Elaica V. De sus talentos y características

Elaica es una serie de relatos que se relacionan entre sí porque se desenvuelven en esta mítica y fantástica tierra. Cada relato es una historia distinta y a veces, una continuación.

Relatos anteriores:

I. El comienzo
II. Atalayas de la guerra
III. Tristán
IV. De los primeros Antiguos

Obras literarias originales realizadas por mí.

De sus talentos y características

 
Todos saben que los primeros Antiguos nacieron de la cabeza de Aristich y Artach, y que al instante adoptaron inteligencia y voluntad propia. Al ver a Elaica hermosa y llena de vida, algunos de ellos se sintieron impulsados a terminar la obra de sus creadores. Otros solo se quedaron en el espacio, como estrellas de «Unsi», el universo, para observar lo que hacían sus valientes y creativos hermanos.

 
Ahora hablaremos de estos Antiguos que descendieron a Elaica, sobre los aspectos que tenían en un principio, y de quienes eran los que poseían más influencia sobre los elementos.

 
Lo primero que se formó en Elaica fue la tierra, una reacción causada por los gritos de Aristich y Artach provocó que todo el polvo espacial flotante en Unsi se fusionara, moldeando así mismo este mundo sagrado. Diulai fue el primer Antiguo en saborear la tierra, al instante de tocarla se volvió experto en ella. Se vistió con sus texturas, su dureza y esencia, y comenzó a crear minerales en base a su composición.

 
Otros antiguos estaban deseosos de aprender sobre ella y fueron con Diulai y éste les enseñó. El más prodigio de todos era Karlich, los hombres le dieron el apodo de «El gran joyero», porque de sus manos fueron creadas las más hermosas gemas y piedras, que por milenios fueron codiciadas por los hombres.

 
Los dos que le siguieron en la línea fueron Sionis y Zarcón, los pequeños constructores, tenían aspecto de dos rocas pequeñas, pero eran tan rápidos en la construcción de montañas que prácticamente no necesitaban ayuda de sus otros hermanos. Muchos eran los que trabajaban la tierra y la formaban, al igual que aquellos que hacían que de ella surgiera la vida.

 
Séminon y Berdanna fueron los que se encargaron de la formación y cuidado de los árboles, y toda planta que creciese sobre la tierra de Elaica. Del fruto de su unión surgieron los valles floreados, y del vientre fecundado de Berdanna por Séminon, nació una diversidad inimaginable de flores tanto silvestres como domésticas. Y Elaica se llenó aún más de belleza en todo cuanto se veía. Las Sirínides, eran Antiguas que vestían con lianas floreadas, acompañantes de esta pareja, y fue de ellas de donde surgió la idea de crear a los animales que caminan sobre la tierra y buscan el alimento.

 
Eran alegres y de pies ligeros, corrían más rápido que cualquier bestia veloz en Elaica. Se la pasaban bailando en los valles, bosques y páramos, y muy poco contacto tuvieron con los hombres en su momento cuando comenzaron a desenvolverse por Elaica.

 
Los que dominaban las aguas se consideraban los más sabios. El agua ya existía en Elaica pero estaba atrapada en un solo punto, no tenía donde correr, así que formaron canales, lagunas y lagos, y estos formaron ríos y arroyos que eran alimentados por enormes y bravíos mares, y esto fue una bendición para todos los seres vivientes, porque con ella calmaban su sed y su fatiga para que la vida de sus cuerpos no se les escape.

 
Nanga, era el Antiguo regente, vestido del propio mar, su sabiduría era inconmensurable, porque todo lo oía y fluía con rapidez, como las propias aguas. Nanga vivía solo en las profundidades del mar Ofco, y los únicos ayudantes que iban a visitarlo eran Naya, Nonse y Urúlu.

 
Naya convivía con los animales acuáticos del mar, los delfines danzaban felices cuando ella se asomaba porque su presencia era tan dulce como la alegría misma. Su apariencia era como la de una medusa blanca, gigantesca, pero con cabeza y hombros de mujer. Todo tanto que veía le otorgaba su bendición. Nonse era todo lo contrario, era fiero como la tempestad, y temible como la más arrasadora tormenta. No simpatizaba con ninguna criatura viviente, más bien, todas le huían. Los marineros siempre tenían cuidado de entrar a su terreno con respeto, para no desatar la ira de aquel Antiguo. Vestía de ciclones y estar cerca de él podía significar la muerte.

 
Urúlu era el más pacífico, distinto tanto de Naya como de Nonse. Vivía en las espumosas aguas que llegaban a las costas de la tierra, su personalidad se reflejaba en aquel apacible sonido, cuando las aguas arriban y luego descienden para arribar otra vez. Sobre su aspecto, nadie lo conoce, se dice que no adoptó ninguno y por lo tanto, continuó viviendo como un espíritu, que buscó tranquilidad en las costas.

 
Dentro de la tierra también existen Antiguos de las aguas, como los Terentes, los videntes. Adoptaron forma de ancianos de barbas largas y escurridizas parecidas a las cascadas, y una vez al mes, se reunían en el gran estanque Alia, oculto entre las montañas Cracias, cerca de la actual Calirio, para ver el futuro. Solo sus ojos podían vislumbran lo que las aguas del estanque revelaban, y luego de haberlo visto todo, volvían a sus territorios hasta volver a reunirse de nuevo.

 
Se dice que de ellos eran siete, y que solo cuando ellos están juntos, el estanque les provee el conocimiento de lo que deparará el destino.

 
Y por último, aparecieron los Antiguos del viento. El aire fue creado antes de que los primeros animales que caminan sobre la tierra fueran creados por las Sirínides. Su líder era Alcifón, maestro de los céfiros. Todos los Antiguos que tenían al viento bajo su poder eran libres y podían ir a donde quisieran, incluso salirse de los confines de Elaica y regresar al lado de sus creadores. Tenían forma de hombres, pero dotados con alas gigantescas y doradas y armaduras plateadas y espadas de filo indestructible echas por Sionis y Zarcón.

