El espejo

Una mañana desperté desorientado. Me levanté de mi cama con el corazón casi en pedazos, a causa de un sueño que hizo añicos mis fantasías. Fui hacia mi espejo y me paré frente a el, mirando a mi reflejo con suma inquietud.

Miraba mis facciones con preocupaciones, rasgadas por la melancolía, iracunda y perversa. En una de mis observaciones detalladas, noté que algo no era normal. Mi reflejo comenzó a moverse no al unísono conmigo, sino como si poseyera una propia voluntad.

Aquella situación me perturbó demasiado, y comencé a golpear mis manos para ver si estaba dormido. Al ver que todo era real, me aterré y vi a mi reflejo con fijamente a los ojos.

No emitió palabra alguna, lo cual, me dejó aún más lleno de cuidado, solo alzó una de sus manos y al hacerlo, empezó a enseñarme cosas nefastas y oscuras del mundo.

Apocalípticas visiones de hermanos en batallas, lamentos aterradores de madres que perdieron a sus hijos en arrebatos. Bramidos de hombres que mueven sus marionetas con voz de furia y corazones casi lanzados al olvido, pendientes de sobrevivir.

Mi mente atormentada ya no podía soportar tanta aflicción; incluso pensé en el suicidio con cada película aciaga que mi reflejo me mostraba. Soportar la verdad es una cosa destructiva y yo cada vez que me hundía aquel veneno me corroía.

Al final hubo una imagen, que no sé si fue la peor de todas pero de verdad me trastornó. Había visto a mi niña, parada frente, en donde estaba sentado mi reflejo. Me contentó ver su leve sonrisa y sus ojitos cafés tiernos y entre cerrados.

Caí en un momento en la locura y me asomé a mi reflejo, queriendo tocar a mi niña, pero ella de repente se levantó y comenzó a alejarse y en ese momento la nostalgia aciaga y funesta me invadió y empecé a marearme.

Caí en un letargo abisal, en el que no soñé nada simplemente me quedé dormido. Pareciera que hubieran pasado dos segundos. Y azaroso me asomé de nuevo al espejo pero todo estaba aparentemente normal.

Mi fatalidad se convirtió en un sentimiento que se desbordó en llanto y ahí me quedé, bajo las auras estelares que compadecían mi tristeza y junto a la oscuridad de mi habitación que me abrazaba con consuelo. Deseoso mi cuerpo estaba de ver el reflejo otra vez; el de mi pequeña, a quien perdí fatídicamente años atrás.

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