Los niños de Lilith (Parte XIII)


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El corazón de Asmodeus

 

La Hermana Agatha caminaba sola y con miedo por las calles de la desolada Caricao. La penumbra y la neblina aún no habían abandonado los territorios de aquel ruinoso pueblo. Mientras ella miraba hacia los lados esperando alguna sorpresa impactante, se dio cuenta que la soledad era más tenebrosa que la verdad detrás de ella.

Poco a poco, se acercaba a la entrada de su convento, recordando la conversación que tuvo con Jonathan antes de separarse de él, mantenía el ímpetu y la valentía en su mente, no sabía a donde llegaría, o si saldría viva de allí.

A solo unos pasos de la entrada del convento, empezó a notar figuras que salían de la neblina para acercarse a ella. Eran los niños, con sus miradas frías y ojos atemorizantes, observándola mientras poco a poco se acercaban.

La hermana Agatha seguía despojada del habla, y el miedo que la acompañaba se hizo más agudo. Se paralizó por completo y entendió, que este sería el fin de su trayecto. Uno de los niños se acercó más, alterándola, y luego comenzó a hablarle.

—Hermana Agatha venga con nosotros por favor, y no se resista, la noche nunca acabará y usted y su amigo no podrán salir de Caricao, hasta que nuestra ama lo decida.

La monja sentía que se le iba a salir el corazón de los nervios, pero debía seguir el plan, aunque ella no quisiera. Rezaba en su mente para que todo salga bien, y de que ella y el agente Jonathan, salieran vivos de esta.

—Venga por favor, no queremos hacerle daño, usted es muy amable, la persona más amable de este pueblo, lamentamos sinceramente que las cosas tengan que ser así, pero no sabe lo afortunada que es, al ser elegida, a traer al hijo del padre de la oscuridad a nuestro mundo.

Los niños se acercaban a ella y eso ponía cada vez más nerviosa a la pobre monja, cerró los ojos con fuerza mientras los niños tocaban su hábito, como si fuera el más bendito de todos.

Después, los niños comenzaron a cubrirla con paños sedosos, amarraron sus manos con sogas y se la llevaron a un lugar desconocido, pero sin salirse de los límites del pueblo. La Hermana tenía aquel desespero de gritar, pero la frustración de poder hacerlo la destrozaba aún más.

Solo pensaba en que ojalá las cosas vayan a salir bien, porque definitivamente estaba ya al borde de un colapso.

Mientras tanto, el agente Jonathan Semprún corría por el bosque, y se dirigió a la trampilla que se dirigía a las catacumbas. Habían develado muchos secretos y, sabían, que podían detener todo ese maleficio de una vez por todas.

Llegó al dichoso lugar y descendió por las escaleras. Tomó uno de los faroles viejos y poco lumínicos que estaban colgados en las paredes de la sala del gran altar. Se dirigió hasta detrás de las estelas que estaban en el epicentro y encontró las entradas que estaban allí

Él ya sabía que una de ellas lo llevaría hacia aquel erial donde rescató a la Hermana Agatha la primera vez, la otras entradas eran desconocidas para él. Según el libro; una de esas entradas lo llevaría al corazón de Asmodeus. Afortunadamente, la Hermana Agatha era una monja ilustrada en las distintas ramas de la teología, y entre ellas, la demonología.

Entre los párrafos de La Summa Daemoniaca, uno de los libros más importantes para el conocimiento de la demonología, se encontraba la fórmula para detener a Lilith. Se dice, que ella solo puede ser influenciada por dos demonios que fueron los únicos que la han formado; Lucifer y Asmodeus.

Los niños utilizaban el corazón de Asmodeus para mantener a Lilith en este plano terrenal, pero, si su poder era invertido, Lilith sería devuelta al abismo infernal donde debe pertenecer. Tanto Jonathan como la Hermana Agatha rogaban porque su plan tuviera éxito, mientras, Jonathan recorría un pasadizo sin faroles que lo condujo hacía una entrada sin puerta.

Allí, en esa habitación oscura, encontró una caja negra en el suelo tallada con óvalos, la caja era pequeña; no más de veinte centímetros de ancha y diez de alta, con incrustaciones de hierro por todos sus bordes, parecía de arte muy antiguo y tétrico. A Jonathan le daba escalofríos siquiera tocar aquel objeto, pero no tenía tiempo para eso.

Lo tomó y regresó por donde vino, hacia la sala principal de aquellas catacumbas. Empezó a sentir un cambio en el aire, y los faroles comenzaban de nuevo a parpadear, —es como en aquella ocasión— pensaba, pero esta vez no se paralizó del todo. Veía garras que emergían de la oscuridad junto a sus larguiruchos y negros dedos.

Jonathan cerró los ojos y corrió, mientras sentía que era rozado por cosas filosas como cuchillos, finalmente, llegó a las escaleras y ascendió por estas hasta la salida, donde tomó un enorme respiro de alivio. Miró su ropa rasgada y cayó en un fuerte pánico. Luego se levantó y se apresuró, ya que sabía, que no podía perder mucho tiempo.

Continuará…

 


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