Una crónica de la Demencia XVI

Ilustración

«…luego de entrar en aquellos terrenos ignotos y conversar con las entidades que se encontraban allí, me di cuenta que, no son muy diferentes a nosotros…»

Desde muy joven he roto toda conexión con mi infancia. Sacudido por enajenados episodios plagados de inentendibles fantasías, huí a una ciudad muy reservada y lúgubre a 35 km de mi lugar natal. Trabajé como carpintero después de pasar diez años como aprendiz hasta que fui instruido de manera profesional en todos los ámbitos del oficio. La longevidad de los habitantes de la ciudad donde residía, me parecía bastante peculiar, a pesar de ser un pueblo de no más de ochenta años de ser fundado. Repetía una y mil veces pidiendo poseer un poco de esa pasividad intrínseca que los caracterizaba, fuera de las fauces del tormento.

Desde hace mucho tiempo, soy clarividente de ilusiones inescrutables que pasan frente de mí como el viento. A veces me muestran colores indecibles por mi limitado conocimiento, pero me dejan sumamente asombrado, como un admirador del arte contemplando una obra magnánima que lo hace retozar de dicha. Hace días que la noche ya no me dice nada brusco o estupefacto. Ni los graznidos de aves quiméricas suenan con furia hasta el umbral de mi ruinosa casa. Las auroras estelares descienden hacia la ciudad, y de un lado a otro se van levantando hacia el ojo del cielo. Los ululares de criaturas desconocidas emanan desde los terrenos de la oscuridad, advirtiendo sobre un evento de facciones llenas de sortilegios.

Caminé por las calles en esas noches de fluorescencias intensas, plagadas de alucinaciones amorfas fugadas del reino de la plenitud. Destellantes y desordenadas desfilan junto a deidades de la penumbra; bailarines y sombras provenientes de una dimensión perenne. Ya no me asombraban tales maravillas retorcidas e insólitas. Inmutado veía que pasaban junto a mí en su carnaval de bromas y juegos mientras yo me quedaba sentado mirando a la aurora espectral. Caí en muchos letargos despierto. Nunca he sentido nostalgia por nada puesto que nunca he sido apegado a las cosas. Jamás sentí lamentaciones por la soledad, puesto que nunca estuve solo. Pensaba que mi disparatada imaginación no me permitiría conocer a personas de manera más íntima, hasta que, un perfume delicado capturó mi olfato, y al mirar al otro lado, mis ojos brillaron de contemplación de nuevo al ver a la criatura más fascinante de este desdichado mundo, y sonreía con interés.

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