El descendiente


«No hay cristales de más aumento que los propios ojos del hombre cuando miran su propia persona.»

— Alexander Pope

 

 

Hay una leyenda oscura, plagada de terrible e inmensa tragedia; sobre una familia de la cual, ya en estos barrios no se menciona. Las personas inventan falacias por las calles y estas llegan a los oídos de los niños. Pasan sin mirar aquel lugar maldito que emana un aura de lobregura y terror. Ignorantes hemos quedado ante aquel hecho, tapamos nuestros oídos y ahogamos cualquier recuerdo referente a ello.

No queremos que nuestros hijos repitan el horror o que ese horror se quede arraigado aquí. Pero yo si permito que esos recuerdos se vuelvan vívidos en mi mente, cada vez, que observo aquél lugar. Al fondo de la calle Resalías queda mi casa, y a tres casas de la otra esquina está el sitio que nadie nombra.

Allí vivía una familia, como cualquier otra de este lugar; eran buenos vecinos, jóvenes y con aspiraciones. Silvia era una mujer tranquila, y muy hogareña, recién había contraído matrimonio con Víctor, un buen hombre que quería salir adelante con ella. Ninguno de los dos pasaba de los treinta años, cuando compraron aquella casa, en la que dejaron todo su toque de amor y dulzura.

Unos meses después, Silvia quedó embarazada, y aquella noticia incrementó la felicidad en ambos. Silvia entusiasmada comenzó a hacer las compras, los preparativos para la llegada del bebé. Aunque aún no sabía si era niño o niña, pensaba que podía empezar con ropa unisex.

Meses después conforme el embarazo avanzaba, recibieron la noticia de que tendrían gemelos. Una noticia impactante pero a la vez gratificante, puesto que la joven pareja solo pensaban tener dos hijos. Al ya saber el género de los bebés, Silvia y Víctor comenzaron a comprar ropa para niño, y prepararon dos cunas en su habitación, los arreglos, la pintura eran cosas que llenaban de gracia a la pareja.

Más meses pasaron hasta el día del parto, hubo complicaciones, pero triviales como en todo nacimiento. Pero algo que no estaba bien pasaba, los médicos no sabían con exactitud que era. El embarazo parecía normal en todo su periodo de gestación, pero al sacar a uno de los bebés los médicos vieron con pena de que había salido atrofiado. Su cuerpo estaba tieso, enrollado en sus extremidades y sin rasgo de vida.

Silvia al verlo soltó pequeños alaridos de horror, pero el parto aún no había culminado. El segundo bebé, en cambio, nació sano, de peso promedio y sin marca de anormalidad. Aquél hermoso niño agravó un poco el dolor de Silvia por la pérdida de su otro hijo.

La joven pareja volvió a casa con Adrián, así fue como llamaron al niño. De rasgos serios eran sus expresiones y fue algo que no cambió al pasar los años. A sus seis años, Adrián era un niño muy inteligente, pero que no se relacionaba con los otros niños de la cuadra, sus padres sentían una extraña preocupación por él. Su mirada infundía miedo, como la de un depredador que ataca al instante de paralizar.

Las personas no se le acercaban y los niños se apartaban al verlo. Algunas personas de la cuadra aseguraban haber visto espantosas y desfiguradas apariciones a su alrededor, otras, decían tener terribles horrores nocturnos después de haberse cruzado por la calle con Adrián. Yo jamás experimenté tales aberrantes aseveraciones a primeras, pero la gente murmuraba cada vez más por todo el barrio, hasta que esas palabras se convirtieron en horribles verdades.

Veía a Silvia y ya no era la misma, en tan pocos años su belleza se marchitó rápidamente. Ya no era alegre, sino una sombra extenuante de la alegría. Ya no veía la vida con anhelo, sino con febril futilidad. Ya no era un ser de cadencia, sino un ser abstraído por la más desmesurada angustia.

