Los niños de Lilith (Parte XI)


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Jonathan estaba abatido por el horror, no sabía que esperar después. La hermana Agatha temblaba y colocaba sus manos alrededor de su cuello. Aterrada completamente, miró hacia un sendero oscuro y quiso huir, pero se quedó, puesto que pensaba que era lo único que le quedaba.

—Hermana míreme, por favor, no se preocupe, buscaremos alguna solución, no se exaspere y no se deje dominar por el miedo. Vamos devolver todo a la normalidad.

Las palabras de Jonathan calmaron un poco a la atormentada alma de la monja, mientras estaba sentada y temblaba porque pensaba que no volvería a recuperar el habla.

Jonathan no creía para nada sus mentiras, las que usó para tranquilizar a la Hermana Agatha. Pensaba, que era un caso demasiado grande para resolver, pero sabía, que debían continuar, no podía dejar a la pobre monja a merced de aquellos diabólicos niños.

La levantó y continuaron su camino. La monja no dejaba de temblar y sollozaba. Jonathan para calmarla comenzó a hablarle para detener aunque sea un poco el angustiante lamento.

—Me han dicho que por esta región crecen unas plantas muy hermosas; parecidas a las rosas y con un color amarillo muy bonito, supongo que usted las debe conocer.

La monja estaba con la mirada baja, todo el tiempo, durante todo el camino. Ni siquiera hacía un esfuerzo por alzar la cabeza y mirar a Jonathan a los ojos.

—Dicen que sus pétalos machacados emanan una sustancia que cicatriza rápido las heridas, también es buena para desprender la piel muerta del cuerpo, si se le prepara como es debido.

La Hermana comenzaba poco a poco a reaccionar, sus pasos eran poco más enérgicos y Jonathan casi no hacía mucho esfuerzo por ayudarla a caminar. Sus sollozos descendían lentamente y sus manos comenzaban a dejar de temblar. Jonathan pensaba que sus palabras la calmaban, y continuó hablando.

—Si… estoy seguro que todo mejorará y buscaremos un poco de esa planta para poder llevármela a casa, no soy mucho de remedios naturales y mucho menos caseros, pero sé que usted si y me dirá como prepararla para obtener buenos resultados en caso de una cortada.

Y fue en ese momento, cuando Jonathan terminaba su oración, que la Hermana Agatha usó sus pies para detener el paso de ambos. Se puso firme y comenzaba a hacer señas como si hubiera descubierto algo muy importante. Jonathan no entendía del todo, y miraba impresionado como la monja se exasperaba tratando de dar a entender lo que quería transmitir.

—Hermana, ¿qué sucede?, de verdad me está poniendo un poco histérico no saber lo que quiere decirme, deberíamos idear un sistema para poder comunicarnos.

La monja después se dio cuenta que era inútil utilizar las señas para poder dar entender su mensaje. Era de noche y sus vidas todavía podían encontrarse en terrible riesgo, así que tuvo que tomar por el brazo al agente Semprún para guiarlo hasta el motivo de su idea.

Corrieron por un sendero lleno de arena y piedras directamente hasta Caricao. La euforia dominaba a la monja, no podían detenerse. Jonathan pensaba durante el trayecto sobre qué era lo que había alterado a la Hermana, pero no daba con ninguna idea coherente.

—Más despacio Hermana, hay poca luminosidad y podríamos caernos, y en lo menos que podemos pensar ahora es rompernos una pierna o un abrazo.

La monja no hacía caso a las palabras del agente, y continuó con la misma intensidad de llegar lo más rápido posible a su destino. Finalmente llegaron a Caricao y Jonathan comenzó a entender lo que la Hermana Agatha quería. Para estar segura, la religiosa dibujó un libro en el suelo con una pequeña piedra y fue allí cuando Jonathan comprendió mejor.

—Ya veo, usted busca un libro, pero ¿qué clase de libro?

La monja dibujó un símbolo, algo que era mucho más que familiar para Jonathan.

—Espere un momento. ¿Está queriendo decirme que ese libro va a poder ayudarnos y que usted apenas se está acordando de el?

 



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