Una crónica de la Demencia XIII

Ilustración

«…pudiste verme a través de un cristal, iba desapercibido y aun así notabas mi presencia. Todo eso se perdió después de aquel destello y ya no te reconocí…»

Los espejos consumen nuestra razón, alejan nuestro avance de la lucidez.

Las apariencias de la realidad son tan diversas y caemos en ellas imbuidos por nuestras percepciones. Detectamos paranoicamente el cambio, y lo sellamos hostilmente hacia el otro lado del abismo de la conciencia. Creemos que todo estará normal a partir de allí, pero sin darnos cuenta, dentro del lago de nuestra mente, regresa vengativo a consumir el alimento que emana nuestra razón.

Aciagas ilusiones que antes eran anhelos de amor, se han convertido en pasajes desconocidos de episodios insólitos. Ella se consumía ante la penumbra y se alejaba de su esposo por una desconfianza vil. Bajo el entorno de la vigilia transcribía en un carcomido diario, hablando sobre él y de que era un impostor. Una entidad insidiosa parecida al hombre al que amó, un ser salido de la nada que tomó su lugar y actuó su papel, con ocultas intenciones.

Él estaba agobiado por la angustia, dolido por la agresiva y repentina personalidad que adoptó su esposa. Ella se ocultaba dentro del cuarto más recóndito de la casa, mirando las paredes con detenida frialdad, escribiendo historias fantásticas, teorías conspirativas sobre el supuesto reemplazo de su esposo. La confianza hacia él se había extinguido y él, buscaba con desesperación un vestigio de su cordura.

Ella perdida estaba levitando en las arcas de la demencia. Un fin póstumo acechaba sobre los bordes del techo listo para entrar y llevarse a su pobre víctima. Él ya no podía salvarla de las garras de la locura, pero un último intento accionó, sin saber, que sería la culminación terrible del tormento.

Ella al verlo maquinó en espanto, se posó en su ventana a modo de querer saltar. Él gritó en pánico y usó sus palabras como último recurso, tratando de acercarse poco a poco y con prudencia.

Ella lo miraba con horror, intentando lanzarse a la muerte, pero no podía, el suicidio no manipulaba como designio. Un momento en la mirada de ambos se manifestó como una chispa y parecía que ella lo reconocía. Esbozó una sonrisa, muy leve, y luego se lanzó de la ventana, golpeando su cuerpo con las ramas de los árboles cándidos junto a la casa.

Una llama incipiente resurgida recientemente se extinguió, tomando por capricho un amor interrumpido.

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