A Víctor casi no lo veía, su auto casi nunca estaba en la casa. No tenía ni idea a donde iba o porque repentinamente permanecía demasiado tiempo fuera de su casa. A veces por días, Silvia y Adrián se quedaban solos y sin nadie que los visitara. Los vecinos de las casas contiguas aseguraban escuchar agudos gritos por las noches que parecían provenir de aquél lugar. Policías, médicos, hasta sacerdotes han pasado el portal de la casa de Silvia pero sin ningún cambio aparente.

Me enteré por un vecino amigo mío que al parecer, el lugar estaba dominado por alguna entidad demoniaca que tenía atrapada a aquella familia en su poder, y que al parecer, Adrián era el vehículo que conectaba con aquél mal. No era difícil de suponer, el niño tenía algo malo, todos lo aseguraban, algo despiadado que ataca las entrañas de la cordura.

Con el pasar de los días las cosas decaían. Aquél siniestro poder empezó a esparcirse por todo el lugar, incluso yo me vi afectado al atestiguar terribles alucinaciones en mi mente. Criaturas informes que recorrían los pasillos de mi casa, algunas, se arreguindaban en las esquinas de los techos. Otras, estaban sentadas en las sillas de la sala, la cocina, el patio, el frente, a cualquier maldito lugar a donde fuera las podía encontrar.

Más terror inundaba mi corazón cuando llegaba la noche, cuando aquellas criaturas parecían cobrar forma material. Los objetos se movían, los sonidos eran tenebrosos, como de horribles lamentos. En el aire comenzaba a percibirse un olor fétido, como de algo pudriéndose. Muchas veces encontré en los suelos de mi casa un material viscoso y esparcido. Negro y espeso, como la brea, pero más aceitoso y menos pegajoso.

Muchos de mis amigos vecinos se fueron de sus casas. No pudieron soportar el terrible infierno, yo sin embargo, me quedé, aguantando todas las penurias y el horror que carcomía mi alma. Mantenía mi Biblia y mis cruces junto a mí todo el tiempo, mientras que el pánico se apoderaba cada noche de mi cordura, al ver, aquellas siluetas sin ojos moviéndose entre las espesas tinieblas.

Pensaba temeroso que sucumbiría a la locura en cualquier momento, y que el suicidio sería una solución rápida y eficaz para detener el horrible tormento. No quería abandonar mi casa, estaba discrepante de dejar mi habitación. Mi esposa y mis hijos fueron como muchos y abandonaron la casa por su bien, pero yo no compartía ese sentimiento.

Todo parecía que aquellas agudas ideas me arrastrarían a un final apresurado para mí zozobra, hasta que una mañana, todo dio un cambio inesperado, la ominosa oscuridad que habitaba mi casa ya no se atisbaba por ningún sitio. Las entidades que poco a poco se alimentaban de mi vitalidad ya no estaban, y empecé a sentir, una energía más airosa a mi alrededor.

Miré hacia fuera y todo estaba silencioso. Las calles se veían normales y ofrecían una sensación de bienvenida. Dejé que pasaran unas cuantas horas más para estar seguro que el mal que había asolado el barrio estaba por completo disipado, y así fue. Las personas regresaban al esparcirse la noticia de que las cosas habían vuelto a la normalidad, y entre ellas, mi familia.

Todo el tiempo me encontraba curioso de saber que había pasado, como es que las cosas volvieron a su sitio de repente. Como siempre los rumores comenzaron a manifestarse. Las personas de la cuadra decían que algo pasó en la casa de Silvia, algo horrible; lo más fatídico. Se dice que Silvia en un momento de cólera y miedo, asesinó a su propio hijo terminando con la horrible pesadilla viviente, y que al ver lo que había hecho se suicidó.

Tal parece que ese rumor es cierto porque ninguno de ellos volvió a salir de la casa. Y de Víctor, no se supo más de él. Desde entonces, nosotros, los habitantes de la calle Resalías comentamos aquél infierno solo por un tiempo, después, decidimos suprimirlo de nuestras voces y recuerdos. Jamás sabremos si el hecho ocurrió como dicen que ocurrió, pero podemos decir que estamos a salvo ahora.

 



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