Una crónica de la demencia XII

Ilustración

«…la máscara de aquel tiempo al que perteneciste se desvaneció como cenizas al viento. Unida al presente estabas, pero con otra forma…»

 
Los gritos no cesaban y la agonía presionaba con perversidad sobre un cuerpo ya febril por la tortura. Las paredes de la sala atestiguaban el suceso, inertes bajo la presión de la inmutabilidad perpetua. Las imágenes en la cabeza de Fausto no paraban, incrementaban en inefabilidad y rapidez, lastimando sus bellos recuerdos, reemplazándolos con terribles episodios de una vida pasada sin concretar.

 
El llamado de un alma maldita, que corrompió el lago de su cordura, comenzó a hacer estragos en los enlaces de la paz. Permitió que el dolor abrumara reminiscente y la culpa se convirtió en capataz de la aflicción. Fausto vivía aislado de sus seres queridos por decisión propia, temía con inmenso pavor al lado oscuro de su naturaleza perversa. Su espíritu aún seguía fulgente y las esperanzas batallaban fieras tratando de salvarlo. Pero se extinguían, al pisar los terrenos incineradores de la verdad.

 
Fausto se arrastraba aferrado a los últimos vestigios de su ya exprimida humanidad. Llegó a la cocina plañendo de dolor, mientras los cuervos del pasado acuchillaban incisivos los umbrales de su preciada sensatez. Extendió su brazo hacia una de las gavetas que buscaba con tanta desesperación. Tomó un frasco con pastillas que calmarían por completo su episodio infernal. Una torcedura de su muñeca, causada por un espasmo nervioso, obstaculizó su propósito retrocediendo su avance.

 
Los gritos de Fausto rompían más allá de lo agudo, al manifestarse por fin, la representación de su martirio. Una figura de ojos furiosos y belleza pervertida apretó con más fuerza los rastros de su razón. Un segundo intento por buscar de nuevo la paz, se levantó con ira atajando por un instante a la cruel tempestad. Tomó una de sus pastillas de su frasco y con brioso movimiento la introdujo en su boca. Cayó en un éxtasis de pasividad, mientras que las imágenes en su cabeza disparaban los últimos parpadeos de leves suspiros. Bocanadas de aires tranquilos exhaló Fausto. Una vez más, la guadaña de la culpa se alejó frustrada en tomar los flujos de su vitalidad.

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