 
Los Antiguos del viento eran temibles guerreros, encargados de mantener a raya a las bestias que emergían del fuego de Ururthur, especialmente a los dragones, que solo buscaban extender su territorio con la destrucción. Alcifón posteriormente, vio potencial en los humanos, y decidió encargarle a Belfomes, su más prodigioso ayudante, para que los adiestrase en el arte de la guerra y así defenderse de los demonios de aquella tierra maldita. Y también dejó a cargo a Ariuxa, guardiana de la rectitud, para formar a los primeros paladines, otorgándoles el conocimiento de la luz y a defenderla con templanza.

 
Eones y eones pasaron antes de la formación completa de Elaica. Antes de la llegada de los primeros hombres. Luego vinieron la luna y el sol, pero esa es otra historia. Los Antiguos veían satisfechos sus obras terminadas poco a poco, pero el mal que se arraigó en el corazón de Elaica comenzaba hacer estragos desde adentro, cosas terribles, que ni los propios Antiguos podían controlar. Erupciones, maremotos, terremotos, derrumbes de montañas, desiertos, entre otras cosas, aparecían sin previo aviso.

 
Sabían que algún día tenían que enfrentar a ese mal, y lo hicieron, a través de sus vástagos, y fue allí, cuando surgió la idea de los humanos.

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El zángano [Parte I / I]

Fuente

El zángano es una serie de relatos basados en la mítica leyenda urbana del Estado de Mérida, Venezuela, sobre un brujo que absorbe la vitalidad de sus víctimas hasta arrastrarlas al umbral de la muerte.

Obras originales realizadas por mí.

Judith

 

Amanece en la ciudad con el frío nocturno aun deambulando por las calles. El sol se ocultaba detrás de las grises nubes que sobrevolaban inertes sobre la alta ciudad de Mérida, capital de los Andes. Las personas se movilizaban de un lado a otro por las angostas aceras y calles donde el tráfico congestionado no cesaba jamás. En las esquinas del centro los vendedores y kiosqueros preparaban sus negocios. Los artesanos extranjeros elaboraban con tejidos sus guardapelos y sujetadores para las personas que buscan con admiración su arte.

El doctor Cárdenas, psicoanalista, recorría de subida la acera de la calle 4 del centro, directo a su consultorio. Eran las ocho y cuarenta y cinco de la mañana y aun le faltaban cuatro cuadras para llegar; pensaba que llegaría tarde y por esa razón, no terminó de desayunar y se llevó parte de su comida en un envase de plástico.

Aceleró a toda velocidad esquivando con cuidado el tráfico de personas que obstruían su paso, hasta que finalmente llegó cansado, con los pies que le pesaban por caminar rápidamente sobre un camino inclinado, y con una embolia que le molestaba en el costado derecho de su cintura por no reposar la comida. Al entrar, ya tenía a una paciente esperando desesperada por su atención profesional.

—Buenos días doctor Cárdenas —Dijo Ilena, su asistente— Espero que haya pasado un excelente fin de semana.

—Gracias Ilena. Si, tuve un fin de semana tranquilo, sin mucho alboroto.

—Buenos días doctor Cárdenas —Dijo la paciente con tono de voz grave y un poco quebradiza.

—Buenos días Judith, disculpa la tardanza, ya te atiendo, déjame acomodar la oficina.

—Ya le llevo café doctor, lo volví a colocar en la cafetera para que no se enfriara, no tiene azúcar, como a usted le gusta. —Dijo Ilena la asistente—.

—Gracias Ilena muy amable, después de que atienda a Judith reacomodamos la agenda, hay algunos cambios inesperados que hay aplicar.

—Como diga doctor…

El doctor deja su saco y su maletín en el armario que está dentro de su oficina, saca de uno de los archiveros el expediente de la paciente que espera por él: Judith, y lo revisa de nuevo con detenimiento. La mujer de treinta y dos años, cabello corto y castaño trabajaba como administradora en un centro comercial de la ciudad. Dedicada, joven y eficiente, desbordaba vitalidad en cualquier cosa que hacía, pero un día, de impacto, comenzó a tener sueños insólitos que la horrorizaban, y en todos ellos vislumbraba una entidad oscura de forma humana, con el cuerpo cubierto de plumas y su rostro como el de un zamuro.

Aquel ser siempre la observaba intensamente, con los blancos y resplandecientes como dos orificios vacíos, y rodeados por un entorno a veces indefinido por la pobre mujer. Muchas veces soñaba que aquella aparición, ente o criatura se posaba en la ventana de una habitación que no era la suya, y atravesaba las paredes moviéndose lentamente hacia ella, alzando acechador sus garras de animal carroñero.

Hace ya tres semanas que Judith padece este mal y, al parecer, las pesadillas se hacían cada vez peores. Iban desde parálisis hasta epilepsias por causa de aquellos sueños. Varias veces incluso, aquel trastorno que la acongojaba llegaba hasta rozar a la demencia. Los medicamentos recetados por el psicólogo que la atendía anteriormente solo le proporcionaban tranquilidad en periodos muy cortos y esporádicos. Era momento de aplicar otros métodos que le permitieran analizar el problema con más efectividad.

Luego de quedarse un rato oteando el expediente de Judith, su asistente, Ilena, irrumpió en su oficina dejando la tasa con café encima de su escritorio.

—Gracias Ilena, y por favor, ya puedes decirle a Judith que pase que estoy listo para atenderla.

—Si doctor.

