El ciclo de las tragedias

Fue un amor que nunca sucedió. Comenzó como una amistad simple que luego culminó como un aparente reinicio. Eran unos niños y su destino era un juego para ellos; un reflejo incierto de lo que el futuro deparaba para ellos.

Durante su adolescencia surgió el amor en ellos, llevándolo a un nivel mucho más eminente, pero estaban obstaculizados por la desaprobación de sus familiares, y decidieron ocultarlo con engaños y mentiras.

Al casi cruzar los límites de la adultez, resolvieron encontrar un sitio secreto para consumar su amor, y fueron hacia los confines de la ciudad donde residían, donde se entregaron con pasión en cuerpo y alma.

Luego de un corto periodo de tiempo, aquel desborde de calores carnales dio como resultado un fruto por su unión, más no fue una mala noticia para aquella pareja secreta, puesto que deseaban tenerlo con todo el ímpetu de su felicidad.

Sin embargo, tras meses de desarrollo y notoriedad por aquel regalo, los padres de ella bramaron de ira por su pecado, y vociferaron planes terribles de asesinar a aquello que crecía en sus entrañas, pero al entrar en las fauces de su dolor causado por aquella traición, reflexionaron y decidieron quedarse con la criatura por amor a su única hija.

Los padres eran de buen corazón, a diferencia de los de él, y por tal motivo, nunca se enteraron de lo que su hijo esperaba.

Pasó el tiempo hasta el día anhelado, la concepción fue arropada por rostros de felicidad mientras ella estaba en labores de parto. Pero algo inesperado ocurría; lleno de complicaciones e impedimentos que hicieron más difícil el proceso.

La madre poco resistía, y el bebé, tan frágil como su madre, fue decayendo durante el alumbramiento. Hasta que al final predominó el deceso, y la madre y el hijo cayeron en brazos del ángel de la muerte.

Un dolor, más bravo que un vendaval, más destructivo que una tormenta, arrasó con todos los presentes más que todo con él. Su cuerpo y su mente quedaron demolidos, siendo arropado por la más oscura decadencia.

Se convirtió desde ese día en una abstracción de la vida, en un espectro del crepúsculo, en un vástago de la perdición, vagando por los mundos que él creía ver y sentir.

Un día, por sus caminos enajenantes, conoció a una joven que lo quiso ayudar, y él, al momento de cruzar su mirada con ella sintió que su corazón se congeló. ¡Era su mismo rostro! ¡Su mismo perfume! ¡Su misma sonrisa! La de su amada, yaciente en el más allá, a su parecer reencarnada para amarla otra vez.

Ilustración

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