Los niños de Lilith (Final)

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Epílogo

 

—¡Agh! ¿Pero que es ese olor tan fétido?

—A lo mejor sean suciedades de animales rastreros, este lugar lleva décadas sin presencia humana.

—Dios mío, no puedo creer que me convencieras de venir con usted Padre Armando, hubiera venido con el viejo Librado, a él si le hubiera encantado acompañarle a un lugar así sin protestar.

—Sí, hubiera sido mejor, pero usted accedió Padre Josué, así que no se queje y mantenga bien abierto los ojos, y no permita que la linterna se apague, hay muchos escombros por el camino.

Los dos sacerdotes deambulaban ignaros por un camino que jamás creyeron que existiría, debajo de un pueblo aledaño a 57 km del Sur del Lago. En el lugar solo encontraron paredes corroídas por el fango, que se creó por la humedad filtrada que descendía hacia aquellos caminos abandonados por sus cuidadores. Ratones y renacuajos proliferaban libremente por los pasadizos, y un olor intenso y ácido penetraba en las fosas nasales y lagrimaba los ojos de sus infiltrados.

—Definitivamente no puedo soportarlo. —Dijo el padre Josué colocándose otro paño adicional sobre su rostro—.

—Para mí también es fuerte no se crea, pero tenemos que continuar.

—A todas estas, ¿Quién por todo lo que es sagrado ocultaría un objeto tan valioso en un lugar tan ominoso como éste?

Los sacerdotes se detuvieron por un momento, al llegar hacia un final dividido por tres caminos, el Padre Armando miró con determinación y eligió el camino de la derecha.

—Venga, vamos por aquí… Bueno, le explico Padre, anteriormente, este lugar fue un convento de monjas. Caricao era un pueblo que no contaba con Iglesia pero si de monjas misioneras. Una de ellas, la Hermana Agatha, luchó valientemente junto a un detective de la capital hace veintiséis años contra la malévola Lilith, el demonio de la oscuridad.

»Juntos, detuvieron el día del juicio comandado por una legión de niños dominados por aquel demonio, y lograron arrebatarles el corazón de Asmodeus para evitar que sea usado por el mal otra vez. La monja ocultó tal objeto en este lugar. Antes no era así como lo vemos. Antes era una sala pequeña donde solo ella bajaba y que posteriormente se modificó para convertirse en pasajes laberinticos. Solo una verdadera persona de fe puede transitar estos lugares sin perderse.

—¿Cómo sabe toda esta historia tan bien Padre? —Preguntó el Padre Josué con asombro.

—Es mi trabajo saber estas cosas… ¿ve esas inscripciones? Son fragmentos letánicos, que hablan sobre el triunfo de la resurrección sobre los malvados.

—¡Impresionante! ¿Con ellos puede usted guiarse y saber a dónde ir verdad Padre?

—Así es, sin ellos nos perderíamos en este lugar horrible y olvidado.

Entre más los sacerdotes se introducían adentro de las oscuras catacumbas más los golpeaba aquél repugnante olor, incluso el Padre Armando empezó a sentirse mareado por respirar aquello.

—Ya casi llegaremos, no se rinda Padre Josué. —Dijo con los ojos pestañeando locamente el padre Armando, a causa del nocivo ambiente.

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso tienes un mapa de este lugar?

—No, pero lo he estudiado mucho. Sé incluso lo que podemos encontrarnos aquí.

Luego de unos minutos caminando, la preocupación del Padre Josué incrementaba, sentía dentro de sí, que no saldrían intactos de allí y que el Padre Armando era un loco por querer transitar más a fondo en aquel camino. Llegaron hacía un final, donde se veía una fisura mal formada y deteriorada en forma de puerta y a sus pies, había un cúmulo de gusanos, huesos secos que se asomaban y una extraña sustancia espesa y negra, que se escurría sólida hacia los lados de la entrada.

—¿Es esto el cadáver de una persona? —Dijo el Padre Josué mientras veía aquello con horror y asco—.

—Parece que sí, y no solo cualquier persona, era un sacerdote, aun se puede identificar los restos de su vestimenta y crucifijo de hierro, por lo que veo, no tiene mucho tiempo de estar aquí.