Luego de salir la asistente en un instante, Judith entra a la consulta. Su rostro causaba algo de lástima, ya que se encontraba decaído por el cansancio. Sus ojeras estaban negras e hinchadas formándose dos bolsas, y sus labios estaban opacos y resecos, faltos de hidratación. Se sentó en la silla frente al escritorio encorvada, por el peso del agotamiento. La escases de maquillaje y su personalidad menguada eran sumamente notorias, algo bastante particular referente a una muchacha que anteriormente desbordaba energías.

De impacto se había convertido en otra persona, más paranoica y que ve todo con desgane. El doctor Cárdenas la miró por un momento y notó en esos detalles otros cambios tremendos ocurridos en tan solo unos días, desde la última vez que la vio. Se impresionó un poco al ver lo decaída que estaba, era como si la vitalidad poco a poco abandonará su cuerpo, de una manera alarmante.

Luego de unos momentos de charla cordial, Judith comenzó a hablar de su terrible problema.

—Ay doctor, estoy demasiado cansada de todo esto, prácticamente ya no tengo noches tranquilas. He tratado de dormir de día también pero es inútil. Los soporíferos y sedantes ya no me hacen efecto y básicamente quedo a merced de esas horribles pesadillas.

—Bueno Judith, déjame decirte que mientras revisaba tu expediente, decidí utilizar métodos que permitan poder atacar ese problema con más fuerza. Hace tiempo que no uso la hipnosis en un paciente, por ser un método muy controversial, pero en tu caso estoy seguro que podrá ayudarte.

—¿Usted cree doctor? —Dijo Judith con una chispa débil de emoción —¿Usted cree que con la hipnosis me cure?

—Este tipo de hipnosis que voy a aplicarte no va a curarte, es solo para incursionar hacia tu subconsciente, donde se materializa más el problema, eso me permitirá analizar tu caso de manera más minuciosa. Estaré contigo en todo momento tu solo debes seguir mis instrucciones.

—Dios quiera que esto me ayude lo suficiente doctor, la verdad ya no sé qué hacer…

—Necesito tu autorización Judith, no puedo hacerlo sin la aceptación del paciente.

—Por supuesto doctor, tiene toda mi aprobación.

—Bien, perfecto, entonces comencemos de una vez, necesito que te recuestes en el diván, mientras yo voy por mi metrónomo.

Inmediatamente Judith hace lo que el doctor le pide acomodándose en el plegable sillón. Mientras, el doctor Cárdenas se sienta frente a ella con el metrónomo en sus manos y listo para comenzar la sesión.

—De acuerdo, ¿ya estas cómoda? —Judith asiente con la cabeza ante la pregunta del doctor—.

—Perfecto, entonces, vamos a comenzar…

Continuará…

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Reflexión en las madrugadas

No existen palabras exactas para describir la decepción, simplemente pasa con dolor.

En el mundo no existen caudillos justicieros que baten sus espadas sagradas en nombre de la libertad, y toda su beatitud correspondida.

La vida no es fácil y eso es algo que muchas personas en mi entorno no entienden.
El planeta está sobrepoblado y no existe un sistema adecuado para sustentarlo por completo.

Los sistemas de hoy solo están diseñados para una mayoría y para aquellos que puedan con costearlos.

La raza que grita, maldice y vocifera con odio a mí alrededor, dejó todo en entidades supremas, y estas entidades ahora nos dominan a su antojo.

Bajo muchas responsabilidades se corta el lazo, pero se vuelve a reconstruir, como en un ciclo de sucesos insólitos e inentendibles.

Estoy en la parte más honda del pozo, aquí, estamos a merced de un colapso.

Consigo la tranquilidad trabajando la mente, y no permitir que las cosas malas me perturben.

Casi dejo de ser constante, pero mientras pueda no lo permitiré, seguiré aquí como siempre dando mi máximo esfuerzo, incluso si llegan las madrugadas y no concilio el sueño.

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Elaica IV. De los primeros Antiguos

Fuente

Elaica es una serie de relatos que se relacionan entre sí porque se desenvuelven en esta mítica y fantástica tierra. Cada relato es una historia distinta y a veces, una continuación.

Relatos anteriores:

I. El comienzo
II. Atalayas de la guerra
III. Tristán

Obras literarias originales realizadas por mí.

De los primeros Antiguos

 
Los visires anteriormente contaban la historia de los Antiguos, como enseñanza teológica en los templos. Hace milenios se les adoraba como si fueran dioses, pero ellos, al observar su naturaleza cambiante y compleja, los vieron de otra manera, como espíritus deambulantes que no tienen otro propósito que existir en Elaica, o en el firmamento observando el desarrollo de la vida.

 
La leyenda cuenta el origen de los primeros Antiguos. En un principio, la existencia estaba conformada por solo un elemento, que aparentemente estaba constituido por un vapor blancuzco que emanaba un etéreo brillo. Bajo aquél ambiente se desenvolvían Aristich y Artach, de apariencias inefables, la naturaleza de ambos era parecida a la de dos niños pequeños. Aristich sobrevolaba los panoramas nebulosos a grandes distancias solo para que su hermano Artach, lo alcanzara, y no pensaban en otra cosa sino en siempre jugar lo mismo.
Pasaron los eones y a Aristich se le ocurrió una idea, y convenció a su hermano para ejecutarla. Con todas las fuerzas que cargaban, los dos soplaron con toda su potencia para despejar las nubes y esto causó una gran explosión, donde un agujero pequeño comenzó a orbitar sobre el ambiente y a ese orificio lo llamaron «Unsi», que en lengua común significa, «Universo».

 
Pasaron más eones y Unsi creció, pero era tan vació y silencioso como el ambiente brillante en el que ellos vivían. Luego Artach tuvo otra idea, ambos gritaron con fuerza, y otra explosión ocurrió dentro de Unsi. Hubo caos y luego hubo orden, y dentro de ese orden se originó Elaica. Después de milenios de observación, Aristich y Artach descendieron a ese fragmento de tierra flotante para deslumbrarse con lo que había. Vieron árboles, rocas empinadas, ríos que bajaban con rapidez hasta el borde del mundo, y también vieron más allá de las tempestuosas nubes negras, una oscuridad, que permanecía reptante sobre el cielo de Elaica.

