El zángano [II]

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El zángano es una serie de relatos basados en la mítica leyenda urbana del Estado de Mérida, Venezuela, sobre un brujo que absorbe la vitalidad de sus víctimas hasta arrastrarlas al umbral de la muerte.

Relatos anteriores:

I. Judith

Obras originales realizadas por mí.

Judith (continuación)

 
—Déjate caer por el cansancio, mantén tu mente en blanco y no pienses en nada. Escucha el sonido del metrónomo y el de mi voz y solo síguelos a cada instante, hasta deslizarte desinhibida al mundo de los sueños.

Judith se entregó por completo a la hipnosis y se encontró rodeada de agua como en un profundo océano. Se sintió aliviada y libre de pesares, como si hubiera abandonado su cuerpo por completo. Se entregó al instante y su respiración se tornó suave, luego abrió los ojos y se encontró en un ambiente diferente, gris y áspero, que la dejó perturbada con solo mirarlo.

—Dime, ¿Cómo te sientes? —Preguntó el doctor Cárdenas—

—Me sentía tranquila y sosegada, pero ahora estoy… abrumada. —Dijo Judith con la voz un poco entrecortada—

—Ya estas dentro de tu subconsciente, como los sospeché, la dolencia que te perturba radica allí. Una persona que no padezca estos males por lo general se presenta dentro de un ambiente pacífico y reconfortante, pero en tu caso, es todo lo contrario.

—Estoy asustada doctor, jamás he estado en un lugar como este. Todo están sombrío y una fuerte ráfaga densa mi cuerpo.

—¿Qué hay a tu alrededor? Recuerda que debes decirme todo lo que veas Judith para indicarte que es lo que tienes que hacer.

—Estoy en un campo de pastos secos, no hay árboles a mí alrededor y frente a mí, hay una vieja casa.

—Dime, ¿Cómo es esa casa?

—Es muy vieja, su fachada está muy deteriorada, sus ventanas no tienen ni marcos ni vidrios y su entrada no tiene puerta.

—¿Logras atisbar algo en su interior?

—No… nada… está muy oscuro, una negrura intensa está bloqueando mi vista hacia adentro.

—Debes entrar a esa casa, para ver lo que hay en su interior.

—¿Cómo dice? ¡No! ¡No, no quiero!… por favor doctor no me obligue a entrar allí, tengo mucho miedo.

—Por favor Judith conserva la calma, si te alteras no podremos avanzar, recuerda que todo esto es para ayudarte y además, estaré a tu lado en todo momento, si algo malo pasa, suspenderé la hipnosis y te despertaré del trance inmediatamente.

—Pero doctor, no creo poder… me estremezco de solo mirar esa casa desde afuera, me gana el pánico, no puedo hacerlo…

—Si puedes, yo creo en ti, recuerda que esta vez no estás sola. Y Recuerda también que todo es un sueño y nada de lo que encuentres allí podrá lastimarte.

—Está bien doctor, avanzaré… pero no deje de hablarme, por favor.

—Por supuesto que no, siempre estaré hablándote para decirte que hacer, ahora tranquila, respira hondo y entra a la casa.

Judith obedece y aspira una gran cantidad de aire para opacar su miedo y luego avanza hasta estar dentro de la derruida casa.

—¿Cuéntame que es lo que ves?

—Camino por un pasillo, hay escombros por todas partes, parece que hay habitaciones más adelante. Es extraño, esta casa no tiene sala o algo por el estilo, por fuera se ve muy grande.

—¿Hay algo que llame tu atención? —Preguntó el doctor con un tono de curiosidad distinto—

—No… aparte de lo que le dije, no hay cuadros en las paredes ni lámparas en el techo, está completamente vacía, solo hay pintura carcomida.

—Ve hacia una de las habitaciones que mencionaste.

—¿Está seguro doctor? Siento que mi impresión se incrementará mucho si logro toparme con algo allí.

—Tranquila, recuerda que debes mantener la calma, solo entra a echar un vistazo y luego vas a la otra habitación para hacer lo mismo.

—Está bien, voy…

Judith avanza a pasos lentos hacia la desconocida habitación, con cada paso que daba su corazón palpitaba con más rapidez, por un instante pensó que se le iba a salir del pecho. Un sentimiento de pavor la contenía pero logró reunir todo el coraje que pudo una vez que estuvo ya cerca de la entrada, y se asomó, para ver el interior.

—¿Estas dentro de la habitación? —Preguntó el doctor Cárdenas—

—Si… ya estoy adentro, y es bastante curioso en realidad.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que ves? Descríbemelo por favor.

—Hay una silla de madera en el centro de la habitación, rodeada por más escombros. En la pared del fondo hay un cuadro rasgado por la mitad, parece que es de una persona, pero la rasgadura va del cuello para arriba y no se puede ver su rostro. Solo hay una ventana, idéntica a todas las demás.

