La espeluznante y misteriosa muerte de Héctor Ariete


«Los hombres de ciencia sospechan algo sobre ese mundo, pero lo ignoran casi todo. Los sabios interpretan los sueños, y los dioses se ríen».

— Howard Phillip Lovecraft

 

—¡Ya cuénteme Don Guillermino!, sé que usted sabe de todos los chismes que abundan por el pueblo, nadie ha dejado de hablar de eso en realidad. La gente se espanta, le hielan los huesos al comentar este tema. Yo como no tengo la confianza de preguntarles a los demás, vengo a usted porque sé que usted sabe y le tengo mucha confianza, usted es como un libro.

—Ya te dije muchacho que todo lo que sé sobre eso es por Aura, que se la pasa en el pueblo chismeando sobre este tema, pero ya que estás tan insistente siéntate, y te diré todo lo que ella me ha contado y mi opinión al final.

Alejandro se acomodó en su silla sentado con pose hacia adelante, sosteniendo una chispa enorme y ansiosa de interés sobre el tema. Sus ojos cafés parecieran que fueran a salirse y estaba boquiabierto de la emoción.

Don Guillermino se acomodó en su mecedora, colocó su jarra de metal con agua a un lado y encendió un puro de tabaco para relajar su garganta. Ambos se encontraban en el frente de la casa de Don Guillermino. Era una mañana incipiente, el sol apenas estaba saliendo, cuando Alejandro llegó ante el viejo.

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—Lo que le pasó a Don Héctor Ariete fue algo terrible y extraño de verdad, solo tres personas lo vieron la noche anterior de encontrarlo en tan aberrantes condiciones, mira que se me paran los pelos de solo pensar en lo horrible que se encontraba su cadáver.

»Investigadores de la policía, profesionales criminalistas de distintas partes del país, incluyendo la capital, vinieron con afán a analizar el cuerpo y determinar la causa de tan espeluznante crimen, incluso trajeron a un investigador extranjero para que los ayudase con el asunto, pero ninguno de ellos ha podido aclarar la oscuridad del misterio.

»Todos en el pueblo andan aterrados, puesto que piensa que se trata de alguna criatura monstruosa que deambula estas tierras alimentándose de gente, sin embargo, ya han pasado tres días desde la muerte de Ariete y no se ha escuchado ni visto un caso similar.

Don Guillermino hizo una pausa para tomar un sorbo de agua antes de continuar.

—Pero dígame Don Guillermino —Dijo el joven Alejandro— ¿Qué era lo que tenía su cuerpo?

—¡Uy! ¿Por dónde empiezo muchacho? —Prosiguió el viejo con cara de horror y asco— yo fui uno de los pocos que lo vio, en esas horribles condiciones. La piel de sus brazos y piernas estaba abierta enseñando todos sus huesos y articulaciones. Su torso estaba todo apuñaleado y se podía apreciar con repulsión sus viseras e intestinos saliendo de su abdomen. Su cabeza estaba torcida, volteada hacia atrás. Según los expertos, no tenía ningún indicio de sangre coagulada en todo su cuerpo, como si se la hubiesen sorbido toda. Tampoco pudieron encontrar algún, tejido, filamento o corpúsculo, humano o animal, que los ayude a resolver ese enigma.

—Eso es horrible Don Guillermino, se me revuelve el estómago de solo imaginármelo, ¿qué clase de «cosa» haría algo así? —Dijo el muchacho con la cara pálida como un espanto—.

—Pues lo obvio es que un animal no fue, ninguno de los animales salvajes de por aquí hacen ese tipo de cosas. —Dijo el viejo antes de inhalar un sorbo de su puro—. Me inclino de verdad a creer que algo más allá de nuestro conocimiento fue lo que cometió ese acto tan nefasto.

»Las tres personas que vieron al viejo Ariete vivo la noche anterior de encontrarlo muerto, no dijeron nada relevante en realidad.

»La primera fue Virginia, su mujer, quien había llegado a las ocho de la noche de ese día para hacer la cena, ya que se había quedado en casa de su comadre Ifigenia hablando y tomando café toda la tarde. Echó un vistazo en la habitación y vio que su esposo descansaba muy tranquilo, luego se fue a la cocina a preparar la cena.

»Al terminar, llamó al viejo Héctor a cenar varias veces pero el hombre no respondía, supuso que se había quedado dormido así que después de comer ella, se sentó en la sala a ver televisión. Como a eso de un cuarto para las diez de esa noche, Don Héctor se levanta de su cama sin decir palabra alguna, toma su chaqueta para el frío y se va, sin siquiera cruzar mirada con Doña Virginia. Ella lo llama extrañada y eufórica, pero él no le responde. El hombre solo montó su caballo y se fue hacia el monte.

»Aquello tan insólito hizo que Doña Virginia llamara a su hijo Jorge, quien está viviendo en la ciudad, sobre el raro comportamiento de su padre.

—Qué raro —interrumpió el muchacho pensativo—, ¿Qué es lo que habrá hecho que Don Ariete actuara así?

—Eso es un misterio que jamás sabremos muchacho. —Don Guillermino tomó varios sorbos de agua antes de continuar y le ofreció un poco al joven Alejandro para que no le atacase la sed—.

