El pozo de los deseos (Poema #26)


Otro pérfido sentimiento tocó las ventanas de mi sosegada cordura. Manifiestos e insolentes engendros de la realidad, condensan la inmutabilidad de un horror incipiente. Me destapo de sábanas gruesas que me impiden acechar el anhelo por mi pasado. Vislumbré desde mi exiliada añoranza una oquedad apartada del resto del mundo.

Se decía que todas las aspiraciones de la vida acaban allí, para desvanecerse en un más allá metafísico e incomprensible. Me acerqué curioso y fisgón, en su interior observé excitado. Caí al fondo de su abismo con tremenda crueldad, y atisbé remanencias que hicieron añicos mi alma. Todos los deseos, desde ínfimos hasta colosales no se desvanecían allí.

Una idea me golpeó causando lágrimas en mis ojos, haciéndome comprender la terrible existencia de esta vida. El peso de las añoranzas de este pozo, ¡Oh, que terrible calamidad!

No debí caer en las fauces de sus mentiras. No debí furtivo querer entrañar en sus abisales terrenos. La melancolía me derribó, y el mundo no fue igual para mí.

No debí caer en el pozo, ¡que nefasta aseveración! Vi deseos, tan hermosos y tan puros, que flotarán, pero jamás se podrán desvanecer…



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Altais, la fugitiva


«Si viéramos realmente el Universo, tal vez lo entenderíamos.»

— Jorge Luis Borges

 

 

Sé que muchos no creerán la historia que narraré a continuación. Probablemente dirán que se trata de la historia de un demente o alguien inducido por efectos alucinógenos. Yo sé lo que vi esa noche, nada ni nadie me arrebatará aquél increíble suceso que sorpresivamente se reveló ante mi esposa y a mí.

Apolonia y yo alquilábamos una casa de campo en las afueras de la ciudad frente a un lago para descansar de la rutina. Cada domingo viajábamos quince minutos en auto para llegar al tranquilo lugar que escogimos estratégicamente para nuestros fines. Apolonia es aficionada a la astronomía, había comprado un avanzado telescopio por la red para observar el cielo nocturno preponderado de estrellas. Escogimos aquella casa de campo por la escasa contaminación lumínica que permitía la admiración a un Universo maravilloso.

Verdaderamente parecía todo un paraíso estelar. Las estrellas creaban un camino nebuloso dentro del marco de sus madres constelaciones. La luz de la luna era opaca comparada con el centelleo de millones de astros emitiendo belleza y magnificencia. Admirábamos deslumbrados la formación perfecta de aquellas ciudades astrales, permitiéndonos entrar a su misterioso y celeste mundo.

Apolonia muy atenta usaba su telescopio, y hacía anotaciones de las distintas estrellas conglomeradas. Centauris y Polaris eran las más observadas, y a su vez, las constelaciones como; Orión, la Osa mayor y su acompañante, Hidra, Escorpio, Taurus, y entre otras no tan allegadas que también podían observarse bajo el ojo de mi apasionada esposa y su amor por la astronomía.

Todo iba normal aquel día. Había domingos que nos quedábamos en casa por ser noches lluviosas. Tuvimos dos domingos seguidos sin ir a la casa de campo, ¿cómo serían nuestras vidas en este momento si no hubiéramos visto lo de esa noche?, si hubiera sido uno de esos días lluviosos, no estaríamos tan pensativos como ahora.

Aquel domingo todo iba normal, había llegado la noche y Apolonia como de costumbre sacó su telescopio y lo colocó en posición mientras preparaba el café. Mientras tanto, yo me dispuse a observar el cielo con el telescopio para observar mucho mejor las maravillas estelares, y de repente, vi algo que me inquietó un poco. Era una especie de estrella fugaz, la vi normal al principio, como cualquier otra de su clase, pero esta era bastante extraña. Se movía de una manera discordante, de un lado a otro, como si anduviera sin rumbo, y luego se detuvo por un momento, después prosiguió moviéndose de un lado a otro.