 
Al observarlo todo volvieron a Unsi, y decidieron darle más color y vida a aquello que crearon accidentalmente, y fue allí, que de sus pensamientos nacieron los primeros Antiguos. Emergieron de la cabeza de Aristich y Artach y se pusieron a su disposición en todo momento. No poseían cuerpo físico. Eran transparentes como el viento y cuando se movían a gran velocidad, se manifestaban visiblemente como una especie de vapor gris.

 
Muchos de ellos no pensaban por sí mismos y no poseían voluntad propia, pero otros, los más fuertes, se movían exploradores por todo el entorno de Unsi, y se reunían entre ellos profiriendo un lenguaje que había sido inventado por ellos. Tenían prohibido por sus creadores descender hacia Elaica, puesto que temían que la inestabilidad de su existencia la destruyeran, pero al ver estas entidades que podían controlar sus habilidades con genialidad, los eligieron como esenciales para continuar su empresa, para darle más belleza a aquel fragmento flotante y solitario.

 
Los más poderosos bajaron desde el espacio vacío de Unsi junto con su séquito de ayudantes, para terminar aquella creación, pero sintieron pena al principio porque no tenían forma corpórea, y no podían sentir, oler o escuchar las cosas que se movían o permanecían inertes, así que tomaron los elementos de la tierra, del agua y los árboles y crearon cuerpos colosales que les permitieron hacer muchas cosas en aquellos lugares.

 
Con sus manos formaban montañas y planicies llanas, que iban a lugares donde terminaba la tierra, con sus pies crearon lagunas, y de sus grietas que se expandieron se formaron afluentes hidrográficos que alimentaban a la vida estable que aún se desarrollaba. Bajo la tierra surgían los distintos minerales, que emergieron a la superficie al sentir las placas móviles que se manifestaban desde el centro de Elaica. Para mantener todo duradero, pensaron en darle un corazón a Elaica, y se juntaron y crearon un orbe de fuego, que fue colocado en las profundidades de la tierra y sus pulsaciones se extendían hasta la superficie, otorgando un fragmento de vitalidad a todo cuanto crecía sobre el suelo.

 
Los Antiguos trabajaban en conjunto y poco a poco, Elaica crecía más bella y más viva cada vez, aquellos que no fueron elegidos para ayudar, fueron colocados como centinelas, y tomaron la forma de luceros que descansaban bajo la inmensidad de Unsi, para ver observar como desarrollaba la vida en Elaica.

 
La oscuridad que flotaba sobre los cielos jamás se marchó, al contrario, se expandió aún más, y comenzaba a moverse como si tuviera voluntad propia. Los Antiguos la observaban y la eludían puesto que solo pensaban en terminar su trabajo para contemplarlo mejor. Y no supieron de ella de nuevo por un tiempo.

 
Algunos Antiguos se especializaron en diferentes elementos de Elaica de acuerdo al talento que poseían. Los que tenían la sabiduría se especializaron en el dominio de las aguas, porque fluía como el conocimiento en sus mentes; sutil y escurridizo y poderoso como un caudal. Los que comprendían a la perfección a la vida, su surgimiento y la importancia de su desarrollo, se ocuparon de las plantas y todos los seres vivientes, y estos bebían el agua de los ríos y lagos que les daba más vitalidad.

 
Otros, eran robustos y duros y poseían la voluntad de la fortaleza, y se ocuparon de la tierra, su composición, su forma y textura, y con dedicación crearon diferentes minerales, que para los hombres, tenían distintos valores suntuosos. En épocas del pasado a estos Antiguos, se les adoraba por hombres avaros que solo buscaban las riquezas que fortaleciesen sus reinos.

 
Y por último, estuvieron aquellos que apreciaban la libertad, recorriendo todos los lugares con curiosidad y sin límites, juguetones y sueltos como crías de animales, ellos eran los Antiguos que dominaban el viento, y su reino se sobreponía más allá de las nubes. Los elementos y sus hacedores trabajaban en armonía entre sí, en aquellos días donde los pulmones de Elaica se movían muy turbantes y frecuencia.

 
Después de muchas eras de ideas consumadas, la oscuridad ocupó la atención de nuevo de los Antiguos, al presenciar algo que observaron con terrible impacto. Aquellas nubes de negrura penumbrosa se sumergieron en las entrañas de Elaica, y comenzaron a hacer estragos en su corazón. En una tierra dominada por floridos llanos comenzaron a surgir montañas, que se abrieron y comenzaron a vomitar fuego líquido, que se expandió en todo el lugar.

 
Aquel fuego corrupto mancilló aquella región, volviendo la tierra incultivable y llena de zarzas y raíces secas, que solo los animales que proliferaban por allí podían comer. Se dice que así fue formada la tierra de Ururthur, y la entidad malévola causante de la formación de aquel lugar infernal aun hoy en día reside allí. Los Antiguos nada podían hacer por aquella tierra marchita, así que la ignoraron y continuaron con sus trabajos. En aquellos días, durante el principio, cuando Elaica crecía y se desarrollaba no se conocía el odio, ni la angustia ni el dolor, pero si la pena, porque al ver aquella tierra devastada sintieron tristeza ya que fue antes fue un hermoso lugar, y su actual apariencia derruida, no era lo que querían.

 
Todo cuanto existía en aquel entonces poseía una efímera paz, porque Elaica era joven y los matices y formaciones de su cuerpo aún eran muy nuevos. La vida era demasiado cambiante y los Antiguos solo se dejaban guiar por lo que sus corazones y mentes querían formar. Los que observaban desde el eterno y silencioso firmamento como estrellas veían todo con gozo y preocupación, porque desconocían, el destino que depararía para todo aquello que fue creado y será creado.

