Una crónica de la Demencia XXII

Ilustración

«…era un demonio, una sombra, que vino por mí pero no me llevó esta vez…»

Leandro no podía creer lo que sus ojos observaban; su corazón quedó atascado en su garganta. Parecía en ese momento, que el demonio de la perturbación había poseído su cuerpo. Estaba paralizado, inmóvil, encadenado por la impresión, avasallado por una verdad alterna, que asoló la cúspide de su cordura con solamente un simple vislumbre.

Todo ocurrió en una tarde aparentemente normal, Leandro había llegado del reformatorio donde se encontraba su hijo. La visita a su descendiente le provocó esta vez uno de los dolores más agudos que ha podido sentir en su alma. Estaba indiferente, inusitado, disidente ante las palabras de cariño y consejo de su padre. Evocaba desprecio, un rencor bastante acentuado que emergido de su personalidad de repente. Su mirada fría no medía la avería que provocaba a su devastado progenitor. Las oraciones entre ambos fueron breves, pero enorme fue el suplicio para el pobre Leandro, el cual, no tuvo defensa alguna ante aquellas duras palabras.

Volvió a su casa después de quince minutos de incomodos momentos, con los ojos sangrando en lágrimas, y las manos vacías sedientas de siquiera un ápice de cariño. Llegó a su hogar esa tarde decaído por sentimientos infaustos y se sentó en su sofá en tono de desmayo, como si todo el peso del mundo fuese descargado en su cuerpo. Luego de unos minutos de pensamientos abisales, Leandro escuchó un ruido en su cocina. El cajón de los utensilios había sido abierto abruptamente, lo cual fue muy extraño, puesto que él ahora vivía solo. Se levantó y se dirigió a la cocina lentamente y temeroso, y al estar dentro de ella, no notó nada diferente al principio y sus nervios se calmaron un poco; no obstante, al mirar hacia atrás, vio a un individuo que se encontraba parada a espaldas frente al pobre Leandro.

Al contemplar a ese intruso, vestido de sotana gris, Leandro quedó suspendido por el pánico y su cuerpo parecía que no fuera a reaccionar. En ese mismo instante, y con rapidez, el extraño hombre dio media vuelta para revelar a su impactado incauto su rostro. Fue en ese momento, en aquel terrorífico minuto, en que Leandro al verlo solo quería gritar con todas sus fuerzas. El extraño hombre era; ¡idéntico a él! ¡Un doble! ¡Un espejo viviente!, Leandro no sabía ni que pensar en esa circunstancia, miró hacia abajo y notó que su contrincante igual a él, poseía un cuchillo enorme en su mano derecha. Intentó alejarse despacio, pero su enemigo comenzó a dar pequeños pasos hacia adelante en coordinación con él, hasta que, se quedó quieto por completo.

Al estar ambos completamente inertes, el siniestro doble alzó su brazo de repente donde portaba su enorme cuchillo, y en un movimiento amenazador, se abalanzó contra su gemelo con la intención de herirlo mordazmente. Leandro del susto se echó para atrás y cayó golpeando su cabeza contra el suelo hasta quedar inconsciente. Al despertar, miró a su alrededor medio desorientado, revisó todo su cuerpo para asegurarse de que no tuviese alguna herida causada por el filoso cuchillo, pero no había nada. Examinó el lugar, temiendo de que su malvado otro yo estuviese por allí, pero se dio cuenta después, de que ya no se encontraba en la casa. Leandro pensó que había cruzado sin saber por un umbral hacia la locura, quizás por la serie de emociones que tuvo ese día la causa de que su mente fabricara tan aterrador episodio. Sea lo que sea que haya ocurrido, lo marcó fuertemente, ya no era la tristeza su emoción más fuerte, porque ahora había sido destronada por el más imponente miedo.

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