Una crónica de la Demencia XXVIII

Ilustración

«…no tengas miedo, solo son las voces de un más allá incomprendido…»

Claudio se despertaba por las noches con el cuerpo sudado, soñaba imágenes difusas que le causaban tremendo pánico. El significado de tales manifestaciones no tenía ningún sentido para él, y se abrazaba así mismo con el miedo incrustado en el pecho.

Miraba a través de la ventana a la luna que le observaba, jurando por un momento que ésta tenía rostro. Poseía una mirada llena de picardía perversa, como esperando a que Claudio lo visite su peor tormento.

Dentro de cada sentimiento que atravesaba como un portal, había una figura amorfa que deambulaba por las aguas de su enajenación. El objeto de su estadía no tenía sentido para él en cualquier caso, así que decidió seguir el camino hasta encontrar la salida.

Claudio poco a poco se perdía durante el transcurso de la noche, abrazaba a la otra almohada contigua a su lado. Era la almohada de su esposa la que no quería soltar, quien se encontraba de viaje visitando a su madre con los niños.

El pobre Claudio no soportaba la soledad, puesto que eso le provocaba ilusiones malsanas y extrañas que él jamás pudo comprender. Se refería así mismo como a un demente y la visita de psicólogos para tratar su problema ha sido una completa pérdida de tiempo.

Miraba con detenimiento a la plateada y fluorescente luna, y pudo jurar que ésta mostró una sonrisa extensa y perturbadora de la nada. Claudio comenzó a esconderse entre las sábanas protegiéndose del preponderante frío en la habitación.

Preguntas extrañas comenzaban a atiborrarle de repente, no tenían ningún sentido para él, como si viniesen de otros pensamientos: ¿A dónde llevaré a los niños a pasear esta noche? ¿Cómo disiparé el olor del cuerpo que está en el desván? ¿Debo usar este tipo de veneno o uno más fuerte? ¿Habrá maneras menos dolorosas para suicidarme?

Las preguntas continuaban y no se detenían, cada una más alarmante que la anterior. Claudio se apretaba los oídos con las manos, sintiendo un dolor agudo que atravesó su cabeza. Pidió a gritos que parara semejante tortura y se escondió de nuevo debajo de sus sábanas a punto de caer.

Pensó en aquel momento que no sobreviviría, cerrando sus ojos con fuerza, soltando alaridos espantosos. De repente, una mano aprieta su brazo de derecho desvaneciendo a las voces y el dolor.

Era su esposa, quien había llegado con los niños aquella madrugada. Abrazó a Claudio para otorgarle la calma, y en su interior, dejó caer cualquier perturbación al olvido durmiendo plácidamente como si nada hubiese pasado.

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