Una crónica de la Demencia XXIX

Ilustración

«…Un secreto descubierto puede abrir nuevas puertas al infierno…»

Desde hace mucho tiempo escucho las voces de mis fallecidos padres, quienes se encuentran arropados dentro de las tumbas de concreto de nuestro antiguo panteón. Las criptas murmuran ecos estridentes que llegan a mis oídos como filosos cuchillos.

En el lugar mencionado se encuentran los cadáveres decrépitos de mis desdichados hermanos, que arrastrados por la terrible enfermedad hereditaria que nos acecha, se retuercen en un limbo infernal donde son atormentados por una incesante tortura.

En el aire se respira el olor a muerte y nauseabundo de aquel viejo cementerio, el cual me estrangula como una ponzoña que deja laceraciones letales en mi corazón. La neblina que arrulla mi ambiente es envidiosa de mi tranquilidad, convirtiéndome en un ser paranoico e infeliz.

Mi casa parece un país nocturno y eterno, donde no percibo en ningún instante un atisbo de la luz. Me concierne mantenerme callado, conformista e inerte, escudándome en mis pensamientos altivos que me protegen de la perversidad de recuerdos oscuros y familiares.

Mi única arma, mi escopeta, me mantiene valiente y de pie a toda crueldad que intenta subyugarme, pero no puedo enfrentar con mi voluntad a aquel paraíso dantesco, lúgubre, con características arrogantes y lujuriosas, para la morbosidad.

Tengo la esperanza de reencontrarme con mi familia muy pronto, sin embargo, la enfermedad que me los ha arrebatado de mis manos no ha comenzado a hacer ningún efecto en mí. No sé si sentirme afortunado o desgraciado, puesto que no tengo ahora con quien compartir mi soledad.

Me encuentro varado en esta casa decrépita, como único representante de mi larga estirpe, a desafiar a estos malvados demonios que sorben las cristalinas aguas de mi mente. Soy como un monigote del destino, un blanco baleado múltiples veces, un juglar explotado y ya sin gracia.

Me dirijo hacia la polvorienta habitación de mis padres, y hurgo entre sus viejos menesteres lo cuales me prometí no tocar jamás. Entre fotografías, ropajes, joyas y documentos, encontré uno que llamó mi atención poderosamente ya que mencionaba mi nombre.

En dicho papel, ya corroído por los años y endurecido por la falta de oxígeno, pude otear un acta de adopción de hace veintisiete años. Avizoré el nombre de un orfanato desconocido para mí, en una ciudad que queda al oriente del país, y detrás del documento, una carta de mi madre, expresando lo feliz que se sentía de tenerme a mí, su ultimo tesoro, el único libre de la mortal maldición.

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