Una crónica de la Demencia X

«…Una vez yo te amé equívoco bajo las ilusiones de la mentirosa pasión, te quise tanto, que me aburrí de ti rápidamente…»

Cada noche caigo embelesado bajo el manto estelar sentado en mi pórtico con los episodios reminiscentes de mi anterior vida agitada. Observo el cielo hasta caer rendido y somnoliento, y despierto en la mañana con el alba frente a mí y su luz bajo mis pies.

 
Siempre he sido renuente de las cosas convencionales y típicas que suelen conjurar las personas. Me he mantenido fuera de la vista de la apatía y la sociedad. Me excitaba contemplar los ríos de sangre y rostros agonizantes que yo provocaba con mis manos hambrientas de predador.

 
Un día, aquel gozo dejó de tener una cavidad complaciente en mi vida, y decidí sentar cabeza con una mujer hermosa y risueña proveniente de una sociedad rural. Contrajimos nupcias en los confines de una región emblemática, frente al mar, y establecimos nuestro hogar sobre la tierra que la vio nacer.

 
Tuvimos un hijo al que amamos con fervor, dándole el calor de una serenidad perpetua, digna para un pequeño que abre sus brazos al mundo. En aquel entonces pensaba que mi corazón no podía llenarse de más dicha, pero, con el pasar del tiempo, fue descendiendo poco a poco hacia el disgusto.

 
La ilusión de mi pasado comenzó a visitarme cada noche en mis ratos privados de soledad. Se sentaba junto a mí, insidiosa y fraternal, haciendo hincapié sobre la insatisfacción que tenía por la nueva vida que llevaba. Seducido de nuevo por las tentaciones de aquel placer que me colmaba, decidí alimentar de nuevo mi ansiedad con mi familia.

 
Primero inicié con mi ignorante cónyuge, a quien dirigí hacia el pequeño deposito oscuro donde guardo mis herramientas. Usé una porra de metal y la batí sobre su cabeza, ella cayó al suelo retorciéndose y jadeando como una boba y, para culminar mi estimulante hazaña, tomé sonriente mi machete y lo clavé sobre su cuello, acabando con su vida en un instante.

 
Luego fui por mi hijo quien dormía en su habitación plácida y despreocupadamente, rodeé mis manos asesinas sobre su delgado cuello de siete años y apreté con tal fuerza que en menos de un minuto feneció el infeliz, y sepulté su cuerpo junto con el de su madre en el patio de nuestra casa.

 
Esa misma noche, recibí la visita de mi antiguo sirviente, el que me crió desde que era un niño. Me miró con sus ojos llenos de pesar por lo que había hecho y me sentó sobre una silla mecedora en el frente de mi casa arropándome con una colcha afelpada. Desde esa noche el anciano se quedó conmigo para cuidarme.

 
Desde entonces, bajo la tranquilidad de la bruma, soy acechado por los espectros de mi esposa y mi hijo. Se aproximan a mí en mi pórtico con las manos en alto en modo de venganza, y los ojos sedientos por verme caer en la locura, pero sus planes se derrumban ya que mi sosiego es inquebrantable, y no lamento culpa alguna por lo que hice en el pasado.

 
Mi prioridad ahora está en observar a aquellos astros, a aquel manto nocturno que me da paz, a los ensueños dulces de mundos ignotos, hasta que la luz del alba me despierta con las caricias de su velo.

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