Una crónica de la demencia IV


«El deseo de ser diferente de lo que eres es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona.»

— Sándor Márai

 

 

Cada día que pasaba era un infierno terrenal. Julián perdía poco a poco los indicios de su sentido común. Médicos especialistas, preparados en las disciplinas más complejas de la salud. Hombres de ciencia versados en las distintas áreas de la medicina, y ninguno ha sido capaz de dar un diagnóstico decente, que explicara aquella contrariedad.

 
Patricia sucumbía cada vez más a la enfermedad. Julián por la impaciencia, perdía la cordura. Mónica jugaba sola en la habitación, se ocultaba entre las sombras con sus muñecas. Creó un universo tangible y engorroso, que la distrajeran de la desgracia de sus padres.

 
Julián constantemente bebía y bebía, y las añoranzas por ver a su esposa sana morían y morían. Patricia se deterioraba aún más por la preocupación, intentaba superar las limitaciones de su endeble aspecto, causándose más daño. Julián llegaba casa, y recorría los pasillos, como alma que anda penando. Se sentaba por las noches en el sofá de la sala, solo y pensando.

 
Mónica se quedaba observando a su agobiado padre, después de dejar el mundo donde por mucho tiempo residía. Él no notaba la presencia de su hija, porque se perdía en insólitas y horribles ideas, en las que creía que sería el salvador de su esposa. Una equivoca orientación, una ilusión confundida, un dolor que se incrementará por causa de una obsesión malsana que dirige al pobre Julián.

 
Una locura convertida en entidad, se manifiesta a quienes la invocan. Ni bienhechora ni consciente, como un parasito se arraiga, hasta culminar su objetivo drenando la vida de su infortunado acompañante. Julián creía que podía curar a su esposa él mismo. La idea tocó la puerta de la habitación de Mónica porque su padre la evocaba a gritos.

 
Julián preparó sus herramientas y fue hacia su esposa. Patricia en pánico gritaba tratando de entender lo que pasaba, hasta que su esposo la calmó con fuertes sedantes. Mónica escondida detrás de la puerta, ignota observaba. Julián hizo incisiones en el cuerpo de su esposa, y al ser guiado por su insistente locura la mató.

 
Mónica se quedó hasta al final, y nunca gritó. Era muy pequeña para entender lo que su padre le hacía a su madre. Y también, para entender por qué su padre se ahogaba en desgarrante llanto por aquella terrible equivocación. Mónica al final, volvió a su cuarto, como si nada pasara, y jugó con sus muñecas dentro de su vasto universo.

 



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