Después del reposo eterno

Desperté de nuevo, renacido de un intenso letargo. He quedado anonadado por las cosas que veía a mi alrededor. Era un espacio, inmenso, infinito; debajo de mis pies solo había tierra color café y hacia arriba, había un mundo cristalino y célico.

Me encontraba varado en un risco cilíndrico, escuchando al viento que me golpeaba como un vendaval. Sentí mucho temor, porque sentía que el denso aire iba a empujarme hacia el final del borde. La altura era impresionante; sabía que caer desde esa distancia destrozaría mi cuerpo por completo.

De repente, escuché un coro que provenía de arriba, y del inmenso espacio de cristal comenzaron a descender criaturas de alas gigantescas, de colores diferentes y cambiantes, sin rostro ni apariencia visible, pero con formas definidas.

Me espanté demasiado, puesto que pensaba que el gran mar celeste se caía, pero luego de unos momentos comencé a percibir una paz que me abrumaba. Era como caer en el más afable reposo, sin dolores y preocupaciones acongojantes, solo tranquilidad.

Mi miedo se esfumó, y las criaturas se acercaron a mí y comenzaron a levantarme. Levitaron a mi alrededor, de un lado a otro, cantando canciones en una lengua fantástica y en un sonido discordante, pacífico y suave.

Nos elevamos a ciertos kilómetros del peñasco cilíndrico donde me encontraba varado, hasta que escuché un sonido distinto. Este provenía de la tierra, y no era para nada agradable, sino más bien estridente, gutural y espantoso.

Eran como sombras abisales, grises y violetas, que gritaban causando el más agudo pánico. Se acercaron a gran velocidad, tan cerca, que pude vislumbrar que no tenían rostro. Comenzaron a luchar contra los seres empíreos que me acompañaban, y fue en medio de la batalla que perdí la calma y dejé de levitar.

Caí a una distancia considerable, pensé que iba a morir, pero una de las criaturas celestes repentinamente me salvó, y me dejó en un lugar seguro. Después de asegurarme me abandonó en ese sitio y fue cuando noté que la oscuridad empezaba a tragarme.

Parpadeé de miedo varias veces y la respiración se me cortaba, luego abrí mis ojos con fuerza y di un brinco de energía, bañado en desesperación. Sin embargo, no he podido salir de esta prisión, no hay ni señal de que la luz fuera a manifestarse. Tengo miedo de quedar atrapado para siempre y no alcanzar aquella gracia nuevamente.

Ilustración

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