Una crónica de la Demencia XIV

Ilustración

«…Es tan desesperante Amanda, ¡están por todas partes!, solo tengo tranquilidad bajo los sopores de mundos oníricos…»

Un solo rostro, multiplicado varias veces, rostros iguales que se fusionaban y se transformaban en la misma persona, luego se separaban y proliferaban en los distintos sectores, calles y avenidas de la lluviosa ciudad. Los rostros sonríen maliciosos, con una afabilidad maligna dispuesta a lastimar. Roberto caminó intentando eludir el peligro que le acechaba, conservando una calma febril, a punto de quebrantarse.

Los rostros se posicionaban rápidamente en distintos puntos de la calle en la que él transitaba. En un instante, se encontraban adelante, mirándolo con una sonrisa que infundía pánico. A veces también, los veía encima de los edificios de la calle por donde transitaba, para luego desaparecer en un instante y sin dejarle nada más que una idea agobiante.

Intentó resistirse al impulso de querer gritar, soltar un sonido más fuerte que la lluvia que golpeaba el suelo con fuerza y bañaba su cuerpo despavorido envuelto en una situación lamentable. Sólo podía imaginar estar de nuevo en su casa recostado en su cama, con los ojos puestos frente al televisor y los pies encima de dos almohadones. Caminó cada vez más rápido evitando mirar los otros rostros que aparecían de repente a su alrededor, sin embargo, era inevitable que percatara sus presencias.

Se evaporaban y luego se integraban de nuevo en los callejones y distintas salidas del lugar, cada vez más sonrientes, se veía con angustiante notoriedad que poseían un plan siniestro para su atormentada víctima. Comenzaban poco a poco a acercarse y a susurrar palabras indecibles cerca de los oídos de Roberto, pero éste continuaba cada vez más rápido sobre su trayecto dantesco. Algunas de estas palabras eran entendibles para Roberto, y eso lo asustó más pero se negó a reaccionar ante ellas, solo quería llegar pronto a su hogar.

Los rostros ya no eran rostros, comenzaban a generar bajo sus cabezas figuras humanas, todas iguales y sombrías. Sus aspectos eran el de un hombre, con el rostro arrugado portando un sombrero de fieltro de alguna vieja época. Tenían los ojos cafés y saltones, y la piel morena, cada vez que se acercaban Roberto sentía con dolor un agudo estupor en su pecho. En un instante y sin darse cuenta quedó acorralado, un susto impactante hizo que se resbalara y la lluvia cayó con furia sobre su rostro.

Ellos se aproximaron hacia él, despacio, no dejaban de sonreír. La lluvia no los tocaba, eran incorpóreos. Sus cuerpos estaban hechos de vaporea negrura; penumbras andantes. El corazón de Roberto casi no resistió, pero una luz blanca y cegadora acudió a la situación como un rayo de tormenta, y todo desapareció. Los rostros ya no estaban, solo quedó el fuerte chisporroteo de la lluvia. Roberto se levantó, con el cuerpo ya más bajo de impresión e intensidad, y continuó su camino, corriendo a pasos agigantados hacia su casa.

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