Ella lo esperaba…

Yo lo esperaba en el pie de la fuente de este floreado jardín. Mi cuerpo dormitaba pero mi alma lo llamaba con excelsa desesperación. Mis ojos lagrimaban vestigios de suspiros. Lloran de nostalgia por el calor que aquí no está.

Mi nombre es Verónica, una mujer independiente. Nací en una ciudad mercenaria de caprichos el 18 de mayo de 19…, en alguna parte del Valle del Norte. Mi madre era una activista, ardida por lo justo, pero poco amorosa en lo materno. Mi padre fue un militar, el cual, poco veía debido a su oficio, hasta que un día partió al extranjero y no lo volví a ver jamás.

A los 16 años huí de casa buscando una vida para mí sola. Llegué a la casa de una tía mía; la viuda, cuya residencia se encontraba en un pueblo aledaño a mi ciudad natal. Ella tenía un pequeño negocio de costura donde me dio un puesto, y aprendí la profesión siendo yo muy rauda. A los 18 años comencé a trabajar en un vivero de flores; muy raras y variadas, algunas aromáticas para un ambiente acogedor.

Mi belleza era sublime, puesto que los hombres al verme, se estremecían por siquiera dirigirme una palabra. Decían que mis ojos eran como la primavera verde, rociada y brillante, iluminada por el sol del mediodía en todo su apogeo. Decían que mis cabellos escarlatas eran como fuego del cielo, y a la vez del infierno también, puesto que las pasiones que despertaba eran pecaminosas.

Que mi rostro era hermoso, ovalado y bien formado, acompañado de mi mirada preparada para comandar. Que mis manos se ven suaves, como el pan bien hecho, dócil por dentro y manejable al tocar.

Nunca he sido crédula de insinuaciones y piropos necios; soy áspera para las galanterías y severa al contestar. Mi vida solo estaba concentrada a mi trabajo y a mi autonomía, hasta que un día, sin percatarme jamás que me sucedería, lo vi él…

Su sonrisa fue lo primero, un relámpago que me golpeó. Sus ojos azabaches fueron abismos que me aclamaban. Su cabello, bien acomodado y perfectamente alineado con la forma de su rostro, sostenido por un cuerpo alto y torneado. No podía creer lo que me estaba pasando. Él era un albañil que soñaba con montar su propia empresa, y al igual que yo, tenía sueños concretos. Un giro del destino nos unió en un instante, y al siguiente momento ya estábamos saliendo.

Nos conocimos en este jardín, primero fuimos amantes, pero luego el amor se fue insertando en nuestros corazones. ¡Ay cuanto lo quiero! ¡Lo amo demasiado! Ahora que no aparece estoy en un laberinto infernal. La agonía consume mi cuerpo desde hace varios días que no lo veo. Y el martirio de mis ojos agotó las lágrimas a derramar.

¿Por qué no ha vuelto? ¿Qué le habrá pasado? ¿Cómo ha sido posible que haya depositado en mí tanto dolor? Este jardín será mi lecho de muerte, si lo sigo esperando. Todos los días vengo y aquí me quedaré, hasta encontrarle de nuevo y que mi alma vuelva del abrupto infierno otra vez.

De mi existencia solo quedó un fantasma que viene cada atardecer. Un espíritu amortajado y llevado a su destino por una promesa que jamás se cumplió. Un alma que no gozará de un plácido reposo. Aquí lo esperaba en vida, hasta que la muerte con sus manos me desterró de lo mundano para siempre.

Ilustración

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