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El juicio de las identidades [Prosa poética] / The judgment of identities [Poetic prose]

Versión en español

 
En el estudio de una historia llana, entran en debate la empatía y la burla. Un salón lleno de espectadoras cariátides. Un testimonio de conflictos ilustrados. Se levanta de juez la venerable felonía, quien ha accedido por su conocimiento indiscutible.

La empatía con sapiencia expone sus argumentos, fijando sobre sí rostros de desacuerdos y sospechas de los presentes testigos. La burla con sátira desmiente las palabras de su oponente, y las convierte en moldes de figuras de composición endeble. La felonía se mantiene con rostro severo, esperando el desenlace de aquel duelo tan intenso.

Las cariátides susurran discordantes con el juicio, y comienzan a plantear opiniones sin fundamento. La alevosía opinó cual majadera, sobre los debates calumniosos de los contrincantes alelados. Se sentó detrás de la multitud, para dar su golpe de malicia cruel.

Sobre las sienes un mar de palabras abruptas, en disensión con la controversia ya expuesta. La reacción inyectada por la alevosía, causó el efecto planificado con ingenio. Y se apartó, con sonrisa perversa, hacia los vitrales límpidos de la consciencia.

Incluso el juez cayó en la batalla del debate, al escuchar aquella voz, maliciosa y renegada. La discusión cayó en inconclusa batalla, y las cariátides murmuraban aún más con descontento y vergüenza.

English version

In the study of a plain story, empathy and mockery enter into debate. A room full of caryatid spectators. A testimony of illustrated conflicts. The venerable felony rises from judge, who has acceded by his indisputable knowledge.

The empathy with wisdom exposes its arguments, fixing on itself faces of disagreements and suspicions of the present witnesses. The mockery with satire denies the words of his opponent, and turns them into molds of figures of weak composition. The felony remains with a severe face, waiting for the outcome of that intense duel.

The caryatids whisper discordant with the trial, and begin to raise unfounded opinions. The treachery said what a fool, on the slanderous debates of the challenged opponents. He sat behind the crowd, to give his blow of cruel malice.

On the temples a sea of ​​abrupt words, in dissension with the controversy already exposed. The reaction injected by the treachery, caused the planned effect with ingenuity. And he turned away, with a perverse smile, towards the limpid stained glass of consciousness.

Even the judge fell into the battle of the debate, hearing that voice, malicious and renegade. The discussion fell into an inconclusive battle, and the caryatids murmured even more with discontent and shame.

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Una crónica de la Demencia X

«…Una vez yo te amé equívoco bajo las ilusiones de la mentirosa pasión, te quise tanto, que me aburrí de ti rápidamente…»

Cada noche caigo embelesado bajo el manto estelar sentado en mi pórtico con los episodios reminiscentes de mi anterior vida agitada. Observo el cielo hasta caer rendido y somnoliento, y despierto en la mañana con el alba frente a mí y su luz bajo mis pies.

 
Siempre he sido renuente de las cosas convencionales y típicas que suelen conjurar las personas. Me he mantenido fuera de la vista de la apatía y la sociedad. Me excitaba contemplar los ríos de sangre y rostros agonizantes que yo provocaba con mis manos hambrientas de predador.

 
Un día, aquel gozo dejó de tener una cavidad complaciente en mi vida, y decidí sentar cabeza con una mujer hermosa y risueña proveniente de una sociedad rural. Contrajimos nupcias en los confines de una región emblemática, frente al mar, y establecimos nuestro hogar sobre la tierra que la vio nacer.

 
Tuvimos un hijo al que amamos con fervor, dándole el calor de una serenidad perpetua, digna para un pequeño que abre sus brazos al mundo. En aquel entonces pensaba que mi corazón no podía llenarse de más dicha, pero, con el pasar del tiempo, fue descendiendo poco a poco hacia el disgusto.

 
La ilusión de mi pasado comenzó a visitarme cada noche en mis ratos privados de soledad. Se sentaba junto a mí, insidiosa y fraternal, haciendo hincapié sobre la insatisfacción que tenía por la nueva vida que llevaba. Seducido de nuevo por las tentaciones de aquel placer que me colmaba, decidí alimentar de nuevo mi ansiedad con mi familia.

 
Primero inicié con mi ignorante cónyuge, a quien dirigí hacia el pequeño deposito oscuro donde guardo mis herramientas. Usé una porra de metal y la batí sobre su cabeza, ella cayó al suelo retorciéndose y jadeando como una boba y, para culminar mi estimulante hazaña, tomé sonriente mi machete y lo clavé sobre su cuello, acabando con su vida en un instante.

 
Luego fui por mi hijo quien dormía en su habitación plácida y despreocupadamente, rodeé mis manos asesinas sobre su delgado cuello de siete años y apreté con tal fuerza que en menos de un minuto feneció el infeliz, y sepulté su cuerpo junto con el de su madre en el patio de nuestra casa.

 
Esa misma noche, recibí la visita de mi antiguo sirviente, el que me crió desde que era un niño. Me miró con sus ojos llenos de pesar por lo que había hecho y me sentó sobre una silla mecedora en el frente de mi casa arropándome con una colcha afelpada. Desde esa noche el anciano se quedó conmigo para cuidarme.

 
Desde entonces, bajo la tranquilidad de la bruma, soy acechado por los espectros de mi esposa y mi hijo. Se aproximan a mí en mi pórtico con las manos en alto en modo de venganza, y los ojos sedientos por verme caer en la locura, pero sus planes se derrumban ya que mi sosiego es inquebrantable, y no lamento culpa alguna por lo que hice en el pasado.

 
Mi prioridad ahora está en observar a aquellos astros, a aquel manto nocturno que me da paz, a los ensueños dulces de mundos ignotos, hasta que la luz del alba me despierta con las caricias de su velo.

