Ulciscoribus

Yo vivía en una jaula de plata, sólo y aburrido. Cruzando palabras insignificantes con las personas que tenían la obligación de cuidarme. Me ambientaba fuertemente en una sociedad imaginaria, llena de personajes interesantes con ideas excéntricas.

Mi exclusión no era voluntaria, ya que me encontraba retenido por mi deseo malvado. Mi furor era provocado por la familia que tanto me hizo daño; despreciables embusteros, malditos farsantes.

Juré venganza a gritos e imploré sus huesos al fuego, y antes de que me capturaran y trajeran hasta el lugar, parafraseé palabras malévolas invocándoles la peor de las suertes.

Caí en un letargo de quimeras acuchillantes, torturadoras y estranguladoras. Inquietas para mis visiones y psicológicamente fui decayendo, hasta el punto, de que mi otra personalidad emergente tomara el control completo de mi cuerpo.

En mis delirios conocí a mi amante infiel, enajenada como ninguna, con un clamor por sangre derramada que nunca acabará. Ella vivía en una casa ubicada en la parta más inhóspita de mi consciencia; induciéndome al pecado, rogándome para delinquir.

Me ayudó a trazar un plan lapidario y huir de esta prisión de engañosa belleza. Usé mis ropajes como un arma para matar, y al engañar al guardia los estrangulé con ellos y tomé la llave hasta huir.

Mi amante orgullosa, susurraba gratificantes palabras y me indicó el sitio a donde teníamos que ir. Me habló de una casa de madera en el norte San Jaén, aislada en el campo, rodeada de maizales blancos.

Llegué a dicho sitio y sin pensarlo, lo rocié con combustible y lo encendí en devoradoras llamaradas, y escuchaba los gritos de agonía de aquellos desgraciados traicioneros.

Cuando el fuego terminó su trabajo, me asomé a los interiores derruidos de la casa, y la verdad, pasó algo que no me esperaba. Las imágenes aún visibles que identificaban a aquella familia, no eran las mismas, con quienes yo quería descargar mi venganza.

Al darme cuenta de mi equivocación, escuchaba una risa en mi interior de mi cruel amante, quien solo quería saciar su sed nociva. Salí a los exteriores y vislumbré los ojos de rabia de un niño que miró todo. Su mirada me transmitía sed de venganza, con manifestante odio y desesperación.

Ilustración

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