El engaño

Ella tenía dudas de si tomarla, en su mente creía que se trataba de una trampa. Rezó en su interior a todos los dioses Antiguos que alguna vez deambularon por la tierra con cuerpos fantásticos. Miraba con anhelo aquel objeto ofrecido y un pálpito potente golpeó su pecho.

Sus ojos se desorbitaban cada vez más, impresionada por la beldad que estaba ante ella. Una manía dominó sus manos y comenzó a controlarla la ansiedad. Hubo preguntas extrañas que revoloteaban sobre su cabeza como pájaros turbados. – ¿Será que tomo aquella joya preciosa? ¿Estaré lista para las consecuencias venideras de acuerdo a la acción que tomaré? –Era lo que se repetía una y otra vez, siempre las mismas preguntas.

Su cautivador; portador de su deseo la miraba con ojos somnolientos y una sonrisa medio retorcida. El misterioso hombre provenía de las tierras lejanas de Sadgun, una tierra cubierta por bravos desiertos y ricos oasis. Su voz era tranquila pero temible, como si se tratara de un demonio seductor.

La joven era lentamente incitada a tomar el pecado, pensaba en su familia cada instante. Sabía que tomar aquella hermosa y suntuosa joya la sacaría de la miseria en la que fue subsumida por crueldad. Ella provenía de una familia de honorables mercaderes; muy reconocidos y acaudalados, pero que fueron traicionados por una venganza y ahora pagan por causa de aquel odio ejecutado.

Otro instante de segundos pasó y ella se acercaba cada vez más, el hombre no tenía que emitir siquiera palabra alguna de convencimiento. Sonreía cada vez más, ella no lo notaba pero su mirada estaba llena de la más perturbadora malicia.

Finalmente llegó el último instante, y ella tomó la joya con sus manos apresuradas y la cabeza en blanco. El hombre no dijo ninguna palabra y simplemente se marchó en las sombras, como la niebla que se desvanece en la penumbra.

Ella se fue a su casa con toda la seguridad del mundo. Se había desvanecido por completo esa inquietud y tomó la joya fuertemente con sus manos. Al llegar a su habitación, la joya había perdido su brillo y su superficie se volvía rápidamente carrasposa y horrenda, como las piedras cuando son pintadas por la corrupción.

Se dio cuenta que había sido engañada. Un hechizo de captación para los ambiciosos había posesionado aquella gema. Ella lloró de rabia y maldijo aquel hombre que se escondió en las sombras, quien sedujo a su codicia de la manera más astuta.

Ilustración

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