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Inocencia [Prosa poética] / Innocence [Poetic prose]

Versión en español

 
Ella se disfrazaba de mujer muy guapa. De escasa malicia y sonrisa agradable. Atontada frente a las bellezas de la vida. Caía en letargos de realidades y vigilias.

Marchaba con pasos ignaros y venturosos. Deambulando con sobriedad sobre un terreno rapaz. Descendiendo de las columnas que sostienen hermosos mundos celestiales, a los caminos ultraterrenos de ciudades impías.

Y todo lo que vio le pareció ruinoso, pérfido y extraño, y lloró.

Sofocada por un ambiente fuera de su comprensión. Llena de interrogantes e inquietudes hostiles que hacían explosión en su alma. Acechaban sobre ella rapiñas aladas, atentando contra su cúpula de esplendor y candidez.

Pero miró por encima de las montañas hacia el sol, y sonrió.

Alboradas de su mundo residían con soltura en aquellas villas y razas ignotas y luchadoras. Lo ominoso constantemente batallaba contra la pureza de la virtud, en una región que no conoce la tregua.

No estaba en su naturaleza entender a la maldad. Tampoco era su trabajo. Aunque sus andares eran inciertos jamás desvió a errar. Poco comprendió y de nuevo a su mundo volvió, sembrando vástagos proliferados en distintas eras del tiempo.

English version

 
She disguised herself as a very pretty woman. Of little malice and pleasant smile. Stunned in front of the beauties of life. It fell into lethargy of realities and vigils.

He went with unforeseen and adventurous steps. Wandering with sobriety on a rapacious land. Descending from the columns that hold beautiful celestial worlds, to the unearthly roads of unholy cities.

And everything he saw seemed ruinous, treacherous and strange, and he wept.

Stifled by an environment beyond his comprehension. Filled with hostile questions and anxieties that exploded in his soul. They hovered over her winged robbers, attacking her dome of splendor and naivety.

But he looked over the mountains towards the sun, and smiled.

Dawnings of his world resided with ease in those towns and unknown races and fighters. The ominous constantly battle against the purity of virtue, in a region that knows no truce.

It was not in his nature to understand evil. It was not his job either. Although his gait was uncertain, he never strayed to err. Little understood and again his world returned, sowing offspring proliferated in different eras of time.

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Elaica III. Tristán

Elaica es una serie de relatos que se relacionan entre sí porque se desenvuelven en esta mítica y fantástica tierra. Cada relato es una historia distinta y a veces, una continuación.

Relatos anteriores:

I. El comienzo
II. Atalayas de la guerra

Obras literarias originales realizadas por mí.

Tristán

 
Pocos eran los nobles valerosos de Zaharán, también conocido como Valle de Serpientes; hogar de los más acaudalados y poderosos nobles de toda Elaica; quienes daban su apoyo a las mejores decisiones que se daban, a la redacción y práctica de los mejores principios, a las iniciativas de orden y justicia eran ellos; los señores de innumerables y fríos castillos.

 
Muchos tenían inclinación hacia el egoísmo, y no les interesaban los asuntos relacionados con el resto de Elaica, escasos eran los que si salían de su círculo para llevar el bien común al resto del mundo.

 
Sadgón en su momento, fue uno de ellos, antes de caer en la demencia; antes era un rey bueno, recto y digno para dirigir desde el trono de Elam, ahora sueña despierto, a carcajadas por ver a su alrededor devastación y miedo. Su compatriota, noble de su misma estirpe, impetuoso alzaba su templanza por el bien del mundo.

 
Tristán era hijo de uno de los cortesanos más influyentes del Zaharán. Su voz era escuchada por todos los nobles del Valle, desde las casas de las Colinas Moteadas, hasta los imperiosos castillos del Lago de Mamba, donde estaba establecido el palacio del sumo señor de Zaharán, quien gobernaba con ojos ciegos dirigidos por sus dos hijos.

 
Tristán fue el primero de seis hermanos, a corta edad comenzó con las artes de la batalla y las distintas técnicas de la espada. Su padre vio potencial en él y le consiguió los mejores maestros de toda Elaica. Instructores de Cenontes, sabios de Calirio y entrenadores paladines, quienes otorgaban sus conocimientos sobre la luz y la lucha justiciera al joven prodigio merecedor.

 
A los diecisiete años, Tristán estaba enlistado en el ejército defensor de Elam, creado y formado para combatir la amenaza proveniente de Ururthur. Rápidamente, por sus habilidades y destrezas en el ámbito de la guerra, ascendió hasta convertirse en el capitán más joven de todo el Ejército de Frente de Ataque.

 
Luchó junto a Sadgón en aquellos días, e hicieron amistad; una amistad fraternal e irrompible. Si Tristán necesitaba cubrir sus espaldas, ahí estaba Sadgón para ayudarle, ningún demonio era rival contra su poderío unificado. Se volvieron hermanos de sangre mucho después de la última gran batalla, cuando la cabeza de Kahrs; malvado señor de todo Ururthur, rodó por el campo ennegrecido por la guerra decapitada por el filo de la espada de Sadgón. Aquello parecía el inicio de una era de paz que se suponía duraría para siempre.

 
Tristán se quedó al lado de Sadgón cuando éste ascendió al trono de Elam, para convertirse en rey señor protector de toda Elaica. Tristán así mismo, fue nombrado comandante de todos sus ejércitos y así ayudarle a sembrar los días benignos. El curso cambió cuando Sadgón, dominado por la locura se volvió un ser siniestro, y Tristán se apartó de su lado, convirtiéndose en el nuevo líder de la defensa contra Sadgón y sus tropas negras de hombres temibles.

