cabalidad.

No dejo de pensar en aquella criatura, insana, malévola y de naturaleza hostigadora. Tan perversa y paciente, tan insidiosa y miserable, como un malvado parásito que devora hasta la última facultad de sus víctimas.

No sabía si pensar que Sabrina era una incauta en toda esta situación, una parte de mi mente me decía que sí —la que deseaba que así fuese—, pero otra me decía que su fachada era un engaño y que todo lo que hacía era por voluntad propia.

Mi interés por ella llegó a la culminación de un camino bifurcado, entre la fatal atracción y el miedo que me provocaba. Veía mi habitación a cualquier hora del día y siempre me arropaba la oscuridad. Sentía que era observado por todas partes despierto y ya no en mis pesadillas.

Muchas veces he intentado entregarme al fantasma del insomnio para evitar volver a dormir, pero es inútil, puesto que soy arrastrado por la más sutil y arrolladora fantasía.

Estuve todo ese tiempo necesitado por la más serena compañía, ¿un abrazo tal vez?, ¿una amena charla? o ¿un encuentro pasional? La verdad no sabía lo que quería, ni siquiera podía formular un plan para poder descubrir el secreto de Sabrina.

Le tenía mucho temor, incluso hasta miedo de encontrármela en el pasillo del edificio o en la calle. Antes de salir, me pegaba a la puerta de mi apartamento solo para escuchar cuando se iba y así tener todo seguro para mí.

El terreno rapaz que había pisado me convirtió en un ser dócil, mórbido e infeliz, manipulado por entidades que se mueven entre los caminos del crepúsculo. Mi valentía, tal parecía en aquel momento, se había disipado de mi personalidad por completo.

¿Qué insigne sería si hubiese tenido las facultades de un héroe valeroso que enfrenta cualquier adversidad? De ser así, ya hubiera enfrentado el mal emanante de aquella morada secreta, habitada por una doncella encantadora, que con alevosos conjuros me destruye.

En vez de ello, en vez de ser el bravío destructor de tanta maldad, me escondo y planeo escapar de tanta agonía. ¡Cobarde imbécil! —Me repetía con seguridad— ¿Dónde quedó la curiosidad que llevabas en tu pecho, que te impulsaba a descubrir todo este misterio?

Ante tales premisas, fuertes e incisivas acusaciones, mis impulsos comenzaron a atiborrarme desde los cimientos de mi cuerpo y me llenaban de una serie de sustancias vehementes aglomeradas parecidas a la adrenalina.

Estaba cansado de ocultarme como un engendro; una criatura maniobrada a voluntad de Sabrina. Me cansé de ser corroído por el horror y entré en un éxtasis de coraje donde mi curiosidad comenzó a tomar gran fuerza y a recaudar todos mis impulsos.

¡El momento era ahora! Debía hacer algo antes de que todo ese poder acumulado en mí desapareciera por completo y posteriormente ser arrojado de nuevo a las fauces de las tinieblas, no podía permitir que eso pasara, ¡No quería ser más su marioneta ni su alimento!

Me dirigí hacia la puerta de mi apartamento, evitando cualquier distracción en mi mente que me obstaculice de mi objetivo, la abrí y ante mis desquiciados ojos azotados por las pesadillas y el horror, vi la puerta del apartamento de Sabrina con perpetuo odio.

Fui hasta ella y con un golpe de patada la abrí, eso me tuvo un poco sorprendido ya que me di cuenta que la puerta no se encontraba cerrada con seguro. Aun así, omitiendo aquella sorpresa, continué adelante con mi objetivo y vislumbré con asombro el apartamento de Sabrina.

El lugar era tal como lo visualizaba en las crueles pesadillas que me atacaban todas esas noches. Las paredes estaban tapizadas con figuras floreadas de rosas negras, los muebles de la sala estaban decorados con adornos, figurillas y vasijas que tenían inscripciones extrañas.

La apariencia del lugar y su contenido le daban un toque antiguo, como si se tratara de un pequeño espacio de una época pasada, incluso los marcos de los retratos estaban fabricados con aquellas filiaciones dándome a entender que el edificio era más viejo de lo que pensaba.

Fui hacia la cocina y allí vi los mismos detalles y seguía sorprendido de notar que todo era idéntico como en los horrores nocturnos que padecía. En ese momento comprendí sobre la naturaleza esotérica de Sabrina, y que si todo aquello era real, también lo era lo que me conseguiría en la habitación contigua a la sala.

El apartamento era sumamente pulcro, a excepción de un camino fino de hierbas que iba desde la cocina hasta la habitación antes mencionada. Me dirigí hacia allí despacio, con la valentía aun dirigiendo dentro de mí.

Tomé la manija y le di un giro lento y abrí el portal con la misma velocidad. Lo primero que me impactó fue un olor insoportable y fétido y una pululación de moscas que cubrían casi todo el ambiente. Quería huir de ahí en ese momento, ya que quedé fatigado con muchas ganas de vomitar, pero tapé mi boca con un pañuelo de mi bolsillo y di dos pasos hacia adelante.

Tosí dos veces y el repulsivo aroma me quemaba los ojos, pero seguí adelante, hasta que mi vista se fijó en dos cosas que me hicieron huir despavorido y enfermo. Miré hacia abajo y encontré la cama, toda carcomida por las moscas que se acumulaban, y sobre ella había un cadáver ya casi consumido por la descomposición.

¡Dios mío! —grité con todas mis fuerzas— y del impacto que me causó aquello me caí hacia atrás y luego vomité. Mi vista comenzó a nublarse, ya que mi cuerpo y mi mente atiborrada por el horror, el fétido olor y los impulsos acelerados de mi corazón, iban a desplomarse con un desmayo.

