Fiesta funesta

Los campos santos estaban repletos de pasos peregrinos portadores de lumbres de celebración. En una mano portaban los rosarios benditos por personas que llevaban la honradez a sus familiares perecidos y resguardados en el sueño eterno.

Las trompetas del cielo anunciaban la conmemoración de los fallecidos, relatando con canciones la muerte de aquellos que lograron completar sus asuntos pendientes, para ser custodiados por el sol celeste, señor de todas las ánimas perdidas que buscan su camino en la oscuridad.

Las plegarias eran elevadas en armonía poderosa. Las personas llevaban relicarios cubiertos de recuerdos hermosos e historias. La noche era alumbrada por palabras y solemnidad que otorgaban a las criptas, lápidas y nichos, recordando con dulzura todo el amor contenido.

Las comidas eran repartidas encima de las tumbas de los seres amados, mientras parafraseaban recuerdos de nostalgia, pero no de tristeza, sino de felicidad, porque sabían que pronto iban a reencontrarse con todos ellos.

La belleza de una unión ancestral abunda en este mágico día, puesto que la conexión trascendental entre lo material y lo tangible era irrompible mientras el pasado siguiera vivo entre los presentes, ya sean de este lado o del otro, el olvido jamás era motivo de arrebato.

Sin embargo, entre tanta armonía, existe un conjunto de almas que fueron olvidadas por fuerzas negativas como el odio y la negación. Sus pasos quedaron condenados por siempre a deambular en los caminos más inhóspitos de este mundo.

Entre las dos líneas adoptaron formas horribles de agonía, sobreviviendo con aquello la cosa que aún anhelaban estando ya muertos; la vida.

Cuando el portal de todos los mundos se abría para estas entidades, aprovechaban para realizar sus actos ilícitos, sorbiendo los sentimientos más apetecibles de los vivos que, sin darse cuenta de las ansiedades externas que los acechaban, comenzaron a flaquear en todas las cosas que hacían.

Una vez satisfecha el hambre que los impulsaba, volvían a su hueco abisal, esperando de nuevo que los portales se abran para cometer sus fechorías injustas.

El día de los muertos es la época de las conexiones, entre los vivos y los muertos, un periodo de tiempo donde los del otro lado hacen más uso de sus facultades fantasmales. Los de este lado solo celebran con sus ritos e historias, conjurando el pasado y ahuyentando la tristeza, que una vez emergió por la partida de sus seres amados.

Ilustración

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