Viajes oniricos

Yo vivo en un país donde los colores son cambiantes y los seres vivos se transforman en seres informes, con ojos rojos y que infunden miedo, pero luego retroceden a una forma más agradable, delicada y pueril.

Soy un visitante novato que aún no comprende la naturaleza de este mundo, con cielos verdes y tormentosos, llenos de nubes tan espesas que parecen salidas de alguna torre industrial. La fisionomía de las plantas es extraña a mi comprensión, puesto que poseen una estructura inefable, que por más que intento no puedo analizar.

Las plantas se estiran con sus raíces ovoides, buscan sus nutrientes no dentro sino fuera de la tierra, lo que me da a entender que no poseen capacidades autótrofas. Arrastran su alimento con sus hojas cubiertas de espinas, como expertas depredadoras.

Los animales parecen tener un instinto completamente inquieto, parecen ser más dóciles al ambiente que los rodea, y buscan su alimento en las cuencas vacías e inhabitables por otros seres vivos.

Parecen ser serpientes sin escamas, cubiertas por una baba que les facilita arrastrarse, con un rostro sereno y para nada horripilante, y ostentando un color en todo su cuerpo que parece una combinación de todos los colores del universo.

Las montañas son extrañas, no son onduladas como las de la Tierra. Tienen forma de trapecio, cubiertas por rocas que parecen de volcanes. Pensé, al momento de verlas, que fueron quemadas por un fuego que cubrió todo este lugar, quizás vino de la tierra o el cielo, no lo sé, pero al tocarlas, sentí en mis manos una ligereza sutil, sin una superficie carrasposa que pudiera lastimar.

En este país no existían bosques ni selvas, o al menos para mi concepción, puesto que cada elemento poseía un orden y una definición diferente, que parecía marchar a un curso deficiente, pero sorprendentemente no era así.

Aunque admiraba mucho al increíble ambiente que me rodeaba, extrañaba con desespero a mi familia y decidí volver. Para ellos mi ausencia habrá sido de un par de horas, pero para mí percepción, pasaron siglos desde la última vez que los vi.

Abandoné a aquel lugar lejano haciendo un llamado al enlace que aún me conecta con mi cuerpo, y volví a los brazos de mi esposa que seguía dormitada bajo el sueño de aquella madrugada. Percibir su olor otra vez, era mejor que todas las maravillas que mis ojos pudieron ver en aquel país amorfo.

Ilustración

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