»La segunda persona que vio al viejo loco fue Gloria, la cantinera, la muchacha había salido hasta detrás del bar para descansar unos minutos mientras su esposo y su ayudante atendían a la gente, eran casi las diez y media de la noche.

»La chica se sentó en la silla que siempre está detrás del bar, y se puso a contemplar el nocturno horizonte mientras fumaba unos cigarrillos. De repente, notó una figura oscura moverse debajo del gran árbol que se encontraba a cincuenta metros de distancia del bar. No pudo identificar aquella figura, pero si al caballo junto a ella y así supo, que se trataba del viejo Héctor Ariete, porque su caballo era muy inusual al ser más grande y regordete que el resto de los equinos.

»Según Gloria, el viejo escarbaba con desesperación la tierra a los pies del gran árbol y sacó de ella una gran caja rectangular, de la cual, no pudo decir con exactitud si era de madera o plástico o sobre su color. Luego de unos segundos, el viejo montó a su gran caballo y se fue de allí a toda velocidad con la misteriosa caja. Luego entró al bar y les contó a su marido y a su ayudante lo que había visto, y ambos se miraron las caras pasmados.

—¡Vaya! —Dijo Alejandro impresionado— me pregunto que contendrá esa caja, ¿lograron hallarla?

—Por lo que oí, no. La policía la buscó por los alrededores donde fue encontrado el cadáver incluso más allá, pero nada encontraron.

»Supusieron que Gloria había visto mal y al haber poca claridad creyó haber visto una caja, pero ella lo niega. Ella jura por la beatitud de su difunta abuela que aquello que sacó Héctor Ariete debajo del gran árbol era una caja, ella cree en lo que vio y lo sostiene.

—¿Y usted Don Guillermino? ¿Cree que Gloria dice la verdad?

—¡Por supuesto que sí! —Exclamó el hombre— que te lo digo yo, que conocí al loco Ariete desde que éramos jóvenes, cuando trabajábamos juntos labrando la tierra del difunto Don Fausto Urdaneta hace ya cuarenta y siete años. Él siempre fue muy raro, pero con una personalidad muy integra.

—Uy Don Guillermino todo esto es tan escalofriante e intrigante, eso quiere decir, que la última persona que vio a Don Héctor Ariete esa noche fue mi amigo Luis.

—Así es, me imagino que ya te habrá echado todo el cuento, ¿o no?

—Si él me contó todo después de que se había esparcido el rumor de que hallaron el cadáver de Don Ariete; me dijo que esa noche salió molesto de su casa porque sus padres estaban discutiendo, y para no calarse el pleito, huyó hacia el monte y deambuló un rato por allí.

»Mientras estaba por esos lares contemplando el paisaje iluminado por los luceros, vio claramente al viejo Ariete, atravesando a toda velocidad la llanura sobre su enorme caballo marrón oscuro, y se adentró hacia la boca del páramo, eran como las once u once y media no supo decirme, pero Luis quedó un poco impresionado, pero sabía muy bien como todos, que el loco del viejo Ariete siempre entraba solo al extraño páramo.

—¡Ay ese páramo! —Prosiguió el viejo— la gente dice que está maldito. Los arrieros han intentado hacer transitar a los animales por allí, ya que eso les ahorraría horas de camino, pero cada vez que se acercaban, los caballos relinchaban y las vacas mugían, todos despavoridos, como si algo siniestro allí los amenazara para hacerles daño. Solo el viejo Ariete y su caballo se atrevían a entrar ahí e iban con mucha frecuencia.

—Dicen que el viejo loco de Ariete era un brujo, y que invocaba al diablo en ese páramo. —Continuó el joven Alejandro—.

—Varias cosas se han dicho de lo que hacía ese demente allá solo, eso que tú dices es una. Otra era, que iba para allá a reunirse con las criaturas que allí habitan, bailando danzas paganas y profanando lugares sagrados como cementerios para robar los restos de los muertos, quien sabe para qué diabólicos fines. Pero esa es otra cosa que no sabremos jamás.

»El cadáver del viejo fue hallado por unos campesinos labradores que se dirigían a su trabajo, cuando de repente, vieron impresionados algo que parecía ser un cerdo despedazado. Se acercaron para averiguar y se dieron cuenta que se trataba de una persona.

»Corrieron horrorizados hacia el pueblo y les contaron a varias personas lo que habían visto, entre ellas estaba yo, y los acompañamos hacia lo que habían encontrado. ¡Dios mío Alejandro, ojalá no hubiera ido a verlo!, te juro que el estómago se me iba a salir por la boca, jamás había visto algo así en mi vida.

—Si… pues… por lo que me ha contado, no debió ser algo fácil de digerir. —Contesto el muchacho y luego tragó una gran bocanada de saliva con los ojos abiertos hasta el límite—.

—Así es…, luego le conté todo a Aura y ella posteriormente se encargó de averiguar todo, lo que rumoreaba la gente, la llegada de los policías y detectives, sus investigaciones, todo. Pero al parecer, jamás sabremos lo que le ocurrió con exactitud al viejo Ariete, y quien sería el ejecutor de tan abominable muerte, pero creo, y sin especular, que todos los secretos se encuentran en ese maldito páramo.


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