Elaica IX. La construcción de Elam

Ilustración

Elaica es una serie de relatos que se relacionan entre sí porque se desenvuelven en esta mítica y fantástica tierra. Cada relato es una historia distinta y a veces, una continuación.

Relatos anteriores:

I. El comienzo
II. Atalayas de la guerra
III. Tristán
IV. De los primeros Antiguos
V. De sus talentos y características
VI. EL sol y la luna
VII. Los Primigenios
VIII. Las ocho tribus

Obras literarias originales realizadas por mí.

LA CONSTRUCCIÓN DE ELAM

 
Elam, la bella e imperiosa, era el epicentro de todo el mundo en Elaica, puesto que de la tierra bajo sus cimientos surgieron los «Primigenios»; los primeros humanos. En aquella tierra sagrada, los primeros hombres aprendieron de los Antiguos todo conocimiento sobre construcción, arquitectura, artes, ciencias y hasta distintas técnicas de la batalla, para protegerse de sus enemigos del territorio contiguo de Ururthur.

La vida de los Antiguos en aquel entonces llegaba a su fin, y muchos de ellos al ver que sus cuerpos se consumían por la energía emanada de sus espíritus, decidieron volver al reino sideral morada de sus creadores una vez que den por terminada su vida en Elaica. Ante tal noticia, los primeros hombres sintieron pánico, puesto que no se sentían preparados para deambular por el mundo sin la protección de los Antiguos, es por ello, que buscaron su propio resguardo.

La construcción de Elam fue idea de los señores Luxor y su mujer, Aivy, maestros constructores líderes de la segunda y tercera tribu de los hombres. Finiquitaron hasta los últimos detalles del aspecto que tendría aquella ciudad, y su idea unificó a todas las ocho tribus establecidas en el mismo punto, y sus líderes, dejaron la discordia a un lado durante su elaboración.

Luxor y Aivy transmitieron la visión de Elam a las otras tribus, no solo como un emblema de esplendor, fortaleza y beldad, sino que también, sería un símbolo de poderío inquebrantable, que con solo estar en su presencia las bestias y demonios de Ururthur acabarían despavoridos.

Emplearon así mismo, todo los conocimientos otorgados por sus creadores, para la culminación de tal proeza, y así abandonar, el delicado refugio de las villas y aldeas de piedra. Comenzaron a buscar todos los materiales que los alrededores les proveían, y junto al lago Olmidión, establecieron las bases de la que sería la poderosa Elam, cuna del poder y gloria de toda la humanidad de Elaica.

Grandes e impenetrables eran sus murallas de ladrillos cocidos y dorados, correspondían a una altura de doscientas varas y una anchura de cien, tan amplia, que podían albergar hasta cinco cuadrantes de soldados lado a lado. Sus poderosas paredes podían resistir hasta el ataque más ofensivo, y sus almenas albergaban a los mejores ballesteros y catapulteros, entrenados y elegidos con eficacia para liquidar a sus enemigos con pericia.

Vasta y enorme era la ciudad de Elam, puesto que comprendía una dimensión de hasta quinientos estadios de distancia, tal magnitud albergaba la cantidad de seiscientos habitantes. El suelo de sus calles era una genialidad de la ingeniería, compuesto de arena procesada y pulida para la cómoda transición sobre sus caminos, y sus fuentes artificiales que adornaban las distintas plazas principales de la ciudad estaban hechas de cuarzo y circón brillantes.

De belleza inigualable eran sus casas y edificios, hechos con un arte imitador de la opulencia. De mármol y granito eran sus columnas y paredes, y cada casa, albergaba en su fondo una alberca donde emanaban las más cristalinas aguas filtradas para el disfrute de sus habitantes; sus decoraciones se asemejaban a la imagen de los Antiguos de las aguas, los sabios creadores de este líquido vital.

Vastos en templanza eran los edificios institucionales representantes de la rectitud y la justicia en Elam, construidos como símbolos de una sociedad bajo el Orden y la Paz. En los magisterios acataban en mando hombres que velaban por la honradez y la ley, instruidos fervientemente por los Antiguos del viento, señores de lo justo y castigadores de lo impune. Al lado, se encontraba la Gran Academia de la Guardia Argentina, quienes mantenían en brigada las calles seguras de la ciudad, y custodiaban al Rey y a su séquito hacia los distintos puntos de Elam.

De Armaduras blancas como las nubes eran las armaduras de estos guardias, portaban capas azules de bordes dorados que iban hasta debajo de sus rodillas. Con severidad, contenían las injusticias con habilidoso uso de sus ligeras espadas de fino acero, y ejecutaban sus órdenes sin piedad alguna.

Gran parte noreste de la ciudad estaba apartada por el comercio y el disfrute licencioso. Los comerciantes y dueños de bares ofrecían sus productos suntuosos y estadías ociosas a interesados clientes, que veían con asombro e interés las variadas ofertas venidas de distintas partes del continente y los siguientes. Las parrandas libertinas en la zona de los comerciantes eran dignas de afamada distracción y disfrute.

Dignos eran los altares de adoración a los Antiguos, puesto que, durante la primera era de los hombres, se les rendía pleitesía como si fueran deidades, y los visires y sacerdotes preparaban rituales y oraciones con respeto y gratitud. Estos altares no solo estaban dispersos dentro de la ciudad, sino también fuera de ella. Se construyeron templos cerca de los ríos y montañas, con estatuas de aspecto temible hechas de bronce y plata, y decoradas por sus fieles con laureles, mirto y rosas.

Sobre el lago Olmidión, se encontraba el gran puente de la gloria, un puente levadizo para la transición ininterrumpida de los barcos pesqueros y bucaneros del gran lago, con una anchura de cincuenta varas para el paso de dos carretas. Su extremo circundaba hacia la puerta principal de Elam, llamada «La Puerta Empírea», hecha de hierro y materiales reforzados y dos columnas a los lados, repletas de guardias argentinos.

El centro de Elam, la zona más importante, comprendía la estadía del Palacio Celeste de Elam, donde residía el todopoderoso señor de toda Elaica, y su familia. De zafiros pulverizados mezclados con un asfalto de materiales desconocidos fueron hechas sus paredes y columnas. Las puertas de sus umbrales eran amplias y compuestas por un hierro pulido y fulgente, representando a la entrada del corazón de la beldad. Sus amplios salones, decorados con cuadros y esculturas artísticas, hechas por las manos más habilidosas y talentosas de Elaica, proliferaron todo el lugar. Dichas representaciones artísticas hacían alusiones a paisajes, batallas y momentos rememorativos del hombre y los Antiguos.

El gran salón principal, donde se encontraba el gran trono, cúspide de la majestuosidad, era donde el Rey y su corte de magistrados y aristócratas se reunían para discutir las distintas leyes y para disfrutar del entretenimiento de músicas, poesías y representaciones teatrales ofrecidas por prolíficos juglares, donde contaban historias sobre la magnificencia de Elam y su hegemonía sobre Uruthur y las otras ciudades principales.

De dicha, magnificencia y gracia estaba compuesta Elam, se le consideró la bandera que hondeaba poderosa y brava contra los fuegos de Ururthur. Una fortaleza que mantuvo a raya al mal y lo enfrentó por mucho tiempo, otras ciudades fueron construidas bajo su mandato, tratando de igualar a la única, la fulgente, la gloriosa cuna y orgullo de toda la humanidad en Elaica.

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