La canción de Mandylion


«Amar es sufrir amablemente; es gozar de una ansiedad perenne, de un sobresalto siempre renovado.»

— José Ingenieros

 

 

En un sueño me encontraba tratando de buscar aquél sabor que le dio deleite a mi alma. Oscilaba bajo un árbol mecido por el viento. Me encontraba frustrado sin poder mover mis brazos y piernas, hasta que un batir de alas cortó el aire y en un instante me encontraba de nuevo en el suelo.

 
Aquellas alas, doradas y enormes, no podían pertenecer a otro ser sino a mi amigo Mandylion, el prófugo. De nuevo me encontraba frente a su imponente y fugaz presencia, y esta vez, no huyó de mí, sino al contrario, se quedó a mi lado observando al mar. Esta vez no emitió palabras comunes de su boca, en vez de ello, entonó una canción, la misma que buscaba al caer atrapado colgado bajo aquél árbol.

 
Los albatros en el mar, se abalanzaban a su superficie para atrapar a los más jugosos peces saltarines. Mandylion se maravillaba y cantaba al ver aquél acto ambientado por la mañana onírica. Yo mientras, me deleitaba por el fulgor de la fantástica melodía y le pregunté, ¿Cuál era esa canción que entonaba?

 
Y no recibí respuesta, él solo cantaba y se elevaba aún más y más, perdiéndose entre las nubes amarillas del extenso cielo de mi sueño. Y desperté, exaltado y más activo que nunca, busqué lápiz y papel antes de que se perdiera de mi memoria todo recuerdo de aquella hermosa canción. Realicé partituras tratando de seguir un compás simétrico, pero no me hallaba.

 
Luego me di cuenta que la melodía de Mandylion era irregular en toda su composición, es decir, la melodía, la armonía y el ritmo no se conjugaban entre sí, pero esto no era impedimento ni falla, puesto que aun sin estar fusionadas creaban una música sin igual. No puedo explicar cómo era posible, pero exhaustivamente intenté buscar la fórmula perfecta para doblegar aquella mística revelación de sonidos, pero no la encontraba.

 

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Me sentía un idiota tratando de seguir una música sin sentido, manifestada en un episodio creado por mi consciencia. Sabía que Mandylion no era real, y que su aparición en mis sueños es solo para embellecer mis ya trastornados delirios, pero, al intentar tocar por última vez sin optimismo aquella música producto de mi imaginación, sentí que fui transportado de nuevo frente a ese mar, en el mismo ambiente matinal, donde los albatros y los peces saltarines jugaban al ciclo de la vida, y Mandylion, frente aquél paisaje, cantaba con altiva y hermosa voz la canción fantástica. Mi búsqueda no está culminada, y tampoco apresurada por acabar.

 


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