Viejas palabras

Decía yo en una carta que escribí hace una década, que el amor se engancha con los corazones más dóciles, con los portales abiertos para sentir su gracia. Las personas desfallecen continuamente, rindiéndose ante el deseo que una gloria les emite.

Decía que la osadía para ser adorado era cautivar cuantos corazones pudiera y adjudicar en ellos bendiciones, que fuesen transmitidas por mis talentos. Una causa no tiene validez sino se avala por una razón imperante.

Decía que mis ojos eran los únicos capaces de ver lo intangible, y que los sueños son un portal real hacia los mundos contiguos al nuestro. Basta con dormitar en intenso reposo, para que las ideas y esos mundos inciertos lleguen hacia a nuestra mente.

Decía que la carnalidad solo es pasajera como el tiempo, y que emerge desde adentro de nuestras entrañas controlando nuestros sentidos a su antojo. Nuestra percepción se convierte en una idea que trasciende y se transforma en un núcleo transparente.

Decía que tu lengua no podría ser más hiriente, en ese momento, lo dije sin contar con los eventos posteriores a lo dicho. Si hubiera registrado tus últimas palabras acuchillantes de despido, habría ya escrito algo tanto hilarante como trágico.

Mi carta se escapó de mi cajón y fue consumida por el fuego, aún desconozco al culpable de tan terrible fechoría. Quizás fuiste tú quien volviste de repente y sigilosa, y yo sin contar con tu esencia me has burlado, leyendo mis memorias y todas las aseveraciones que he escrito sobre ti.

Ilustración

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