Una crónica de la Demencia XXV

Ilustración

«…Siempre veía esa casa excluida en las montañas cada vez que iba al bosque por leña, pensé que estaba deshabitada ya que nunca veía llegar a nadie…»

Fue como un chispazo, un golpe en la sien que atolondra al impacto. Un instante perdido dentro de las horas extrañas en las que se encontraba Laura, dentro de una casa desconocida en la que despertó. Todavía se sentía mareada a causa del fuerte porrazo, y al tocarse la cabeza se dio cuenta que sangraba.

Notó que estaba dentro de una especie de cuarto de muebles viejos con olor a moho. Miró hacia el techo de madera casi carcomida y encontró un agujero donde podía mirar. Utilizó uno de los muebles a su alrededor y asomó su ojo derecho, lo que vio a su alrededor la dejó casi pasmada.

Lo poco que pudo notar fue una especie de cuarto, aparentemente pequeño, sin nada alrededor. Por lo que vio, pensó que estaba dentro de una cabaña, aislada, puesto que sus oídos también recibían el sonido de pájaros cantores de montañas.

Al llegar a todas esas conclusiones a Laura le entró el pánico, pensando en que la habían llevado a un lugar muy lejano a su hogar. La respiración se le agitaba y sentía que se estaba volviendo loca. Había sido secuestrada y no sabía ni por quien.

Comenzó a buscar aberturas o algo parecido a una salida, pero no encontraba nada. Su reclusión era iluminada por líneas que entraban a través de pequeñas aberturas de madera que la rodeaban. Gritó con fuerza por largos minutos por medio de las pequeñas entradas hasta dolerle la garganta, pero sin efecto alguno.

Se desplomó en llanto, se colocó en posición fetal en una de las esquinas, pero aún le quedaba vestigios de fuerza en su voluntad y por lo tanto, siguió buscando. Su esperanza de escapar la motivó a continuar, pero a medida que las horas pasaban estas se consumían.

Hasta que finalmente, todo quedó en completa oscuridad y Laura se recostó en uno de los muebles polvorientos y cayó rendida y afligida. De repente, escuchó unos pasos; su cuerpo reaccionó ante tales sonidos y se levantó de golpe. El horror invadió su alma e hizo temblar hasta su respiración.

Se apartó de las paredes y se escondió, miró hacia todas partes, ya no podía determinar de dónde venían los ruidos, hasta que, una entrada detrás de ella se abrió y en ella, pudo vislumbrar a un hombre, con el rostro cubierto por las sombras. Laura quedó muda, petrificada por tanto horror en ese momento, porque el misterioso hombre llevaba en una de sus manos una corbata ensangrentada de su marido.

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