Una crónica de la Demencia XXIV

Ilustración

«…efectivamente él la amaba demasiado, pero hasta yo sentía que había algo malsano en su manera de amar…»

Mi querida, mi amada Raquel, discúlpame por tardar tanto tiempo en escribirte esta carta que hace tiempo dije que te dedicaría, pero ya no puedo más resistir el agobio de tu ausencia en estos días penumbrosos e injuriados.

Mi corazón es una discordia, lleno de emociones tanto satisfactorias como devastadoras. Comienzo en retrospectiva a analizar nuestro pasado, como una película vieja guardada en nuestro cajón secreto más recóndito, en mi prisión de soledad.

Tú, caminabas por la vida en un ambiente casi célico lleno de dicha, mientras que yo solo te seguía, jamás pensé que mi vida, que solo había estado arrasada por el aislamiento y la tristeza, llegaría alguien que me apartara de las sombras abisales, y me llevara hacia las empíreas nubes argentinas de suave fieltro.

Ese ángel, ese serafín alado de espíritu celeste fuiste tú mi querida Raquel, la única cosa buena que me ha pasado en la vida después de haber atravesado un infierno dantesco de abandonos y pesimismos.

Tuve el gozo de acariciar tu cabello negro azabache, saborear los filamentos de tu piel de caramelo y tus labios delicados, exquisitos ¡Ah, ventajosos para el amor! Déjame decirte para concluir, que jamás pensé que el paraíso fuera de esa manera.

Pero aquella gracia, aquella perfección no duró para siempre, quizás se debió a mi naturaleza destructora, que devora sagaz y sin clemencia a todo lo apetecible a sus ojos. Con el pasar del tiempo veía como tu personalidad tomaba un giro distinto, repelente hacia mí. En aquellos días adquirí una singularidad atosigante, la cual quería encadenarte evitando cualquier indicio de tu escape.

De desagradable sé que pasé a inducir en ti el pánico, y ya no huías cansada de mí sino despavorida. Los demonios que emanaban de mis emociones te rodeaban furiosos, compartiendo conmigo el coraje que me causabas cada vez que te veía evadirme.

Ellos me hablaron de planes perversos precursores de la más arrolladora venganza, y yo sin más que pensar, los escuchaba al borde de mi locura ya corrompida. Tuve que asfixiar tus ideas, así como tuve que estrangularte la vida.

¿Qué más podía ser? No se te quitaba la idea de dejarme, por más incansables argumentos que yo te profería. Has sido tú la malvada de esta tragedia ¡No yo!, sin embargo, aunque sé que estoy en lo correcto, no dejo de sentir esa sensación de nostalgia hacia ti.

En esta carta mi querida, mi amada Raquel, he de concluir que te perdono, te absuelvo de toda culpa porque sé que has sido inocua en toda esta situación. Sé que me faltó ser un mejor esposo pero a ti te faltó ser más razonable, pero ya no hay reparo.

He de terminar de decir que tu cuerpo está a salvo, lo he llevado a un lugar muy aislado y oculto de la ciudad, y lo he agraciado con cristiana sepultura, tal y como te mereces. Si han de encontrar esta carta no será por mi torpe descuido ni porque yo así lo quise, por lo que la llevaré al lugar donde reposas tranquila en el reino de la noche eterna.

(Carta de Francisco Mijares en donde confiesa el homicidio de su esposa Raquel Mijares Huerto, encontrada en el Valle Las Rocas Verdes, a 80 km de la ciudad de San Jaén, 25 de Julio de 2019).

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