Natalia

Natalia y yo fuimos prometidos en matrimonio, cada uno pertenecía a una de las familias más acaudaladas de este condado, regidas por un reglamento antiguo y tradicionalmente estricto. La promesa de nuestras nupcias tenía como fin acrecentar el poder de nuestra estirpe, sobre esta vasta región, y así ejercer un control absoluto sobre un sistema sociopolítico y económico agrietado y pueril.

A pesar de haber simpatía entre Natalia y yo y de haber congeniado desde adolescentes, éramos muy distintos. Yo prefería el encierro y la ruina, enclaustrado en mi lujosa habitación gris, privado de los placeres que la vida me otorgaba, desdeñando sentimientos que todo el tiempo renegaba.

Ella, en cambio, era enérgica y vivaz, en las colonias la conocían como; “La bella aventurera”, como una ninfa recorría los bosques y planicies de esta colorida región, y como una criatura feérica gozaba de las cosas que la vida le ofrecía. Su espíritu era más grande que la de una oceánida, y más salvaje que las criaturas que recorren estas tierras.

Estar frente a ella me provocaba un profundo temor, era como ser un demonio en presencia de un arcángel, o un ogro detestado en presencia de un bello serafín. Frente a las montañas, con nuestros familiares de testigos, le propuse matrimonio al ambos cumplir la mayoría de edad. Sus cabellos rubios de seda hacían juego con el alba que se ocultaba, mientras yo sostenía sus manos con las mías tan trémulas.

Fue tanta la presión que tenía ganas de marcharme, pero después de verla detenidamente, después de reflexionar sobre ese hermoso ser que la vida me otorgaba, me di cuenta del enorme regalo que estaba a punto de recibir, y empezaron a brotar desde mis entrañas sensaciones que jamás había sentido, siendo empujado a un extraño mundo de felicidad y dolor.

Aunque Natalia no me veía de la misma forma como yo a ella, no me importaba, yo aún la tuve como la más preciada de las joyas, satisfaciendo hasta sus más oscuros caprichos. Tampoco me importaba si menospreciaba mis adulaciones y cariños, mientras que pudiera tocar las alas celestiales de aquél ángel, estaba más que conforme.

Luego los rumores comenzaron a apuñalearme desde varias direcciones, convirtiendo mi felicidad en polvo para el aire. Escuché suciedades de que Natalia tenía varios amantes dentro de nuestro matrimonio, entregándoles a ellos hasta las más lujuriosas querencias que ella nunca me ofreció.

¡Ay ángel del cielo! ¡Ángel de alas rotas y corrompidas! ¿Por qué me has traicionado de esta manera? Lo único que he hecho es adorarte incondicionalmente, y tú te delatas entregando los vestigios de tu pureza. ¿Acaso he hecho algo que provocara tu ira? Lo único que he hecho es alimentar tus placeres, yo no he sido el culpable aquí ¡Sino tú!

Tomé la escopeta de mi padre una noche donde me encontraba dominado por ira, y descargué el cañón sobre el pecho y la sien de mi libidinosa esposa. Con ello concluí todo el dolor que me afligía, y me senté aliviado en el sofá de mi sala. Mi encierro se convirtió como una especie de retiro para mí, apartado del mundo, como debí haber permanecido desde un principio.

Ilustración

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