Una crónica de la Demencia XXI

Ilustración

«…luego de aquella revelación mis fantasías dañinas cesaron, y busqué desesperadamente escuchar la voz de mi pequeña…»

Las epifanías entraban a mi casa con humor desfilando enérgicas, posándose en frente de mí con una soltura bañada de confianza, haciéndome olvidar la preocupación causada por la extenuante paranoia que me golpeaba. Retumbante, mi corazón se exaltaba como queriéndose salir del pecho. Mi vista inquieta y atenta, se fijaba a cada momento en un punto específico de mi hogar, esperando atiborrado a desfallecer la aparición imprevista de un némesis que ha vuelto para rendir cuentas.

La sobriedad era mi enemiga y por lo tanto, me aparté de ella. Destilé mis neuronas atravesando umbrales hacia dimensiones alternativas, solo para escapar de la crueldad que parecía provenir de la gracia de una insidiosa danza. Me frustraba al ser abstraído de aquellos empíreos mundos etílicos, por lo que despertaba dando varias vueltas en mi lecho, hasta estar completamente orientado ante el ambiente que me rodeaba. Durante las tardes me sentaba en mi sillón carcomido por el tiempo y mis estrepitosos pensamientos. Escuchaba pasos entre la bruma que se generaba dentro de mi casa, y atento y silencioso, solo escuchaba para tener una mejor apreciación de la llegada de mi desconocido huésped.

Cada segundo que pasaba, se acrecentaba la idea sobre un terrible atentado hacia mí, separándome de la ideología del perdón, puesto que, sentía que no lo merecía, y caía en un letargo de torturas dantescas esgrimidas por agentes de la angustia. Había llegado a un punto en que, mi desprendimiento absoluto de la realidad se había finiquitado. Cada vez que me acostaba en mi cama, era como si me sumergiera en un pozo de aguas ofuscadas de oscuridad, me desenvolvía dando giros desesperados para no ahogarme, y luego salía a la superficie anonadado al encontrarme un nuevo entorno.

Al caminar por los pasillos de mi hogar, golpeaba mi cuerpo tambaleante con las paredes, y mientras estaba en el sopor de ilusiones inconclusas, mis oídos escucharon la sutileza sonora de una risa. Tan femenina y aparentemente incauta, desglosó ante mí las severidades de un pasmo, y de un disparo, mi cuerpo se echó para atrás despavorido imaginando sobre el origen de tan engañosa belleza. Unos pasos que parecía que vinieran del fondo, me colocaron en un estado firme y advertido de cualquier suceso a continuación. Mis ojos abiertos hasta el límite, estuvieron atentos ante cualquier sorpresa. No sostuve nada para defenderme o para darme claridad siquiera, solo caminé, hasta el origen del supuesto ruido.

Comencé a pensar que aquello era producto de mi mente quebrada por mi locura, y empecé a incursionar más a fondo para descartar finalmente, los sucesos que incisivamente me perturbaban. Mi camino me llevó a una habitación que perteneció a mi pequeña hija, separada de mí por el rencor de su madre. Al echar un leve vistazo encontré una de sus muñecas tiradas en el suelo. Una presencia helada se posó detrás de mí y al mirarla, sentí un agudo sentimiento de melancolía; se trataba de una sombra de pequeño tamaño, buscando en su universo el origen de la desdicha de haber sido separada de su familia.

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