Una crónica de la Demencia XXVI

Ilustración

«…Ojalá estuviéramos en circunstancias iguales…»

Hubo una persona que por mucho tiempo tuve una intensa atracción, me desbordaba de deseos y sentimientos hechizantes cada vez que lo veía pasar. Aunque solo cruzamos pocas palabras esporádicas de cotidianidad, para mí era como largos instantes de satisfacción.

Siempre he sido una persona reprimida, introvertida, algo egocéntrica y llena de fuertes inseguridades, pero el solo hecho de estar junto a él, me desinhibía de todos aquellos demonios que dominaban mi personalidad.

Su sonrisa era una de las cosas que más quería contemplar, era como de un cuadro hermoso hecha por las más angelicales y genuinas manos de un artista. Mi timidez no podía permitirme siquiera apreciar aquel regalo aunque sea más de medio minuto.

Desde mi adolescencia siempre he tenido este problema, desde que descubrí mi verdadero gusto por las personas de mi mismo sexo a los veintitrés años, se me ha hecho muy difícil iniciar una conversación con un hombre.

Sé que este ambiente no es tan difícil como parece, de hecho, he conocido a personas muy amables. Sin embargo, no puedo retener de manera constante el querer entablar una relación con alguno de ellos.

Pero mi personalidad retraída es solo uno de mis problemas, ya que poseo otro aparte. Tengo una serie de trastornos del sueño que se activan y enaltecen cada vez que me ataca la ansiedad.

Muchas veces me la paso solo porque me da vergüenza que las personas me vean en esos episodios donde mi cuerpo tiembla y golpeo mi cabeza pegando gritos. Este problema ha traspasado ya el umbral de mis sopores, para luego gobernar mi mente cuando estoy despierto.

Mis medicamentos se agotaron y aún no llegan nuevos en la farmacia. Según la muchacha que atiende dicho establecimiento, cambiaron los frascos por otros nuevos para hacerlos un poco más costosos ¡Pero que hermosa calamidad!

Los necesito, siento que cada instante que pasa pierdo el control de mi cuerpo. Las noches son peores, porque puedo hasta ver como las sombras se deslizan y se aglomeran en diferentes puntos de mi apartamento.

A veces siento la sensación de que me observan y cuando veo en las esquina de los techos, veo con horror como de los recónditos cúmulos de sombras salen brazos extraños con garras negras.

Cada día que pasa siento que pierdo la batalla. ¡Dios mío! ¿Cuánto más debo soportar? ¿Llegará lo que pido por fin? ¡Debo dar gritos súbitos a ver así me dejan en paz! No existe efecto alguno para esto, mejor lo olvido.

¡Ay, no quisiera que el chico por el que siento cosas me vea de esta manera! Me moriría de vergüenza si alguien como él se enterara de esto que padezco, o cualquier persona. No puedo continuar viviendo en esta realidad.

Bruscamente comienzo a dar giros inesperados mareándome constantemente, hasta que caigo inconsciente en el suelo de mi sala. Desperté con el cuello un poco torcido y con mis ojos casi empañados por la intensa luz del amanecer, miro a mi alrededor y es como si nada hubiera pasado.

Me asomo por la ventana y observo la parada, ¡el chico de mis sueños ya está casi llegando para tomar el bus! Mejor me doy prisa, y espero, que mis acompañantes indemnes no me hagan pasar vergüenza.

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