El Zángano XVI

Ilustración

El zángano es una serie de relatos basados en la mítica leyenda urbana del Estado de Mérida, Venezuela, sobre un brujo que absorbe la vitalidad de sus víctimas hasta arrastrarlas al umbral de la muerte.

Relatos anteriores:

I. Judith
II. Judith (continuación)
III. María
IV. Alicia
V. Alicia (continuación)
VI. Matilda
VII. Matilda (continuación)
VIII. Raquel
IX. Betsabé
X. Betsabé (continuación)
XI. Amanda
XII. Amanda (continuación)
XIII. Bianca
XIV. Epítome I
XV. Eva

Obras originales realizadas por mí

Eva (continuación)

 
La noche traía consigo pasos escalofriantes, junto con un ambiente gélido que penetraba en la piel. Las personas se cobijaban bajo el arropo de la vigilia, mientras una sombra se movía sigilosa en busca de su incauta, con interés se deslizaba entre las paredes viejas y casi derruidas de aquella casa tan magistral, pero que, actualmente, representa a un templo que alberga un misterio adornado con leyendas.

Eva por las noches gritaba, clamando con la fuerza de mil gargantas; los juegos de una niña que buscaba entretenimiento en los reinos de la más sofocante soledad, parecía que se habían convertido en un calvario extenuante con un final mortal.

Su cuerpo a medida que pasaba el tiempo cambiaba, acentuándose en la expresión de los empleados y familiares de la casa. Sus manos, con notoriedad se percibían más alargadas de lo normal, y a medida que crecían estas se volvían cada vez más finas como una vara. Sus ojos; hundidos, con aspecto decadente, presentaban la alusión de una vida deteriorada y con el pasar del tiempo consumida por la apetencia. Su cabello, decolorado, casi llegando a la transparencia; su aspecto y composición era tan indócil como el heno o como las hojas secas de un árbol que muere para siempre.

Su quijada, fina y absorbida, exponía a su vez la piel pálida y áspera de su rostro, la cual, reducía los labios poco a poco hasta hacerlos desaparecer dentro de su boca. El resto de su cuerpo presentaba el mismo cambio anormal, estirado y dilapidado, como un cadáver andante. Su apariencia no parecía la de una niña de once años en plena flor de la juventud, sino más bien, la de una anciana muy mayor y encorvada, que deambulaba casi pisando los límites de la defunción.

Ni los mejores médicos y analizadores pudieron dar una explicación de aquella aberrante anomalía que padecía. Sus padres la veían y no la reconocían, sufrían ante aquella criatura inhumana que en el pasado llamaban «hija» con dulzura y rigidez. Eva ya no caminaba por los pasillos de su vieja casa activa y desbordando energías, sino como un espectro, despojado de sus potestades y virtudes, traicionado por la más perversa entidad, que vuela por los cielos contaminándolos de impiedad.

Un titiritero que mueve los hilos del destino de la pequeña Eva, trabajando desde las penumbras, emitiendo su risa malévola imperceptible y chillona. Esgrime con celeridad sus dedos escuálidos y arrugados, sobre el espíritu perdido de una infanta abrazada por la desgracia.

Aunque parecía que Eva se encontraba sola en aquella oscura batalla, no era cierto del todo. Su única amiga, empleada de la casa, la acompañaba en desvelos de tortuosas agonías y pesadillas agobiantes que experimentaba la niña. Marina era que la acompañaba en sus inquietudes espantosas y en sus momentos de tranquilidad moribunda. Se aseguraba de que sus últimos minutos estuviesen amparados, no obstante, la maldad ofuscaba aquella amistad y las buenas intenciones que se encontraban en el ambiente.

Un día Eva dejó de gritar, y la casa se sumió en un silencio que dejaba el aire cubierto de lastimosas y crueles ponzoñas. Las lágrimas se fusionaron con la brisa y bañaban el cuerpo sin vida de la pequeña víctima. Sola en su lecho, los presentes entristecidos observaron su cadáver transformado en un engendro del averno, solo para al final, quedarse mudos al contemplar el siguiente acto fantástico a la melancolía.

El horror irrumpió en aquel espacio fúnebre, y las miradas vislumbraron como del cuerpo de la niña emanaban un par de alas asombrosamente extendidas, dejando en ese instante un mensaje en el cual, la inocencia ha calificado como uno de las facultades más apetecibles para su siniestro devastador.

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