Intenté poco a poco de recobrar la compostura y pretendí levantarme erecto, pero hubo otra cosa que mis ojos atisbaron, que no solo hizo que recobrara mis sentidos, sino que también drenó por completo de mi cuerpo aquel coraje que me llevó a ese punto.

La criatura que tanto he temido estaba… ¡Justo frente a mí!, aun siento escalofríos de solo pensar en ese día, de solo recordar de que la tuve tan cerca a punto de tomarme con sus larguiruchos dedos nudosos. Me eché para atrás medio paralizado, mientras observaba su espantosa forma de medio hombre y medio buitre o cuervo.

La parálisis provocada por la conmoción no quería abandonarme, hasta que los vestigios de mi coraje mezclados con el pavor que tenía en ese momento la vencieron y en ese instante no miré hacia atrás y salí de allí con toda la celeridad que mis piernas podían proporcionarme.

Ese día incluso abandoné el edificio, le dejé un mensaje al dueño sobre mi partida dejando por fuera todo detalle comprometedor. Me fui de la ciudad y regresé a mi lugar natal, ya han pasado tres años desde que salí de allá. Me he librado hasta de las pesadillas que cada noche venían a atormentarme.

Jamás descifré todo aquello que mis ojos vieron ese día, nunca se lo mencioné a nadie y es mejor así, si me hubiera quedado eso pudo haber significado mi fin, además ¿Qué hubiera pasado si me hubiese adentrado mucho más en los recónditos parajes de ese terrible mundo?

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Oda de un poema súbito

Ilustración

Hoy he traído para ustedes, mis queridos amigos, un poema que he desarrollado dejándome imbuir por mis lecturas de libros de psicología. Quise hacerlo de manera que no tuviese sentido, lo cual siento que es un fallo de mi parte debo admitir, porque ha sido difícil encontrarle un título y una definición concreta. Sin embargo, espero que disfruten al leerlo tanto como yo al escribirlo y estoy abierto a todas sus interpretaciones.

Sin más que agregar se despide de ustedes, su servidor y escritor.

— @universoperdido

¿Quién impulsó tu vesania,
que a llanto traes tu villanía?
¿Quién lanzó este mal adherido,
que vociferas a sonido retorcido?
¿Quién atrajo a los juglares estólidos,
que a mal sus risas traen enfados?
¿Quién invocó la ilusión de los fatuos,
que exasperan y atacan sin tactos?
El crepúsculo canta templado,
ante mis incógnitas de ser perturbado.
La estela que lleva mi mente,
es una quimera de sol imprudente.

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Andanzas de la conciencia [Relato de ciencia ficción]

¿Alguna vez has soñado que vuelas por los aires y no sientes nada? Lo mismo me pasó ese día, ni la brisa del viento la sentía. Hace años que vengo trabajando en un artefacto que me permite esparcir mi cuerpo, esencia y mente por todo el espacio tangible. A través de ella, pude ver todo lo que me rodeaba sin dolor, era como estar completamente en estado de sueño.

Las partículas de mi ser flotaban por todas partes y yo veía a través de ellas toda cosa movible y física de mi entorno. Se dirigían directo a los muros y los traspasaban, como si no estuvieran allí, luego levitaban hacia los lados fuera de mi laboratorio y pasaban por los pasillos de la estación.

Llegaron enseguida hacia los tres portales de mi lugar de trabajo, pero un grupo de mis partículas no cruzó uno de ellos y se regresó. Las otras si se habían ido hacia fuera, pero luego se quedaron estáticas, inmóviles, como esperando a sus demás compañeras.

Este grupo que se había quedado adentro de las instalaciones comenzaron a explorar toda la zona. Pasaron frente a la oficina de mi querida colega, la doctora en microbiología Elsa Santillana, quien gracias a ella he pudo lograr múltiples experimentos exitosos. Luego recorrieron por enfrente del lugar de trabajo del insistente doctor Olmera, un hombre demasiado obsesionado por su trabajo.

Olmera también me ayudó en muchos ensayos que incluí en mi trabajo. Se destacaba en un área de la ciencia que pocas personas hoy en día trabajan, se trata del entorno dentro de la corteza pre frontal, la cual, según sus estudios, es donde se encuentra la conciencia.

Las investigaciones del doctor Olmera revelan que la conciencia puede abandonar el cuerpo cuando quiera, pero no lo hace, porque algo la detiene ¿qué será?

Todos estos días he estado pegado con mi colega para saber esta causa y gracias a su ayuda, he podido completar mi máquina, aquella que me permite fraccionar mi conciencia, elevarla fuera de mi cuerpo para así poder movilizarse sin ataduras, es como estar dormido y soñar.

Lo único que no soy capaz de controlar es hacia donde me dirijo, solo tengo la habilidad de observar el ambiente donde mis particular se encuentren. No puedo percibir ni olores, ni sonidos, ni ninguna otra sensación, solo mi sentido de la vista se encuentra activo.

Después de tanto explorar de forma fantástica tanto cuanto pude, algo al parecer detuvo la máquina, aún no pude determinar la falla del problema pero este consistió en devolverme a mi cuerpo de manera abrupta. Mi vista comenzó a dar vueltas a gran velocidad hasta que todo se tornó borroso, y desperté dentro de la cabina con fatigas y ganas de vomitar y con calambres en todo mi cuerpo.

He intentado arduamente encontrar la causa de lo último ocurrido, hasta ahora solo pude determinar de que se trató de algo parecido a la muerte.

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