Fue tan grande mi impresión que tuve que llamar a Apolonia para que observara aquello tan insólito y sorprendente. Se acercó y miró por el telescopio lo que yo observaba y el impacto que le causó fue mucho más grande que el mío. Apolonia al tener un conocimiento más vasto sobre astronomía me explicaba con detenimiento lo que ocurría.

La estrella Altais, oriunda de Draconis, había desertado de su posición de entre los astros. Las pléyades iban tras ella, y a la cabeza de su cacería iba Sirio, junto con sus otras hermanas de Draconis. Apolonia estaba estremecida y excitada por todo lo que veía, y narraba todo como si se tratara de un cuento fantástico de ficción. Al final dijo, que las estrellas se volvían más enormes y fulgentes y que parecía que venían hacia donde estábamos.

En ese momento, Apolonia dejó el telescopio y salimos a ver con nuestros propios ojos lo que pasaba. Las luces comenzaron a levitar frente al lago, de un lado a otro, rodeando a aquella estrella prófuga. No puedo decir con certeza cuantas estrellas habían en el acto, pero estoy seguro que eran más de cincuenta. Las pléyades comenzaron a danzar y las demás las seguían. Despedían de su brillo una especie de polvo escarcha. Apolonia y yo sentíamos un calor intenso en el lugar, mientras contemplábamos el suceso.

Altais estaba inquieta en un solo lugar, mientras sus hermanas iban hacia arriba, hacia atrás y hacia adelante, moviéndose de un lugar a otro. Algunas de ellas pasaron cerca de nosotros. Sentíamos una gran fuerza magnética que nos rechazaba y decidimos alejarnos a una distancia considerable. Las hijas de Sagitarius comenzaron a acercarse más a Altais, mientras que los demás luceros mantenían su posición.

El agua del lago comenzó a hervir, al recibir una intensidad constante de calor. Altais continuaba disidente a regresar y se mantenía inquieta en su posición. Sus otras hermanas de Draconis, comenzaron a acercarse y danzaban más rápido. Las demás, seguían el ejemplo de estas, excepto las pléyades, quienes mantuvieron su posición en todo momento.

La tierra se estremecía. El agua del lago brotaba a salpicadas más colosales. Apolonia y yo nos apretábamos las manos con un pánico incontenible. No sabíamos si quedarnos o huir, ya había sido demasiado y temía por nuestras vidas, la verdad, no quería seguir observando. Pero, de repente, mucho antes de que nuestros cuerpos se agitaran despavoridos, vimos a Altais moverse junto con los otros luceros que se le habían acercado. Comenzó a danzar hacia arriba y hacia abajo, de un lado a otro, mientras todo temblaba.

En ese momento, las pléyades comenzaron a acercarse y se unieron a la hermosa danza astral. Todas comenzaron a elevarse lentamente hacia el cielo. El agua poco a poco se calmaba. La tierra dejó de temblar. Apolonia y yo recobrábamos la compostura y nos quedamos contemplando como todos aquellos astros se dirigían hacia el firmamento. Las hijas de Sagitarius se fusionaron con Altais. Luego las de Draconis, se iban de la mano con las de Centauris. Las pléyades iban solas y eran las últimas en danzar, hasta que todas traspasaron los límites de la tierra y se volvieron “Una” con el Universo de nuevo.

Después de todo lo que acabábamos de observar, Apolonia y yo no teníamos palabras, nos quedamos quietos y trémulos en la misma posición, por un rato, y pensamos en no decirle una palabra a nadie, ya que al hablar de esto nos tacharían de dementes. He escrito este testimonio para desahogarme y no para recibir un juicio de aprobación. Desde ese día Apolonia y yo nos hemos vuelto más pensantes y pocas cosas nos impresionan hoy en día.

Comenzamos a estudiar la posibilidad de que las estrellas poseen voluntad propia y que pueden pensar por sí mismas. No son solo gases que emiten energía y gravedad a millones de años luz, sino que también, poseen algo más. Nos hemos vuelto desesperantes y caprichosos para que nuestras teorías sean aceptadas, pero sé que no podrá ser, al menos no por ahora. Así que por el momento me limito a contar esta historia, no espero que nadie me crea como he dicho, pero aun así, me siento feliz por haberla atestiguado.

 


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