Una crónica de la Demencia XV

Ilustración

«…Te veré en otra aventura de nuevo, amiga…»

Las flores, abandonadas por la enajenación, poco a poco fallecen dejando rastros secos de descuido. Una vida tranquila que se mancilló acariciada por fuerzas de la tragedia. Trémulas quedaron mis manos por la desgracia, que luego sucumbieron a la nostalgia. Una fuente de saturadas heridas que duelen al presionar me conduce hacia una serie de episodios inquisitoriales, rociados de melancolía por lo que quedó ante mí.

La vida de Perséfone siempre estuvo detrás de un vidrio, negada por el destino de disfrutar de los albores de una vida normal y llena de sabores llanos. Imposibilitada por una cruel enfermedad, que ha sido su marca desde que ha tenido memoria, como sus palabras.

Yo siempre he sido su amigo y muchas veces la cuidaba, visitándola en su hogar lleno de universos paralelos y fantásticos. Al no tener un contacto con la realidad, Perséfone creó sus propios mundos en su encierro y en muchas ocasiones yo formé parte de ellos. A pesar de su edad avanzada, su actitud era como la de una niña que aun buscaba travesías en países ignotos. Solo en la mente de aquella fatídica alma su enfermedad no interrumpía haciendo tratos ponzoñosos.

Una noche fui a visitarla y la encontré con su vestido amarillo puesto; imaginó que era una princesa encantada, y que esperaba en su alta torre al caballero osado que la rescatase de su prisión suntuosa de marfil. Encontró a su héroe en aquellos personajes que tanto imaginaba y yo la acompañé en su episodio fantástico. La enfermedad de Perséfone trascendía de lo físico a lo mental, pero su personalidad era afable, divertida a pesar de su trastorno, y con una bondad muy difícil de encontrar en las personas.

Yo no la veía como un ser derruido por la locura, sino al contrario, como a una criatura sagaz y enérgica, que buscaba caminos nuevos e intangibles difíciles de recorrer. Aquellas odiseas inventadas yo las disfruté demasiado, Perséfone fue la mejor amiga que he podido tener; es por ello, que sentí mucha pesadumbre al enterarme que la vela de su vida se extinguió, y su esencia partió hacia los umbrales del cielo.

Frente a su féretro lloré junto a sus familiares, y escribí un mensaje corto en su lápida simbolizando lo bello de nuestra amistad:

«Te veré en otra aventura de nuevo, amiga.»

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