 
El antes comandante Tristán ahora lleva aquellos recuerdos con desdicha, huyó a Cenontes con sus seguidores o lo que quedaba de ellos y la convirtió en su nuevo frente de fortaleza. Durante aquellos días, intentaba entender el cambio repentino de Sadgón, y su sed por la destrucción. Pensaba en la última gran batalla contra Ururthur; los rumores llegaban a sus oídos de criados que cuidaban al rey en sus noches somnolientas, diciendo, de que no paraba de hablar de ese día, cuando luchó cara a cara contra Kahrs invocándolo con agudo miedo.

 
Tristán aún tiene sentimientos por su hermano, aquél que fue su otra mano durante el campo de batalla, tiene deseos de salvarlo de aquel maleficio que asoló su mente; pensó que, aquel enfrentamiento fue demasiado traumatizante para él, y que algunas ideas se incrustaron en su conciencia para no salir jamás de allí.

 
Se quedaba pensando por horas en la torre más alta de Cenontes, apoyado en su enorme espada. Su cabello castaño y largo hasta sus hombros oscilaba con el viento. Sus ojos tan verdes como el pasto que lo vio nacer se fijaban directos hacia el horizonte. Siempre portaba su armadura de plata, heredada por su padre; la cual, reparaba y pulía después de cada lucha en la que salía con victorioso.

 
Entristecido se quedaba por pensar de que en Elaica no existen épocas de tranquilidad, sino Eras de conflictos en un ciclo de nunca acabar. Una brisa, más densa pero fresca atravesó su cuerpo y él cerró los ojos con suavidad, y luego los abrió con fuerza, decidido, a salvar de nuevo la tierra sagrada del esplendor y de reclutar las tropas necesarias para recuperar los territorios desolados en los que Sadgón solo sembró muerte.

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Los niños de Lilith (Final)

Partes anteriores.

Parte IParte IIParte IIIParte IVParte VParte VIParte VIIParte VIIIParte IXParte XParte XIParte XIIParte XIIIParte XIVParte XVParte XV

Epílogo

 

—¡Agh! ¿Pero que es ese olor tan fétido?

—A lo mejor sean suciedades de animales rastreros, este lugar lleva décadas sin presencia humana.

—Dios mío, no puedo creer que me convencieras de venir con usted Padre Armando, hubiera venido con el viejo Librado, a él si le hubiera encantado acompañarle a un lugar así sin protestar.

—Sí, hubiera sido mejor, pero usted accedió Padre Josué, así que no se queje y mantenga bien abierto los ojos, y no permita que la linterna se apague, hay muchos escombros por el camino.

Los dos sacerdotes deambulaban ignaros por un camino que jamás creyeron que existiría, debajo de un pueblo aledaño a 57 km del Sur del Lago. En el lugar solo encontraron paredes corroídas por el fango, que se creó por la humedad filtrada que descendía hacia aquellos caminos abandonados por sus cuidadores. Ratones y renacuajos proliferaban libremente por los pasadizos, y un olor intenso y ácido penetraba en las fosas nasales y lagrimaba los ojos de sus infiltrados.

—Definitivamente no puedo soportarlo. —Dijo el padre Josué colocándose otro paño adicional sobre su rostro—.

—Para mí también es fuerte no se crea, pero tenemos que continuar.

—A todas estas, ¿Quién por todo lo que es sagrado ocultaría un objeto tan valioso en un lugar tan ominoso como éste?

Los sacerdotes se detuvieron por un momento, al llegar hacia un final dividido por tres caminos, el Padre Armando miró con determinación y eligió el camino de la derecha.

—Venga, vamos por aquí… Bueno, le explico Padre, anteriormente, este lugar fue un convento de monjas. Caricao era un pueblo que no contaba con Iglesia pero si de monjas misioneras. Una de ellas, la Hermana Agatha, luchó valientemente junto a un detective de la capital hace veintiséis años contra la malévola Lilith, el demonio de la oscuridad.

»Juntos, detuvieron el día del juicio comandado por una legión de niños dominados por aquel demonio, y lograron arrebatarles el corazón de Asmodeus para evitar que sea usado por el mal otra vez. La monja ocultó tal objeto en este lugar. Antes no era así como lo vemos. Antes era una sala pequeña donde solo ella bajaba y que posteriormente se modificó para convertirse en pasajes laberinticos. Solo una verdadera persona de fe puede transitar estos lugares sin perderse.

—¿Cómo sabe toda esta historia tan bien Padre? —Preguntó el Padre Josué con asombro.

—Es mi trabajo saber estas cosas… ¿ve esas inscripciones? Son fragmentos letánicos, que hablan sobre el triunfo de la resurrección sobre los malvados.

—¡Impresionante! ¿Con ellos puede usted guiarse y saber a dónde ir verdad Padre?

—Así es, sin ellos nos perderíamos en este lugar horrible y olvidado.

Entre más los sacerdotes se introducían adentro de las oscuras catacumbas más los golpeaba aquél repugnante olor, incluso el Padre Armando empezó a sentirse mareado por respirar aquello.

—Ya casi llegaremos, no se rinda Padre Josué. —Dijo con los ojos pestañeando locamente el padre Armando, a causa del nocivo ambiente.

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso tienes un mapa de este lugar?

—No, pero lo he estudiado mucho. Sé incluso lo que podemos encontrarnos aquí.

Luego de unos minutos caminando, la preocupación del Padre Josué incrementaba, sentía dentro de sí, que no saldrían intactos de allí y que el Padre Armando era un loco por querer transitar más a fondo en aquel camino. Llegaron hacía un final, donde se veía una fisura mal formada y deteriorada en forma de puerta y a sus pies, había un cúmulo de gusanos, huesos secos que se asomaban y una extraña sustancia espesa y negra, que se escurría sólida hacia los lados de la entrada.

—¿Es esto el cadáver de una persona? —Dijo el Padre Josué mientras veía aquello con horror y asco—.