—¿Significa algo para ti?

—No en realidad, si pudiera apreciar el rostro del cuadro quizás sí, a menos que sea de alguien que no haya visto en mi vida o no recuerde.

—Interesante… ¿ves algo más aparte?

—No… no hay nada más, es todo lo que hay en esta habitación.

—De acuerdo, si no hay nada más, prosigue al siguiente cuarto.

—Está bien doctor.

Ya un poco más calmada y sin saber que comentar sobre lo que sus ojos habían visto, Judith se dirige a la habitación contigua, la cual, se encontraba a la izquierda de esta. El doctor Cárdenas se sintió un poco extrañado de que todo aquello no tuviera algo de relevancia para Judith, como si estuviese transitado en un pasadizo inhóspito.

—¿Entraste en la otra habitación ya?

—Sí, pero… esto no tiene sentido. —Dijo Judith impresionada—

—¿Por qué? ¿Hay algo diferente allí?

—Al contrario doctor, todo está… ¡exactamente igual!

—¿Cómo dices? —Dijo el doctor Cárdenas un poco asombrado—

—Si doctor, esta habitación es exactamente igual a la otra, la misma silla, los mismo escombros, la misma ventana, el mismo cua… ¡Dios mío!

—¿Qué ocurre? —Dijo el doctor con un tono de voz un poco sorpresivo pero manteniendo la tranquilidad—

—Hay alguien sentado en la silla…

En ese instante la voz de Judith se quebró, como si se hubiera ya topado con aquella entidad anteriormente. Aquel ser que la atormenta finalmente se manifestó en su sesión de hipnosis.

—¡Es él! ¡El hombre con cara de zamuro! ¡Doctor está aquí!

—Judith recuerda no alterarte. —Dijo el doctor tratando recobrar la compostura de su paciente.

—¡Está aquí! ¡Está aquí! ¡Dios mío, está aquí!…

—Judith, escúchame, él no puede lastimarte, no es real, es solo una manifestación trastornada de tu subconsciente, un invento de tu mente, no puedes huirle, debes enfrentarlo, ¡tú eres la que está a cargo de tu espacio!

—¡No puedo doctor le tengo mucho miedo! No creo que pueda seguir ahora…

—Espera Judith, todavía no culminemos esto, ¿Qué está haciendo él?

—Solo está sentado, mirando hacia la ventana… ahora fijó su rostro hacia mí… ¡Santo Dios! ¡Cuánto vacío hay en sus ojos!

—Judith que no te domine el miedo, ¡enfréntalo! Es ese mismo miedo que le tienes lo que lo hace manifestarse en tus sueños sin poder dejarte noches tranquilas.

La voz del doctor Cárdenas dejó de ser suave y calmada y se convirtió en una voz alterada y desesperada, igual a la de Judith.

—¡Quiero salir de aquí! ¡Doctor por favor despiérteme ahora! No puedo hacerlo… Ay Dios, ¡se está levantando de la silla! ¡Viene por mí! ¡Doctor por favor despiérteme ya no quiero seguir!

Judith agitaba sus brazos y sus piernas en trastornados espasmo, sus gritos podían escucharse hasta afuera del consultorio e hicieron que la asistente del doctor Cárdenas, Ilena, entrara en pánico también. Al verla sumamente alterada, el psicoanalista no tuvo otra opción que despertarla del trance.

—De acuerdo Judith voy a despertarte, pero concéntrate en mi voz, y ven conmigo de nuevo.

—¡Apresúrese doctor, por favor! ¡Está demasiado cerca! ¡Me acecha con sus manos, que son en realidad dos enormes garras! ¡Por favor doctor dese prisa!

—¡Solo escucha mi voz!, Contaré hasta tres y luego haré un chasquido con mis dedos que te despertará… uno… dos… tres…

Y con el disparo del chasquido, Judith despertó de un salto, como si se hubiera ahogado y sus pulmones estuviesen libres de agua nuevamente. El doctor Cárdenas la notó aún más débil e inmediatamente le tomó el pulso en su muñeca. Sus latidos iban muy rápido, al principio, pero luego comenzaron a descender alarmantemente, y se desmayó.

—¡Judith! ¡Judith! —Gritaba el psicoanalista con desespero—

Los latidos del corazón de Judith iban ya demasiado lentos, casi extintos. El doctor Cárdenas entró en pánico y trató de que volviera en sí, pero era inútil. Cuando estuvo a punto de llamar a Ilena por ayuda, sintió una ráfaga escalofriante bañando su espalda. Dio la vuelta lentamente para vislumbrar con horror a una figura antropozoomórfica posada en la ventana de su consultorio observándolo detenidamente. Una combinación entre hombre y zamuro, con ojos tan vacíos como la boca del abismo.

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