El cazador de las tinieblas

Vestía su sotana en horas de la noche, mientras los seres diurnos transitaban por las extensas estaciones del mundo de Morfeo. Sus ojos eran como los de los predadores perversos, que buscaban a sus incautas almas bajo los claros desolados.

Portaba una cruz en su pecho, plateada y brillante como la luna, con extremos puntiagudos y un zafiro en su centro, bendecida por los santos satánicos del inframundo, y ahogada en la sangre de los condenados que aún buscan la redención.

De sus uñas ha quedado vestigios de carnes desgarradas, que devoraba con esmero insaciable y rapaz. Sus colmillos podridos y amarillentos no podían distinguirse en la oscuridad, a pesar de su enormidad y su filo.

El ser humanoide no poseía parpados puesto que nunca descansaba, y entre los parajes de la noche encontraba a sus víctimas en resguardo de sus hogares. Sus presas favoritas, eran jóvenes que soñaban con fantasías inusuales e impías, opacando su virginidad con deseos libidinosos.

El día de su despertar se acerca, y las criaturas noctambulas vuelven una vez más a sus quehaceres cotidianos, aprovechando la lumbre que les queda de sus vidas. Yo he visto como deslizan como sombras, buscando su alimento; y dirigiendo la caza, su líder de la cruz plateada, alza sus manos en armonía con sus movimientos sigilosos.

El deseo de las vírgenes está por concluir, una vez, mientras los captores sedientos de su sangre insertan su lasciva hambre sobre sus cuerpos desbordantes de vida.

Ilustración

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