El asesino sonámbulo [Prosa poética]

Una tormenta vespertina atrajo las voces más roñosas del ayer. Los horizontes iluminaban el camino de un hombre, quien llevaba consigo el secreto más grande de su eufórica vida. No tuve otra opción que darle cobijo en mi ermitaña casa, rodeada por un bosque frío y penumbroso.

Me habló de historias hirientes sobre su familia, mientras compartíamos un néctar caliente de miel y agua. Me contó que su pérdida fue más grande que todas las regiones juntas que cruzó con sus maltratados pies. El cielo compadecía su locura; una agonía picoteada por las arpías verdugo, satisfechas por su decadencia.

Su relato parecía ser una excusa, o más bien, una especie de justificación por lo sucedido. Eventualmente el hombre sufría de trastornos que le provocaban delirios hilarantes, recorría ambientes desdeñados e insólitos proliferados de rostros blancos y tenues.

Cada vez que caía en un sueño, emergía de una laguna negra llena de almas aciagas que desesperadamente anhelaban un corpúsculo de su calma. Luego de haber transitado de tan degradante ambiente, se encontraba en un instante en una pradera sombría y espectral, rodeado de temores y tortuosos gritos que parecían provenir de las profundidades de la tierra.

El pobre hombre no sabía que pensar en aquel momento, me dijo que creía estar enfermo. Sin embargo, su idea fue descartada al culminar con un análisis riguroso sobre lo que le que acontecía. Su esposa, en aquel entonces, lo detenía en muchos de sus violentos e inusuales episodios de sonambulismo. Por poco no contaba seguir con vida, ya que los espantosos esbirros del tormento que lo atiborraban apretujaban su memoria con más y más desdén.

Esa misma noche, bajo las nubes furiosas de la tempestad y la ventisca de agua que golpeaba con fuerza la ventana de mi cocina, me confesó su terrible crimen. Sus hijos fueron los primeros en pagar, y de la forma más cruel perecieron. Su esposa fue la última y esta vez, no pudo prever el final que por varios días la perseguía.

El asesino sonámbulo despertó de su trance y pasmado casi a desfallecer, vio lo que había hecho y huyó de su casa.

Desde entonces recorre las regiones de este país gastando todos sus objetos suntuosos, pagando como un indigente despreciable su horrible pecado. A la mañana siguiente, el hombre partió, hacia el horizonte donde el alba emergía, terminando su último viaje hacia su cruzada final.

Ilustración

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