Una crónica de la Demencia XIX

Ilustración

«…ninguna otra cosa me ha hecho sentir la sensación de anhelar con tanta fuerza, que el momento de estar frente a frente, cara a cara…»

Fue hace tiempo, hace tanto tiempo que, mi corazón decayó en ese lugar, bajo el árbol de los duraznos que ya no da frutos. Muchos dicen que es por causa de una brujería que se haya vuelto tan tacaño. Otros dicen que es mentira, que se debe a los extraños nutrientes de la tierra, puesto que no es posible que el árbol que se ve ya casi muerto se sostenga y crezca tan vívido.

A mí no me importaban las suposiciones y creencias esotéricas de las personas, porque para mí, lo más importante eran los recuerdos, tan importantes eran que quedé atrapado en ellos. Un deseo ansioso dominaba mi mente, esperando cada día con nostalgia de que aquel encuentro volviese a ocurrir, y atiborrara mi corazón de flameante felicidad. Me aferré a ello con terquedad, dejando a un lado a mi familia, mis querencias personales, mi rutina diaria, mis ocios y pequeñas distracciones cotidianas, todo por ese deseo, esa sensación de que algo está a punto de suceder. Fue un presagio que ha llegado a mí lo que me cautivó, en forma de perfume.

Ese exquisito, deslumbrante y estupefaciente olor, activó todos los designios escondidos en los lugares más oscuros de mi corazón, regresándolo a la realidad de los vivos, a los que tienen objetivos y luchan por vivir. Fue tanta la sorpresa percibida por mis sentidos, que las lágrimas brotaron solas de mis ojos, y estas no eran de tristeza sino de felicidad. Deambulé sonriente por las calles, las cuales ya no estaban pintadas con un color gris, ni habitadas por entidades sin rostro provenientes de una vigilia sin luna. Pero estos paseos no eran tan recurrentes, ni para mí, ni para la persona que me acompañaba, quien me ayudaba a recorrer mis caminos ya que mi invalidado ser era incapaz de sostenerse por sí mismo.

Mi prioridad se había vuelto observar con esmero aquél árbol de duraznos, de aspecto extraño y tenebroso, pero hermoso para mí. Tan magnífico y señorial para su estirpe, las flores le huían tan solo con toparse con su sombra, ni siquiera crecían en él para embellecer la madera muerta de su cuerpo. Quizás la emoción de tan esperado suceso no me dejó ver que sus días ya estaban por culminar, corroyendo su estructura, demoliendo despacio su vida. Y a medida que él moría también lo hacía mi esperanza, sólo en aquel deprimente espacio, me daba cuenta, que la somnolencia de aquel perfume divino nunca lo volví a percibir.

Comencé a decaer tanto como mí ya moribundo compañero y la vejez causó fuertes estragos, no solo en mi abarrotado cuerpo, sino también en mi mente, la cúspide de mi razón. La espera se convirtió en mi único hogar, me desenvolvía en ella, me alimentaba de ella, poco a poco fui cayendo en la misma rutina, más desesperante que la anterior.

Al pasar el tiempo, mi compañero dio un tirón inesperado y su longeva vida finiquitó por fin, derrumbándose por completo. Aquello, fue como si cayera el último bastión de mi vida, convirtiéndome en una persona paranoica y atestada de preocupaciones. Ese día me acerqué para observar los últimos vestigios de aparente vida de mi amigo, y fue en ese momento, cuando estuve lo bastante cerca, que percibí ese olor otra vez. El perfume parecía provenir de su interior, y era mucho más agradable que la vez anterior, comprendí en ese momento, con los ojos bañados en lágrimas, que mi larga espera sin sentido por fin había terminado.

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