—¡Dios mío! Pobre hombre… deberíamos rezar una plegaria, morir en un lugar así es un destino muy cruel.

Los sacerdotes oraron por el alma de aquella persona, aunque no sabían de quien se tratara sintieron pena por él. Luego de haber terminado se hicieron a un lado para pasar e intentar abrir la fisura con forma de puerta. Aplicaron todas sus fuerzas hasta que la piedra comenzó a ceder y formar la entrada por completo.

Se adentraron hacia la oscuridad de lo que parecía ser una sala ruinosa que no podía ser iluminada eficazmente con la linterna. Era como si aquella penumbra se tragara la luz y no dejara que revele lo oculta en sus dominios. Los sacerdotes comenzaron a sentir miedo, pero dieron sus primeros pasos hacia dentro. Jadeaban trémulos como si esperaran que algo siniestro y violento fuera a sorprenderlos.

Poco a poco las plegarias eran expulsadas de sus bocas y cerraban sus ojos horrorizados, pero no dejaban de caminar. Iban siempre hacia delante, la linterna de repente se apagó y ellos quedaron a merced de la negrura.

De repente, uno de los pasos del Padre Armando chocó con algo duro como piedra, pero compuesto con un material diferente. Tanteó varias veces con la punta del pie y luego se inclinó para ver que era. Le dio al Padre Josué la linterna, para así tomar el extraño objeto. Se trataba de una caja de madera y ajustes de hierro, en la que se podía sentir que contenía algo.

Al abrirla, una luz roja y oscura brotó de ella y miraron asombrados una gema enorme y extraña, parecida a un ópalo, pero con puntas de cristal que coronaban sus extremos. Los sacerdotes sincronizaron sus miradas con las bocas abiertas y comenzaron a preguntarse sobre aquella gema.

—¿Es esto lo que vinimos a buscar? —Dijo el Padre Josué—.

—Definitivamente este es el corazón de Asmodeus, todo lo que nos han dicho es cierto. El Vaticano estará muy complacido cuando esta valiosa reliquia llegue a sus puertas, y a nosotros quizás nos asciendan.

—Pareciera mentira que algo tan hermoso haya causado tanto dolor hace veintiséis años en este pueblo desolado.

—Esas cosas son las que más nos engañan, las que nos maravillan, porque albergan trampas en las que caemos y no podemos escapar. Venga padre, coloquemos esto de nuevo en la caja y salgamos de aquí inmediatamente.

—De acuerdo. —Dijo el Padre Josué preparándose—. Armando, no te has preguntado… ¿Cómo fue que murió el sacerdote que está justo en la entrada?

—En realidad sí, pero, no quería decir nada, soy muy supersticioso y eso trae malos augurios.

—¡Augurios nada! —Dijo el Padre Josué reprendiendo las palabras del Padre Armando—, pobre hombre de verdad, al menos nosotros culminaremos lo que él empezó.

Después de tener todo listo, los sacerdotes comenzaron a sentir algo en el ambiente mucho más pesado. El padre Armando empezó a sentir una incomodidad siniestra que se acostaba sobre su espalda. Dio media vuelta y luego dio tres pasos rápidos hacia la entrada, pero se detuvo.

El padre Josué no podía moverse, sus músculos no reaccionaban y un gélido pensamiento paralizó su mente. Sintió un aire cálido sobre su hombro, como un aliento exhalado repetido constantemente y su sonido era como el de un animal. El padre Armando no podía ni hablar y observaba con los ojos abiertos hasta el límite al Padre Josué, quien estaba dibujado por el horror. Vio que algo justo al lado de su cabeza se movía, y pudo atisbar una sonrisa que mostraba unos dientes enormes y amarillentos.

En ese momento su garganta vociferó un grito desgarrador, tan terrible, que estrujaría el pecho del más valiente. La entrada de piedra se formó de nuevo y ambos sacerdotes quedaron a disposición de aquel lugar y de su siniestro anfitrión, dentro de las catacumbas del abandonado Caricao.

Fin

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