—Parece que sí, y no solo cualquier persona, era un sacerdote, aun se puede identificar los restos de su vestimenta y crucifijo de hierro, por lo que veo, no tiene mucho tiempo de estar aquí.

—¡Dios mío! Pobre hombre… deberíamos rezar una plegaria, morir en un lugar así es un destino muy cruel.

Los sacerdotes oraron por el alma de aquella persona, aunque no sabían de quien se tratara sintieron pena por él. Luego de haber terminado se hicieron a un lado para pasar e intentar abrir la fisura con forma de puerta. Aplicaron todas sus fuerzas hasta que la piedra comenzó a ceder y formar la entrada por completo.

Se adentraron hacia la oscuridad de lo que parecía ser una sala ruinosa que no podía ser iluminada eficazmente con la linterna. Era como si aquella penumbra se tragara la luz y no dejara que revele lo oculta en sus dominios. Los sacerdotes comenzaron a sentir miedo, pero dieron sus primeros pasos hacia dentro. Jadeaban trémulos como si esperaran que algo siniestro y violento fuera a sorprenderlos.

Poco a poco las plegarias eran expulsadas de sus bocas y cerraban sus ojos horrorizados, pero no dejaban de caminar. Iban siempre hacia delante, la linterna de repente se apagó y ellos quedaron a merced de la negrura.

De repente, uno de los pasos del Padre Armando chocó con algo duro como piedra, pero compuesto con un material diferente. Tanteó varias veces con la punta del pie y luego se inclinó para ver que era. Le dio al Padre Josué la linterna, para así tomar el extraño objeto. Se trataba de una caja de madera y ajustes de hierro, en la que se podía sentir que contenía algo.

Al abrirla, una luz roja y oscura brotó de ella y miraron asombrados una gema enorme y extraña, parecida a un ópalo, pero con puntas de cristal que coronaban sus extremos. Los sacerdotes sincronizaron sus miradas con las bocas abiertas y comenzaron a preguntarse sobre aquella gema.

—¿Es esto lo que vinimos a buscar? —Dijo el Padre Josué—.

—Definitivamente este es el corazón de Asmodeus, todo lo que nos han dicho es cierto. El Vaticano estará muy complacido cuando esta valiosa reliquia llegue a sus puertas, y a nosotros quizás nos asciendan.

—Pareciera mentira que algo tan hermoso haya causado tanto dolor hace veintiséis años en este pueblo desolado.

—Esas cosas son las que más nos engañan, las que nos maravillan, porque albergan trampas en las que caemos y no podemos escapar. Venga padre, coloquemos esto de nuevo en la caja y salgamos de aquí inmediatamente.

—De acuerdo. —Dijo el Padre Josué preparándose—. Armando, no te has preguntado… ¿Cómo fue que murió el sacerdote que está justo en la entrada?

—En realidad sí, pero, no quería decir nada, soy muy supersticioso y eso trae malos augurios.

—¡Augurios nada! —Dijo el Padre Josué reprendiendo las palabras del Padre Armando—, pobre hombre de verdad, al menos nosotros culminaremos lo que él empezó.

Después de tener todo listo, los sacerdotes comenzaron a sentir algo en el ambiente mucho más pesado. El padre Armando empezó a sentir una incomodidad siniestra que se acostaba sobre su espalda. Dio media vuelta y luego dio tres pasos rápidos hacia la entrada, pero se detuvo.

El padre Josué no podía moverse, sus músculos no reaccionaban y un gélido pensamiento paralizó su mente. Sintió un aire cálido sobre su hombro, como un aliento exhalado repetido constantemente y su sonido era como el de un animal. El padre Armando no podía ni hablar y observaba con los ojos abiertos hasta el límite al Padre Josué, quien estaba dibujado por el horror. Vio que algo justo al lado de su cabeza se movía, y pudo atisbar una sonrisa que mostraba unos dientes enormes y amarillentos.

En ese momento su garganta vociferó un grito desgarrador, tan terrible, que estrujaría el pecho del más valiente. La entrada de piedra se formó de nuevo y ambos sacerdotes quedaron a disposición de aquel lugar y de su siniestro anfitrión, dentro de las catacumbas del abandonado Caricao.

Fin

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Continuando sin corromperse [Reflexión]

Las cosas están fluyendo poco a poco de una forma sutil. No sabemos cuánto tiempo puede permanecer nuestra situación así como está, pero esperemos que las cosas circunden como antes, al menos.

Las personas hacen lo posible con lo que tienen, las ideas van y vienen y yo creo estar en esa fase donde las ideas que quiero están compactadas, junto a otras ideas que tienen que ver más con lo rutinario.

Me gusta reflexionar sobre ciertas cosas, revivir las cosas que quiero hacer a mi modo, reconfigurarlas con cierto poder, pero caigo en un torrente. Mi trabajo en estos momentos me absorbe de mis ideas, quiero sentarme completamente dedicado a mis letras o a leer en su totalidad algo de mi interés.

Estos días de deficiencia de servicios han tenido sus puntos positivos, porque me han permitido dedicarme a lo que adoro, y al hacerlo, práctico, escribo y vuelvo a leer lo que hago, una y otra vez para no perder mi camino y mi estilo.

Los dolores de cabeza no se terminan, personajes de mis cuentos se me aparecen en sueños; hablándome para que culmine sus historias, pero quiero dejarles en su final abierto y sus circunstancias ya hechas. Elaica, Los niños de Lilith, Una Crónica de la Demencia, y otras series literarias que son maquinadas por mi mente y la práctica de mis dedos, mantienen mi espíritu ardiente.

A veces, uno solo pide un descanso para que el agua fluya sin dificultad; deslizándose con soltura y drenar todo aquello que me bloquea, necesito una especie de retiro de mi trabajo, pero lamentablemente no será pronto.
En cualquier caso no dejaré de escribir, parece que lo hago mejor bajo presión, continuemos como vamos…

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